DALIA No sentía las piernas, pero aun así me moví hacia atrás. Como una ola oscura y densa, mi alrededor se apagó, dejando al hombre: SeoJoon, envuelto en mantos rojizos, con humeantes ojos vivos cual fuego. Sudado y con una sonrisa pegada en sus agrietados labios, estaba apoyado en el umbral. El cielo relampagueó con fuerza y las luces parpadearon, clave mis ojos en sus pantuflas, como repudiaba haberle visto el rostro. Como repudiaba que Jan no esté aquí. Apreté mis manos con fuerza, viéndole desconfianza, atemorizada y desconcertada. El dio un paso, y yo me aleje otro más. Todo lo que oía era mi frenético corazón dando golpazos contra mi pecho. Dolía, y me quitaba el aire. —Está viva. Odiaba su voz. —N-no… Odiaba recordar su rostro. —Creí que había muerto. —Su voz era á

