Capítulo 4, sube

1050 Palabras
Sin saberlo me metía en un mundo del cuál jamás podría salir. Un mundo sin retorno y lleno de oscuridad. Una oscuridad que me perseguiría incluso después de huir de ella. La felicidad de aquel billete de 100$ había durado poco; y evitaba las preguntas de mi madre sobre la procedencia de aquel dinero. Quería decirle sin mentiras que me lo había dado un apuesto señor; del cual no tenía ni idea de su nombre. Y que por ética, no había puesto un dedo en todo mi cuerpo. Pero más tarde cuando menos lo esperaba. La necesidad del dinero volvía. La nevera estaba vacía, la factura de renta se hacía presente y los medicamentos de mi madre se acababan. Busqué trabajo legal, pero mi falta de experiencia no era de ayuda. ¿Cómo tener experiencia si nadie me dejaba comenzar? No tenía sentido y la única opción que quedaba, era la más aterradora. Tenía que volver a usar mallas rotas y tacones altos. Con la esperanza de que otro ser dejase dinero sin poner un dedo en mi. Pero sabía que eso era ya era tener demasiada suerte y no contaría con eso. Volví a casa devastada; había recorrido aproximadamente toda la ciudad desde la mañana y aún nadie tenía respuesta para mí. No habían trabajos legales disponibles para Alba. Supongo que la vida de un modo u otro me decía que no tenía más opción y que esa era la vida que merecía y habían escogido para mí. Era difícil de aceptar; ser producto de una violación y no ir más allá de ello. Quité mis zapatos gastados y sucios, y los dejé a un lado en la entrada. Entré a la cocina soltando mi cabello y abrí la nevera. Una salsa picante, dos cervezas, una pasta con salsa vieja y una jarra de agua. Me serví un vaso de agua y me senté en la mesa. Llevando las manos a mi cara con frustración.—¡Mierda!—Grité en desespero. Lanzando un golpe sobre la mesa. No tenía más opciones y tampoco tenía más comida sobre la mesa. Mi estómago rugía y mi bajo peso era evidente. Mi madre se quejaba de dolor en su habitación y yo solo evitaba aquella conversación. También me rehusaba a pensar que aquella opción que rondaba por mi cabeza; era la única que tenía. Tomé otro sorbo de agua y me puse de pie, dejando el vaso sobre el lavaplatos y caminando hacia donde estaba mi madre. Sus ojos medio abiertos, voz cansada y cuerpo derrotado.—...Madre...—Susurré acercándome a ella.—¿Cómo te sientes?—Pregunté. Ella intentó sonreír, tomó mi mano y respiró hondo.—Aún me queda un poco más de vida, Alba.—Y rió un poco, algo que por reflejo mismo llevó a toser.—Pero ya estoy algo vieja y acabada. ¿Cómo te ha ido a ti? ¿Conseguiste empleo?—Preguntó. La observé con cuidado y respiré hondo. Comenzaría una vez más, una mentira sin retorno.—Tranquila madre, he conseguido empleo. Un poco fuera de la ciudad hay un supermercado. Seré mantenimiento de limpieza y luego si rindo un poco, me subirán de cargo.—Susurré. Ella sonrió y tomó mi mano con su poca fuerza, aproximándose y besándola.—Estoy orgullosa de ti, Alba. Siempre aspirando un poco más de lo que ha sido la vida de tu madre...—Carraspeó.—Pero ahora déjame dormir un poco, estoy algo cansa, vieja y oxidada.—Dijo ya cerrando sus ojos. Me puse de pie, besé su frente y me marché. Llegando a mi habitación, desnudé mi cuerpo y me fui a la ducha. Agua fría cayendo por mi cuerpo y el silencio de aquellas paredes. Las lágrimas se hicieron presente, al igual que un estómago vacío implorando un poco de alimento.—Lo haré.—Susurré a mi misma.—Solo una última vez. Luego tendré un trabajo digno.—Pensé en voz alta. Pasé el jabón sobre mi cuerpo y cerré los ojos con fuerza. Yo pude, puedo y podré. Quité aquel jabón sobre mi cuerpo, cerré el grifo y salí de la ducha. Tomando una toalla sequé mi cuerpo. Me detuve una vez más ante el espejo y puse una toalla en mi cabello. Cepillé mis dientes y me dispuse a maquillar mi rostro. Un poco de base, rimel, sombras y corrector. Pero lo que no podía faltar era mis labios rojos. Característico que usó mi madre durante toda su vida. Una vez más cerré los ojos con fuerza y apreté el lavabo.—Vida de mierda.—Escupí antes de marcharme. Una vez en la habitación, busqué aquellas mallas gastadas, los tacones más altos y el vestido más corto y pegado a mi cuerpo. Solté mi cabello y lo sequé rápidamente. Me miré al espejo una última vez y suspiré.—Al menos no me veo tan mal.—Me animé. Una vez más, me senté sobre la cama y dejé escapar otro par de lágrimas. Debía ser fuerte. Me quité los tacones para poder caminar sin despertar a mi madre y salí de la habitación. Miré su cama y seguía dormida. En puntillas logré llegar a la puerta y finalmente salir. Una vez allí, cerré con cuidado y me puse los tacones. Una carretera vacía, oscura y peligrosa. —Siempre detrás de los problemas, Alba.—Me dije a mi misma en voz alta. Caminé en silencio por toda la acera. Pasó un primer carro sin hacer ruidos, el segundo no pasó de un par de pitidos y para mí fortuna o mayor desgracia; el tercero se detendría. —Buenas noches, guapo.—Dije acercándome al automóvil. Me miró de arriba abajo. Era un hombre de quizás unos 50 años, un poco panzón y cansado. No sonreía ni decía nada. El pánico se hizo presente. —¿Eres pros...?—Intentó preguntar. Pero le detuve. —Sí, guapo. Podemos pasar la noche juntos. Todo lo que desees.—Dije intentando sonar atractiva y segura de mi misma. —Sube.—Ordenó.—Ahora. No quiero que me vean subiendo una mujerzuela a mi automóvil.—Confesó con enojo. Seguí sus órdenes y subí. Sin saberlo, aquel segundo cliente; también marcaría una parte de mi.
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