Esa noche no necesitamos más palabras. Su historia me había tocado el alma. Nos quedamos de pie admirando la ciudad mientras la oscuridad nos envolvía, la luna en alto observándonos, las horas de la madrugada transcurriendo, yo abrazándolo desde atrás, él apoyado en las rejas del balcón cortando el aire, sirviéndome de calefacción. Cuando por fin decidimos irnos a dormir, creo que nos dormimos por el simple cansancio físico, porque al inicio nos quedamos mirándonos, ambos sobre nuestros costados, perdidos en los ojos fijos del otro. La seguridad que me transmitía era palpable, su amor por mí innegable. Al día siguiente volví al cuarto de los cuadros, y no lo hice porque quisiera martirizarme o seguir dudando. No. Mi alma me pedía que fuera. Sencillamente eso. Daniel ya se había i

