Margaret no tenía idea de todo lo que le esperaba. La autoridad y la presión bajo la mirada de Elena era más de lo que podía soportar y soltó el llanto. Era grave su posición y podría ir a dar a la cárcel. La policía cibernética aún no llegaba cuando Elena ya había interceptado las redes que violaron los candados de su sistema operativo. —Siempre, desde antes de mi desaparición, hemos tenido un plan B, así que, mi querida Margaret, dime dónde están los archivos de respaldo que Abelardo debe tener resguardados. —¿El señor Capetillo? —Sí, es tu jefe ¿lo recuerdas? —El señor Capetillo tiene semanas sin venir. —¿Quién está a cargo? —Pues, se supone que su hija Julieta, pero ella no ha hecho su trabajo. —¿Estás consciente de que estás hablando de mi hija? Margaret tragó s

