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Después del divorcio, mimada por el CEO

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Descripción

Tiana lleva un año casada con Isidro Valenzuela, pero su matrimonio es una fachada: sigue siendo una esposa virgen. Confundida y herida, decide descubrir por qué su marido la rechaza… hasta que la verdad la golpea como un puñal: Isidro está obsesionado con Candy, su hermanastra.

Traicionada y humillada, Tiana toma la decisión más difícil de su vida: divorciarse y recuperar su dignidad.

Justo cuando su mundo se derrumba, aparece Reynaldo Monteblanco, un CEO tan poderoso como irresistible, que no solo la desea… sino que parece dispuesto a mover cielo y tierra por ella.

Reynaldo ve en Tiana algo que nadie más notó: fuerza, belleza y un corazón digno de ser amado.

Pero cuando Tiana empieza a reconstruir su vida lejos de los Valenzuela, su exesposo, consumido por los celos y el arrepentimiento, regresa suplicando una segunda oportunidad.

Isidro descubre demasiado tarde que la mujer que nunca valoró… ahora tiene a otro hombre que está listo para convertirla en su reina.

Pero, ahora Tiana está siendo mimada por el CEO y recuperarla podría ser imposible

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Capítulo: Esposo impotente
—¿Por qué te niegas a tener sexo conmigo? —la voz de Tiana retumbó en la habitación con una mezcla de desesperación y rabia contenida. Ella estaba frente a él con un baby doll color marfil que dejaba ver la silueta de su cuerpo. La luz tenue de la habitación hacía brillar su piel, y sus pasos, lentos, pero decididos, resonaron en el silencio. Se acercó a Isidro, posó las manos sobre sus hombros tensos y, sin esperar su reacción, inclinó su rostro para besarle el cuello. Era el último intento, una súplica casi muda, una petición desesperada por sentirse deseada por su propio esposo. Isidro se volvió a medias, la miró confundido, casi como si no comprendiera qué hacía ella ahí, acercándose de esa forma, exigiendo lo que él nunca quiso darle. Después, con un suspiro cansado, la apartó con suavidad, pero con firmeza. —Tiana, aléjate… no me obligues a rechazarte otra vez. Las palabras lo dijeron todo. No había duda, ni amor, ni deseo. Solo distancia, frialdad. Tiana sintió cómo el aire se le atoraba en el pecho. Una mezcla de humillación y enojo le quemó los ojos. —¿Por qué me haces esto, Isidro? —sollozó, intentando mantener la dignidad que ya se le escapaba entre los dedos—. ¡Te odio! Dio media vuelta antes de romper por completo y salió del salón con pasos torpes, sin mirar atrás, dejando tras de sí el eco de su llanto. Pasaron varios minutos. Quizá una hora. La mezcla de tristeza, vergüenza y coraje fue diluyéndose hasta quedarse en algo más pesado: confusión. Tiana se secó el rostro, respiró profundo y tomó valor. Necesitaba respuestas. No era una niña caprichosa; era su esposa. Su compañera. O al menos eso debería ser. «Voy a hablar con él», decidió. «Esta vez me va a decir la verdad». Caminó hacia el salón con paso firme, aunque por dentro temblaba. Pero, al acercarse, un sonido extraño le detuvo. Respiraciones entrecortadas. Gemidos apagados. Un ritmo irregular que erizó su piel. Su corazón se aceleró. “No… no puede ser…”. Con temor, puso la mano sobre la puerta entreabierta y la abrió apenas unos centímetros. Lo que vio la dejó petrificada. Isidro estaba de pie, de espaldas a ella, inclinado sobre el sillón. Su respiración era frenética, casi doliente, y entre sus brazos sostenía una fotografía. La fotografía de una mujer. No de cualquier mujer. De Candy. Su hermanastra, con la que se crio desde un niño, para todo el mundo eran como si fuesen hermanos, esto era humillante, y además, casi prohibido. Tiana se llevó las manos a la boca, tratando de ahogar un grito, pero el sonido que salió de él la destrozó por completo. —¡Candy…! —gemía Isidro, perdido en su propio mundo—. Mi único amor… En ese instante, todo encajó. No era impotencia. No era timidez. Era que no la amaba a ella. Jamás la había amado. Todo este tiempo, Isidro había reservado sus deseos para una mujer que ni siquiera podría tener… una mujer que, para colmo, era parte de su familia. Tiana retrocedió tambaleándose, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Y entonces corrió. No supo hacia dónde. Solo se escapó, como si la habitación se quemara detrás de ella. Isidro, alertado por el ruido, se ajustó la ropa apresuradamente, guardó la fotografía y salió a buscarla. La encontró en el pasillo, con el rostro descompuesto, respirando como si le faltara el aire. —¡Tiana! —exclamó él, intentando acercarse—. ¿Qué te pasa? ¿Qué ocurrió? Ella levantó la mirada, llena de lágrimas, dolor y furia. —¡Isidro… quiero el divorcio! El golpe fue más fuerte que un grito. Más claro que cualquier explicación. Y entonces, inevitablemente, su mente la llevó dos años atrás. Dos años… cuando todo parecía perfecto, cuando ella creyó encontrar al hombre ideal. Tiana se había enamorado de Isidro desde el primer instante en que lo vio. Era el mejor amigo de su hermano Joel, un hombre serio, elegante, apuesto… y misterioso. Tenía todo lo que ella creía desear. Joel, sin embargo, siempre se opuso. No confiaba en Isidro, pero también sabía que, desde la muerte de sus padres, Tiana se había vuelto caprichosa, impulsiva… y él jamás le negaba nada. Cuando ella anunció que quería casarse, Joel protestó, pero terminó cediendo. Los padres de Isidro —una familia poderosa y respetada, los Valenzuela— parecían encantados con el compromiso. Nadie imaginó que ese matrimonio sería una jaula silenciosa. Porque cuando estaban a punto de cumplir un año de casados, Tiana enfrentaba una verdad que la carcomía: Isidro no la había tocado ni una sola vez. Ni siquiera un acercamiento real como hombre y mujer. Y ahora lo entendía todo. Nunca fue ella. Siempre fue Candy. Volvió al presente cuando escuchó a Isidro negar con irritación. —¿Divorcio? —repitió él, como si la idea fuera absurda, imposible, propia de una niña malcriada. Sacó una tarjeta de crédito y se la extendió con indiferencia, como quien le da una recompensa a un empleado. —Toma. Usa esto. Compra lo que quieras, ve de viaje, diviértete… —su mirada se volvió dura—. Pero no habrá divorcio. La sentencia cayó como un martillazo. Isidro se dio la vuelta y se marchó sin esperar respuesta. Tiana se quedó sola, con la tarjeta entre los dedos temblorosos. Entonces sintió la primera lágrima rodarle por la mejilla. Una lágrima caliente, gruesa, llena de rabia y humillación. La apretó contra su pecho y, con la voz rota, murmuró: —Isidro… esto no se va a quedar así. Te juro… que lo lamentarás.

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