Al día siguiente, en el hospital privado del centro. Mia caminaba con pasos inseguros, sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros. A su lado, Joel mantenía una expresión seria y decidida. Él llevaba en su mano el teléfono celular que pertenecía al hombre que habían encontrado herido. Joel se detuvo cerca de la sala de espera y encendió el dispositivo. Sus ojos recorrían la pantalla con rapidez, buscando entre los contactos o los mensajes alguna pista clara. Estaba a punto de marcar un número al azar cuando el teléfono comenzó a vibrar con una fuerza repentina. Una llamada entrante iluminó la pantalla. Joel frunció el ceño al leer el nombre que aparecía en el identificador: “Reynaldo”. Sin dudarlo un segundo, Joel respondió y puso el altavoz para que Mia pudiera es

