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1057 Palabras

 DALIA La tarde se posaba sobre mis hombros como un pesado manto de nostalgia y desesperación. Soñar era demasiado para mí. Postrada en la cama, sintiéndome todo y nada, mis manos jugueteaban entre ellas, y mis ojos se clavaban en el cuadro inclinado de la pared de enfrente. El paisaje pintado era hermoso, pero la inclinación me ponía nerviosa. Mis dedos inquietos fueron hasta la sabana y me destaparon con brusquedad, siendo cuidadosa, y casi temblorosa, me moví hasta sentarme con las piernas en el suelo. Mis brazos no pudieron levantarme a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Estaba débil, era mi tercer día en cama. —Quiero levantarme. —Musité, viendo mis pies descalzos. —Necesito acomodarlo. —Podía ver el cuadro sin tener los ojos en él, como una sombra inquieta, como algo

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