«—Muchas veces he pensado que estás mal de la cabeza —sentenciaba su madre cuando ella no quería obedecer sus consejos». Toda la piel de Debby se erizó. No le gustaba la idea de comunicarse con un fantasma, pero ese podía ser el único medio para comprender lo que allí sucedía. Después de todo, parecía que el niño cuidaba de Allan. Tal vez su presencia se había mantenido en la cabaña para alejar a los invasores que se acercaban con intención de dañarlo. Lo que el chico le mostrara podía servir para aclarar la situación. Se levantó del sillón y se dirigió al cuarto que había pertenecido a los niños Kerrigan. Entró con sigilo, encendió la luz y miró cada rincón con aprehensión. —No me asustes, por favor. Yo también quiero protegerlo —habló al aire, con la piel congelada por el temor.

