Capítulo: No soy la elegida

870 Palabras
Cuando Tiana abrió los ojos, no supo dónde estaba. Lo primero que la atravesó fue el miedo. No uno suave o gradual, sino un miedo primitivo, brutal, que se le incrustó en el pecho antes incluso de que pudiera formular un pensamiento coherente. Su cuerpo temblaba sin control. No era frío; era la sensación de estar atrapada, expuesta, completamente a merced de otros. Intentó incorporarse de golpe, pero el movimiento fue torpe, inútil. Un tirón seco en las muñecas y los tobillos le arrancó un gemido ahogado. Estaba atada. Las cuerdas rodeaban su piel con fuerza, ásperas, apretadas, quemándole la carne a cada pequeño movimiento. Respiró con dificultad, sintiendo cómo el aire le raspaba los pulmones. Su corazón latía tan rápido que pensó que iba a estallar. Miró alrededor. El lugar era amplio, pero opresivo. Un espacio abandonado, oscuro, apenas iluminado por una única luz amarillenta que colgaba del techo y se balanceaba levemente, proyectando sombras distorsionadas en las paredes. El aire olía a metal, a polvo viejo, a encierro. Cada respiración le dejaba un sabor amargo en la boca. Giró la cabeza lentamente, con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera empeorar las cosas. Y entonces la vio. A su lado, sentada en una silla idéntica, también atada de pies y manos, estaba esa mujer. —¿Candy…? —susurró Tiana, incrédula, como si decir su nombre pudiera desmentir lo que estaba viendo. Candy levantó la cabeza despacio. Sus labios se curvaron apenas, y cuando sus ojos se clavaron en los de Tiana, esta sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En su mirada no había pánico. No había súplica. Había desprecio. Triunfo. Y algo peor: una calma aterradora. Candy no parecía una rehén. Parecía una espectadora. —Así que ya despertaste —dijo, con una media sonrisa torcida, venenosa. Antes de que Tiana pudiera responder, el sonido de pasos rompió el silencio. Voces graves, apagadas. Varios hombres con máscaras negras entraron al lugar. Uno de ellos sacó un teléfono y lo sostuvo frente a las dos mujeres. —Presta atención —dijo con voz áspera—. Esta llamada es para tu esposo. La pantalla se encendió y el rostro de Isidro apareció al otro lado. Estaba pálido, desencajado, con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera envejecido años en cuestión de horas. —Si no quieres que tu esposita muera… ni tu hermanita —continuó el secuestrador, sin una pizca de compasión—, entonces ven ya. Diez millones por cada una. O morirán. Isidro abrió la boca, pero no logró emitir sonido alguno. Su mirada se movía frenética, desesperada. La imagen se cortó abruptamente. El silencio que quedó fue insoportable. Denso. Aplastante. Luego, el teléfono volvió a sonar. —Esta es para usted, señor Monteblanco —anunció el hombre—. Esta mujer dice que es su crush. Venga a salvarla con diez millones de euros… o morirá quemada. La cámara giró y mostró una bomba improvisada: cables expuestos, un temporizador parpadeando, un pitido suave pero constante. En ese movimiento, Reynaldo Monteblanco alcanzó a ver algo más. La figura de Tiana. Atada. Pálida. Pero erguida. —¿Tiana…? —susurró, con la voz quebrada, como si no pudiera creerlo. La llamada se cortó de inmediato. Tiana sintió que el corazón se le detenía. —¿Eh? —murmuró uno de los hombres, mirando el teléfono—. Si el señor Valenzuela no viene… morirás. —¡Yo tengo dinero! —gritó Tiana de pronto, con una voz aguda, cargada de aparente desesperación—. ¡Te lo daré si me dejas ir! Pero, los secuestradores no le hicieron caso en absoluto. *** Horas después, Isidro apareció. Entró al lugar desesperado, cargando una valija negra. Caminaba rápido, escoltado por los secuestradores. El miedo lo hacía sudar; sus manos temblaban sin control. —¿Trajiste el dinero? —preguntó uno de los hombres. Isidro abrió la valija. Dentro había fajos de billetes perfectamente ordenados. —Diez millones —dijo—. Déjenlas ir. Las risas fueron inmediatas. Crueles. Burlonas. —Dije diez millones por cada una —respondió el hombre—. Así que solo puedes llevarte a una. Si quieres a las dos… paga veinte millones. Isidro palideció. —¡Están locos! —gritó—. No tengo tanto efectivo. —Entonces elige. El mundo se detuvo. —¡Esperen! —suplicó—. Conseguiré más dinero, solo… solo esperen. —Págalo ahora —repitieron—. O elige. ¿A cuál mujer te llevas? Isidro las miró. Tiana apenas respiraba. Sentía que el pecho le iba a estallar. Candy, en cambio, comenzó a llorar de forma exagerada, teatral. —¡Isidro, sálvame! —gritó—. Van a querer lastimarme. ¡Mira la bomba, va a explotar! Isidro cerró los ojos. Levantó el rostro, como buscando una señal en el cielo. Algo. Cualquier cosa que lo librara de decidir. Pero no la hubo. Cuando abrió los ojos, miró primero a Candy… luego a su esposa. Tiana lo supo antes de que hablara. —Yo elijo… —dijo Isidro. El tiempo se rompió. —Elijo salvar a Candy. Las palabras fueron claras. Definitivas. Y, aun así, atravesaron el corazón de Tiana como un disparo final.
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