El laboratorio de la clínica de fertilidad estaba sumido en un silencio casi sagrado, solo interrumpido por el zumbido constante de las incubadoras. Darlon sostenía una placa de Petri con manos que, por primera vez en su carrera, temblaban ligeramente. Frente a él, el destino de su mejor amigo pendía de un hilo. Sobre la mesa de trabajo reposaban las muestras. Por un lado, los óvulos de Tiana y el e*****a de Reynaldo: el fruto de un amor. Por el otro, el material genético de Pía y el de Isidro Valenzuela, que estaban dispuestos todos por separarlos sin piedad. Darlon observó los microscopios y negó con la cabeza, una expresión de asco cruzando su rostro. Recordó las amenazas de Pía, la frialdad con la que ella pretendía infiltrar un hijo ajeno en la cuna de los Monteblanco para rob

