Capítulo 1 Alba

1038 Palabras
Hola, soy Alba. Hija de una prostituta. Nací en Venezuela el 9 de Julio. No conocí a mi padre. Tampoco esperaba hacerlo. Aquella conversación también era prohibida por mi madre; cada que aquellas preguntas llegaban, evitaba mi mirada y mis preguntas. Solía refugiarse en el alcohol; antes no comprendía porqué. Siempre decía trabajar en una tienda de ropa; y por eso su vestimenta era peculiar. Nunca quise indicar un poco más, no tenía porqué dudar de mi madre. Alguien que había luchado toda su vida por sacarme adelante. Cuidaba más de ella que de mi misma. Muchas veces llegaba balanceándose por el suelo. No tenía fuerza para mantenerse de pie; el alcohol en su cuerpo era mayor que ella misma. Lloraba de la vergüenza y me suplicaba alejarme. —“No lo vale hija, no me mires”.—Decía entre lágrimas. Y contra su voluntad, me acercaba a ella. La llevaba a la ducha, la sentaba bajo el agua fría y desvestía su cuerpo, dejándolo completamente desnudo. Eso ocurría lamentablemente al menos una vez a la semana. Siempre se disculpaba y por la mañana lo olvidaba. Ambas fingiamos que no ocurría; y se nos hacía más fácil vivir con ello. Preparaba su cena cada noche, esperando verla volver temprano para cenar juntas; pero eso nunca ocurría. Ella volvía de madrugada y sus pies iban directo a la cama. Cada mañana antes de marcharse, dejaba mi desayuno sobre la mesa, pidiendo disculpas por no estar y diciendo que me amaba. Dejando claro que aunque mi madre no tuviese tiempo, y llevase no una gran vida, jamás me había dejado de lado. Dejaba panqueques por la mañana, un vaso de jugo y una manzana para llevar. Cada mañana caminaba sola al instituto, jamás había faltado a clases. Era lo único que mi madre me imponía con regla. Era mi forma de volver algo más de lo que ella había sido. Y lo imploraba a Dios. Sabía que jamás le fallaría. No tenía amigos, todos tenían miedo o vergüenza de acercarse. Antes lloraba en silencio por ello, no entendía que había mal o que tenía yo, que los alejaba a todos. Y para ser una niña de 10 años, aquello era sentir que el mundo se caía a pedazos. Me costó un par de años descubrir que se sobrevive sin amigos; y que es suficiente con tener a alguien que estará por las noches bajo tu mismo techo. Habían días que no comprendía. Mi madre se perdía aproximadamente tres días al menos una vez al año. Volvía cansada y no me dejaba verla durante tres días más. Se encerraba en su habitación y solo me pedía pasarle comida. Lloraba en silencio y rezaba sin parar. Poco después salía como si nada, sonriente y llena de maquillaje. Tapando hematomas que evitaba conversar y cubriendo largas ojeras por falta de sueño. Allí volvía llena de dinero, más del que recaudaba en meses. Era la época feliz, sin importar todo lo que ella pasaba. Hacíamos el mercado más grande del año; llenando la nevera y despensa de comida hasta arriba. Comprabamos ropa nueva, maquillaje para mamá y pagabamos cosas de la casa y el instituto. Supongo que eso era el amor de mi madre hacia mi. Darlo todo sin importar el daño que recibiera, y siempre su recompensa sería mi sonrisa. Pero cada año que pasaba, todo se tornaba más difícil. Mi madre enfermaba con frecuencia, el dinero era menor y mi madre se desgastaba. Y tuve una idea. Con más valor del que tenía, hice una propuesta que mi madre negó rotundamente. —Puedo hacerlo mamá,—Propuse.—Ya tengo 16, mi cuerpo no es el mejor pero sé que puedo.—Susurré al mirarla en aquel estado. Su barbilla golpeada, mirada perdida y ropa desgastada. —¿Perdiste la cabeza, Alba?—Respiró hondo.—He trabajado toda mi vida tratando de que no te veas afectada por mis decisiones, ¿y ahora quieres seguir mis pasos?—Suspiró. Y la miré.—Mira tu estado mamá, los años no pasan en vano. Ya no tienes fuerza para mantenerte de pie. Estás enfermando con más frecuencia, ya ni siquiera puedes defenderte de aquellos que intentan abusar de ti.—Y tomé su rostro entre mis manos.—Una sola vez, dinero para hacer compras de comida y me retiro. Y una vez más, mi madre negó.—No voy a permitir nunca que lleves la vida que me ha tocado, Alba. Es absurdo lo que dices, eres una niña. Eres mi niña...—Y lloró en silencio. Secando sus lágrimas, suspiró.—Prometo arreglarlo. Siempre puedo trabajar un poco más, conseguiré el dinero. Solo dame un poco de tiempo y por favor prométeme que dejaras esa idea que se cruza por tu cabeza.—Imploró.Tomó mis manos y la besó.—Ahora ayuda a tu vieja madre a ir a la cama. Y haz eso que de niña tanto disfrutabas.—Dijo poniéndose de pie. Con fuerza, tomé su cuerpo y caminé a su lado. Llegando a la habitación, se lanzó a la cama en tacones. Algo que había marcado su vida y sería lo que siempre recordaría de ella; mallas y tacones. Respiré hondo y quité sus tacones. Estiró sus dedos que estaban golpeados de tanto caminar y sus rodillas rotas. Bajé sus mallas y llené sus piernas de crema.—Ay madre.—Susurré al tocar sus hematomas recorriendo su cuerpo.—No mereces ésto.—Confesé. En menos de lo que creía, estaba dormida. Terminé de desvestirla y la cubrí con una sábana. Besando su frente me marché. Una vez más estaba en casa, y eso lo agradecería siempre. Pero no me perdonaba el hecho de verla así mientras yo no ayudaba de otro modo. Fui por un poco de cena y tiempo después la despertaría para comer. Sabía que las veces que llegaba, su estómago estaba vacío y solo estaba lleno de alcohol y pastillas. Un día le pregunté que porqué lo hacía.—¿Por qué tanto alcohol?—Reproché. —Solo de ese modo tolero no sentir. Solo de ese modo deja de importar mi vida y sigo adelante.—Susurró entre lágrimas.
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