Capítulo 2, prostitución

1119 Palabras
Habían pasado tres años, ya no tenía 15. Ahora era una chica que recién tenía 18 años. Ahora mi madre había enfermado gravemente. Había dejado de comer y su perdida de peso era evidente. No dormía y tampoco vivía. Fue cuando decidí algo que cambiaría mi vida por completo. Aunque mi madre se negara completamente; y aunque temblara del miedo. Comenzaría mi prostitución. Ni siquiera sabía que hacía. Ese día mi madre había dormido todo el día, no tenía fuerzas para ponerse de pie y nuestra nevera estaba completamente vacía. Ya no sobreviviriamos un día más. En silencio tomé su ropa. Aquellas mallas que muchas veces había deslizado por sus piernas, ahora subían por las mías. Un vestido n***o que llevaba años en mi armario y unos tacones altos. Despeiné mi cabello y maquillé mi rostro lo mejor que pude. En silencio preparé su cena y la dejé lista, junto a una nota que explicaba que iba a salir con una amiga. Y no tenía amigas. Respiré hondo ante su cuerpo dormido, besé su frente y salí. Comenzaría una vida gris y sin retorno. No sabía la gravedad que tenía una simple decisión; y probablemente me arrepentiría el resto de mi vida. Cerré la puerta tras de mí y mi pulso iba acelerado. Mis piernas se bloqueaban a seguir. No sabía que hacía o a dónde iría. Tomando mi cartera con fuerza, caminé por aquella oscura y larga carretera. Implorando que nadie que me conociera, me viese ahora. Pero era cierto lo que decían; la necesidad tenía cara de perro. Y pues, justo ahora, estaba más que necesitada. Tenía que seguir adelante y buscar dinero para sobrevivir con mi madre. Un primer automóvil se detuvo. Bajando su vidrio lentamente y dejándome ver la oscuridad de aquel automóvil. Inmediatamente mis piernas se bloquearon y quería correr a casa. —Sube.—Ordenó. Mis manos temblaban. —Yo... cobro.—Susurré. —Lo sé, sube ahora o perderás un cliente.—Continuó. Con mis manos temblando, tome aquella manilla y subí al automóvil. Subió el volumen de la radio y cerró las puertas con seguro. —Iremos a un motel.—Confesó. Su voz era gruesa. Miraba sus brazos tensar y su mandíbula marcada. Tenía barba y lo notaba desde aquí. Su mirada de perdía en la carretera e iba de traje algo simple. Automóvil lleno de perfume y un par de papeles que quería levantar.—Ni se te ocurra tocar mis cosas, ramera.—Escupió. Guardé silencio y bajé un poco mi vestido. Revisando mi bolso y mirando las llaves de mi casa. No sabía que estaba haciendo, tampoco sabía al peligro que me enfrentaba. El resto del camino fue silencioso. El automóvil se detuvo cuando llegamos al motel. En silencio encontró una habitación y una vez dentro. Bajó primero que yo, dejándome detrás y siguiendo sus pasos. Una vez dentro, miré cada rincón de aquella habitación. Jamás había ido a un motel. —Arrodillate.—Ordenó. Luces apagadas y aún no me miraba al rostro. Quitando cada botón de su camisa, una vez de espaldas a mi. Giró. Sus ojos penetrantes se encontraron con los míos y aquel rostro de confusión y asombro se plantó en él. Encendió la luz y me miró en silencio por otro instante.—¿Cómo te llamas?—Suspiró. —Alba, señor.—Respondí aún de rodillas y mirando su rostro. —Ponte de pie, Alba.—Continuó, ofreciendo su mano para levantarme. Seguí sus órdenes y seguí aquellos pasos. Una vez así, me llevó a sentarme a la cama. Sabía que algo no estaba bien. Puso su mano sobre mi pierna y me miró frunciendo el seño.—¿Qué sucede?—Pregunté temblando del miedo.—¿No te gusto?—Dije intentando pasar mi mano sobre su pecho. Una mano que fue detenida con fuerza. —No hagas eso.—Dijo tomando mi mano y devolviéndola a mi posición anterior.—¿Crees que no me daría cuenta?—Insistió. Lo miré confundida e intenté una vez mover mis brazos. Fui detenida. —¿Qué crees que haces?—Insistió. Y ahí no entendía en qué punto nos encontrábamos. No sabía si era parte de lo que quería o simplemente me estaba diciendo que ya era el fin de la noche. Suspiré y tomó mi rostro entre sus manos.—¿Qué edad tienes, Alba? Y ahí entendí.—20 años señor.—Mentí. Pero tampoco estaba muy lejos de la realidad. —No me mientas, eres una niña, Alba. Lo noto en tu mirada. ¿Qué edad tienes?—Insistió. Y respirando hondo. Sabía que la noche había llegado a su fin.—Tengo 18 años, señor. Ésta vez no miento, soy mayor de edad.—Confesé. Poniéndose su camisa de nuevo. Me miró.—No soy un pedófilo, Alba. Y sí, eres mayor de edad, pero 18 años sigue siendo nada. ¿Qué haces aquí? Eres muy jovencita, eres una niña. Tienes mucho por delante, no hagas esto así.—Y mis ojos se cristalizaron. —La necesidad me lleva a ésto, señor.—Suspiré secando mis ojos.—¿Puedo saber su nombre? Y negó. Subiendo su traje sacó un par de billetes, al rededor de 100$. Eso era mucho en mi país. Una noche de un cliente no iba más de 10$. —No te daré mi nombre. No suelo hacerlo, tampoco suelo detenerme. Pero sabía que tu rostro era de alguien muy joven. Tengo hijas; y al mirarte, solo pude pensar en ellas.—Me entregó aquel billete.—Guárdalo. Te llevaré a casa.—Susurró abriendo aquella puerta de la habitación y bajando escaleras abajo. En silencio seguí sus pasos y bajé. Había sido un ángel. Mis ojos se cristalizaban más y más. Una vez dentro del automóvil, continuó la conversación. —Eres muy linda Alba, no lo puedo negar. Me moriría ahora mismo por hacerte mía.—Y estremeció todo mi cuerpo.—Pero va contra mi ética. Y no pienso hacerte eso. Cuídate por las calles, éste mundo no es fácil y no todos tendrán cuidado al momento de llevarte a un motel. —Lo siento señor.—Susurré. —No sabes cómo me pusiste.—Confesó tomando el volante con fuerza y mirando su entrepierna. —Pero no.—Dijo levantando una vez la mirada sobre el volante.—No ésta vez. —¿Y después?—Pregunté de manera curiosa. —¿Después? Si la vida es muy injusta y sigues en éste mundo en un par de años o mucho después, moriría por terminar lo que ha comenzado ésta noche.—Y detuvo el automóvil.—Cuídate Alba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR