Dos semanas habían transcurrido desde el tormento de aquella vez. Madison se había convencido en restarle importancia al castigo de Robert; sólo habían sido unos cuantos golpes, había soportado muchos más, podía hacerlo, o eso era lo que se decía para poder ser fuerte.
Además, había exitosamente evadido y engañado a Barry -lo cual sentía mucha culpa, pero no podía arriesgar a nadie de su familia- Aunque mentirle a Barry no había sido muy complicado, el muchacho estaba distraído, concentrado en cómo ayudar a arreglar la pelea entre Iris y Joe -ya que Iris no podía perdonarle que su padre le hiciera creer que su madre estaba muerta, cuando en realidad estaba viva- Y, también, el castaño estaba tratando de enmendar las cosas con Cisco, luego de la muerte de Dante -hermano mayor del pelinegro que ciertamente Madi nunca conoció-
Y Caitlin, bueno, ella también lucía más distraída de lo usual. La niña no sabía qué le sucedía, pero había algo que no la dejaba tranquila. Incluso, a veces, Cait pasaba unos días fuera de la ciudad, buscando respuestas a algo que Madison no sabía, aún.
La ojiverde sentía que, de un momento a otro, todo se había puesto de cabeza. La interacción con su familia se había vuelto algo más distante. Aunque, ciertamente, ella tenía algo de culpa, los había alejado un poco para no tener que, constantemente, mentirles sobre la situación que estaba viviendo con Robert.
En esos dos fines de semana se las había ingeniado para no recibir otro castigo por parte de su progenitor. Lo esquivaba todo lo que podía hasta que llegaba las horas de las comidas, esas horas siempre se veían envueltas en un silencio incómodo.
Cómo justo ahora.
Exacto, en ese instante, se encontraba almorzando sentada a la mesa. En su diagonal estaba Robert -a la cabecera de la mesa- y al frente de la niña se encontraba Charlotte.
Sí, Charlotte, la supuesta novia de Robert, había hecho su aparición hace menos de treinta minutos atrás.
Madison la observaba por momentos cuando se inclinaba ligeramente a tomar la sopa que el cocinero había preparado. La mujer tendría quizás unos 30 años. Tenía el cabello de color rubio, sus ojos eran marrones y tenía maquillaje, aunque nada excesivo. Sus facciones no eran tan duras como las de Robert. Se podía decir que era atractiva. Madison aún no terminaba de estudiarla. Aunque de una cosa estaba segura, la mujer no la quería ahí, junto a ella... junto a su novio.
Cuando Robert la llamó para que la saludara, Madison pudo notar lo seria que estaba. Sin embargo, al encontrarse frente a frente, la mayor le dedicó una rara sonrisa, estrechando su mano. Charlotte la había examinado de arriba abajo y había fruncido ligeramente el ceño. Madison pudo jurar que la mujer le comentó a Robert sobre el atuendo que tenía puesto.
¿Qué había de malo en el overol que estaba usando? A Madison le gustaban, así que tenía un montón de overoles en su armario, de varios diseños y colores.
—¿Qué tal te fue con el libro que te dejé para leer? —La voz de Robert interrumpió el tenso ambiente.
—Bien —Madison respondió monótonamente. La verdad es que el libro había sido muy aburrido. No tenía muchas páginas, quizás solo cien, pero el tema central era de economía, y Madison lo encontró muy pesado para leer. ¿Qué hacía una niña de once años leyendo sobre economía?
—Espero que lo hayas terminado, después te preguntaré sobre ello. —La menor se tensó ligeramente. —En fin, le estaba comentando a Charlotte que eres muy rápida aprendiendo —la niña observó a la mujer y pudo jurar que la vio rodar los ojos—, como su padre —concluyó él, formando una sonrisa y tomando un sorbo de su bebida.
—Qué bueno —escuchó que la mujer decía, mostrando la sonrisa más falsa que alguna vez Madi había visto.
En silencio, Madison, comenzó a comer el segundo plato que había traído el cocinero hace un momento. Charlotte y Robert se sumergieron en otra conversación que a Madison le importaba muy poco. Trató de comer lo más rápido posible para poder ir a esconderse a su cuarto.
La niña, al finalizar su plato, se levantó de su silla.
—¿A dónde vas? —Robert la sostuvo de la muñeca antes de que pudiera empezar a caminar.
Madison se alarmó al reconocer su error. Había olvidado la tonta regla de pedir permiso para dejar la mesa si había terminado antes que Robert. Pero es que, normalmente, era el hombre que terminaba primero y siempre se iba, dejándola sola terminar su plato.
—Yo...
—¿Qué te dije?
—Lo...Lo olvidé —susurró, sintiendo su cuerpo tensarse cuando el mayor apretó con más fuerza el agarre en su muñeca.
—¿Y se te permite olvidar reglas aquí? —su dura voz la hizo estremecerse y agachó levemente su cabeza.
—N-No —su débil voz salió algo entrecortada.
—¡No, ¿qué?! —Robert, con su otra mano, golpeó la mesa, haciendo un ruido sordo. Los platos, vasos y cubiertos temblaron y Madison se sobresaltó enseguida.
—No, señor —volvió a susurrar, esta vez su cuerpo tembló ante el silencio que se había formado. —Lo siento —pronunció, esperando que aquel hombre fuese compasivo y la soltara.
Robert sostuvo el mentón de la niña con su pulgar algo brusco y levantó su cabeza, obligándolo a verlo. Él seguía sentado y Madison estaba de pie a unos escasos centímetros de él, así que sus ojos se clavaron en los de ella sin ningún inconveniente.
—¿Volverá a suceder? ¿Acaso debo darte una lección?
—No... No, señor. Por favor —suplicó con el miedo recorriendo su sistema.
Robert negó levemente con la cabeza y respiró hondo. Luego de un segundo, con su pulgar, dejó una caricia en la mejilla de la niña.
Madison siempre le confundían las acciones de aquel individuo. En cuestión de segundos podía estar feliz o furioso. En cuestión de segundos podía tener una sonrisa en su rostro luego de casi amenazar a la niña con castigarla, como ahora.
Justo ahora, Robert formó aquella sonrisa sin mostrar los dientes que siempre le dedicaba a su hija biológica.
—Bien —El hombre la soltó, pero ella no se movió —Que no se vuelva a repetir, porque a la siguiente vez no me importará que Charlotte esté presente —advirtió.
—Rob, puedes corregirla como se te plazca; por mí está bien —escuchó a la mujer decir —Apuesto que necesita mucha disciplina. —Madison la observó de reojo y pudo ver aquella sonrisa que se había formado en su rostro.
¿Por qué Charlotte parecía detestarla tanto?
—¿Puedo retirarme, señor? —susurró, esperando a que la dejara ir, esperando a que la liberara de aquel tenso ambiente en el que se encontraba.
—No, no. Ahora, nada de señor —la voz de Robert salió algo irritada e hizo un ademán con su mano —Vuelve a formular la pregunta, querida —demandó, tomando un sorbo de su bebida.
Madison volvió a tensarse. Era la primera vez que Robert la obligaba a utilizar aquel término, y sabía que no sería la última.
Ella no quería utilizarlo. No en él. No en nadie.
—Yo... —susurró
—Fue una orden, Madison —masculló. La niña no quería hacerlo enojar otra vez, así que respiró hondo y se preparó mentalmente para soltar las siguientes palabras.
—¿Puedo retirarme, padre?
—Ah, mucho mejor, hija —Robert dejó el vaso sobre la mesa y volvió a clavar su vista en ella. —Y no, no puedes —indicó —Así que vuelve a tomar asiento.
—Pero...
—¡Ahora! —El hombre tomó otra profunda respiración —No te levantarás hasta que te lo permita.
La niña quiso gritar, quiso usar sus poderes contra él, pero obviamente no hizo nada de eso. Lo observó con una oscura mirada, apretó sus puños con fiereza sintiendo sus uñas enterrarse en las palmas de sus manos y se sentó.
—Debes controlarla desde ahora, o será una niña muy rebelde. Ya veo los dolores de cabeza que te dará —acotó la mujer con algo de diversión —Tiene tu mirada, Rob, apuesto que en su mente te está torturando de muchas maneras —Charlotte soltó una pequeña risa, el hombre hizo lo mismo y luego negó levemente la cabeza.
—Estoy en eso, Char.
Una hora había transcurrido y la niña seguía sentada en la misma posición. Sabía que Robert lo estaba haciendo apropósito, se estaba desquitando por no haber cumplido aquella estúpida regla.
Los dos adultos reían y conversaban de tonterías. A veces hablaban de ella como si no estuviera frente a ellos, a veces comentaban sobre los metahumanos, sobre chismes sin absoluta importancia para la menor. Comenzaba a impacientarse, estaba aburrida e irritada por la actitud de su progenitor.
—Madison, como le decía a Charlotte, el viernes haré una cena con unos socios muy importantes y te presentaré como mi hija —La niña frunció el ceño, costándole dos segundos en asimilar la nueva información. ¿Viernes? ¿Un almuerzo con gente que no conocía?
—Pero yo no vengo los viernes —susurró.
—Por eso no te preocupes, hablé con el Trabajador Social que está viendo tu caso y me encargué de que puedas venir ese día. Hará una excepción porque le dije que será una cena muy importante para mí.
—Pero no pue...
—Le informará a Joe y tendrá que traerte el viernes a las cuatro en punto.
—Robert, no puedes quitarme un día con...con mi familia.
—¡No los llames así! —El hombre alzó la voz, golpeando con las palmas de sus manos la mesa —Y no seas caprichosa. Sólo son unas horas más, no veo el problema.
—Pero no...
—Madison, esto no está en discusión, no es una pregunta. Simplemente te estoy avisando lo que ocurrirá ese día. —La pequeña quería llorar de la frustración —Serás una buena niña y te comportarás. No quiero que tengan una mala impresión de cómo estoy criando a mi hija ¿Entendido?
Robert alzó ambas cejas, desafiándola con aquel gesto a que dijera algo incorrecto. Madison se mordió la lengua y decidió por responderle lo que él quería:
—Sí, señor —masculló en voz baja.
—Rob, puedo elegirle un vestuario —Charlotte intervino. Madison la observó con cierta incredulidad. No se pondría nada de lo que esa mujer le diera, apostaba a que sería espantoso.
—Puedo hacerlo sol...
—Perfecto. Gracias, Char. —Robert interrumpió mostrándole una sonrisa a su novia.
"¿Por qué jodîdos infiernos nunca me deja terminar de hablar?"
»Bien, puedes levantarte e ir a distraerte, querida —esta vez su progenitor se dirigió a la niña —Charlotte y yo saldremos unas horas —Madison se levantó con rapidez, pero nuevamente fue detenida por el hombre cuando la sostuvo de la muñeca y la colocó frente a él —Recuerda las reglas —advirtió, depositando un beso en su frente, haciendo que ella se tensara de sobremanera.
La pequeña asintió con la cabeza y salió casi corriendo del lugar para luego subir a la habitación que le había dado Robert.
Llegó al enorme cuarto y no tuvo problemas en cerrar la puerta -ese lugar era lo suficientemente grande como para sentirse asfixiada, más bien la presencia de Robert le hacía sentirse de esa forma-. Se recostó contra la puerta un momento. Cerró los ojos unos segundos y tomó una respiración profunda, tratando de tranquilizarse. Observó el reloj de su muñeca -ya que, como no tenía su celular, ahora siempre llevaba uno para tener la noción del tiempo- y recién eran las cuatro de la tarde.
Soltó un suspiro, quedaba todavía un día muy largo y ya estaba deseando a que fuera mañana para que Barry la recogiera y la sacara de aquella prisión.
Quería llamar a Barry, pero no tenía su celular. Soltando un suspiro se dirigió hasta el baño y comenzó a cepillarse los dientes. Mojó su rostro varias veces y luego observó su reflejo en el espejo. Lucía cansada, con ligeras ojeras y sus ojos carecían de aquel brillo que alguna vez había tenido antes de que Robert se presentara al juicio y estropeara su felicidad.
Con sigilo volvió a salir del dormitorio, se dirigió hasta la enorme cochera y observó que uno de los carros faltaba. Quería asegurarse de que Robert ya no estaba en la casa, y el faltante auto se lo confirmó.
Madison pudo respirar con alivio por primera vez en todo el día. Decidió volver a la habitación y tomar una siesta, pero aquel cuarto de al fondo del pasillo volvió a llamar su atención. Estaba a unos metros del de ella y era el único que Robert no le había explicado qué había ahí.
"Ve y averígualo", su cabeza la incentivó.
La niña se quedó de pie frente a esa puerta blanca, dudando un momento en si debía entrar. Se suponía que ella tenía permitido moverse con tranquilidad por ese pasillo, así que se convenció de que no estaba haciendo nada malo. Tomó otra profunda respiración y decidió avanzar y girar el picaporte.
Madison frunció el ceño ante lo que tenía al frente. A comparación de los dos cuartos de invitados que estaban en ese mismo pasillo, este tenía sábanas blancas sobre los muebles. Parecía que nadie había entrado en años y estaba algo polvoriento. La curiosidad de la niña creció.
Con cuidado levantó un costado de una de las sábanas blancas y se pudo dar cuenta que era una cómoda con un espejo, lucía algo antiguo. Esta vez la niña destapó todo, así pudiendo ver mejor el mueble. Era de color dorado y estaba con polvo.
Madison se dirigió hacia otro mueble y también lo destapó, esta vez era un librero algo grande con muchos tomos de libros. Esta vez, la niña se posicionó delante de una repisa, esta no tenía una sábana blanca, pero los marcos de fotos estaban volteados boca abajo.
La niña agarró una foto y se sentó en la esquina de la cama que estaba en el medio del dormitorio. El vidrio del marco de la fotografía estaba con mucho polvo, así que la niña lo limpió con la sábana que cubría el colchón.
Madison abrió los ojos y casi se le cae el objeto de la impresión.
Su progenitora era la que estaba reflejada en aquella imagen. No había olvidado su rostro desde que Barry le mostró la foto de la mujer cuando le estaba contando la corta historia de sus padres biológicos.
—Amanda —susurró, pasando la yema de sus dedos por la foto. La joven mujer de unos 20 años sonreía hacia la cámara, aunque no parecía feliz. Sus ojos estaban apagados, casi sin vida. Podía jurar que, si no tuviera maquillaje, podría ver sus ojeras. Lucía cansada, aunque quería demostrar lo contrario.
La niña intuyó que aquella habitación podía haber sido de la mujer que debió ser su madre.
Madison dejó la foto sobre la cama y se dirigió nuevamente hacia la repisa, agarrando otro marco y sacándole el polvo. Cuando examinó la foto se dio cuenta que, nuevamente, aparecía la delgada figura de Amanda. Aunque, esta vez, Robert estaba a su lado.
Sus progenitores, lucían mucho más jóvenes -aunque más Amanda-. Ambos estaban de costado, Robert detrás de ella. Pero lo que más le impresionó a Madison, fue la mediana panza redonda que sobresalía del vestido que Amanda tenía puesto.
Sí, la mujer estaba embarazada.
"¿Seré yo?", pensó la niña, sintiendo un inexplicable nudo en la garganta.
En la foto, Robert, estaba serio, su oscura mirada podía notarse sin duda. No lucía contento, era como si estuviera obligado a sacarse esa foto. En cambio, Amanda tenía una genuina sonrisa, su cabeza estaba inclinada un poco hacia abajo mientras sus manos estaban sobre su panza. Esta vez la felicidad llegaba a sus azules ojos. Estaba contenta.
La niña cerró un momento los ojos, su mente mostrándole una ficticia imagen de ella y su madre juntas. La mujer abrazándola y luego mostrándole la misma sonrisa que veía en esa fotografía.
Madison rápidamente sacó la fotografía del marco de foto y, con las yemas de sus dedos, se ayudó para romper el lado en donde estaba Robert; así sólo se quedaba con la foto de Amanda. La niña volvió a colocar la parte de Robert en el marco y lo dejó boca abajo sobre la repisa, esperando que nadie se diera cuenta de lo que había hecho.
La menor observó unos segundos más la parte de la fotografía que estaba en sus manos para luego doblarla y guardarla en el bolsillo de su overol. También, volvió a colocar el otro marco de foto, que estaba sobre la cama, en la repisa. Así dejar todo tal y como lo había encontrado.
Madison caminó más hacia la esquina, destapó aquel mueble y se dio con la sorpresa de que era un televisor sobre una pequeña cómoda cuadrada. El televisor era pequeño y, debajo de este, había un aparato rectangular de color n***o con botones y con una entrada en el medio. Madison frunció ligeramente el ceño.
— "Reproductor VHS" —la niña leyó en voz alta lo que decía en una esquina de aquel aparato. La confusión se hizo presente, nunca lo había visto, pero lucía algún tipo de tecnología antigua.
La curiosidad se hizo presente. Quería averiguar para qué exactamente servía ese aparato, así que, como no tenía su celular, debía usar la computadora que estaba sobre el escritorio en la habitación que le había dado Robert. Sí, había dicho que nunca usaría nada de ese tipo, pero el sentimiento de querer saber sobre aquel nuevo descubrimiento, ahora, era mucho más importante.
La niña trató de dejar el cuarto como lo había encontrado, colocando las sábanas nuevamente sobre los muebles. Había tratado de usar su poder para ayudarse, pero cuando nada sucedió, se golpeó mentalmente al recordar que tenía aquel tonto brazalete que Robert la obligaba a usar cada vez que iba a esa casa. Todavía no se acostumbraba a no tener sus poderes, y aquello sólo lograba enfurecerla. Aquellos poderes eran parte de ella y Robert simplemente se los había arrebatado.
Luego de un momento, se sentó frente a la moderna computadora y abrió el navegador en incógnito. Madison buscó sobre qué era un reproductor VHS y cómo se usaba.
Básicamente era un aparato antiguo que permitía reproducir un VHS. Y el VHS era un tipo de casete rectangular que funcionaba como sistema de video. Madison comprendió que era como un disco de DVD, técnicamente era a lo que había evolucionado hoy en día. El casete era mediano y de color n***o, aunque en el medio tenía dos cuadrados transparentes más pequeños, donde se veía el interior de aquella peculiar tecnología.
La niña entró a YouTube y reprodujo un video de cómo se debía utilizar. Le explicaron le decía cómo debía conectar el reproductor al televisor y luego como insertar el VHS.
"Primero debo encontrar algún VHS, si es que hay alguno", pensó cerrando la pestaña y apagando la computadora. También, aprovechó y dejó la foto que había encontrado de su madre dentro de su mochila que llevaba todos los fines de semana.
Madison salió nuevamente de la habitación y ojeó la primera planta desde la baranda del segundo piso, no había nadie aún. La menor volvió a escabullirse al dormitorio de Amanda y comenzó a buscar a sus alrededores, tratando siempre de no mover mucho las cosas.
Soltó un suspiro. No parecía haber algo como la imagen del casete que vio en internet.
—Maldición —masculló cruzados sus brazos. La niña se acercó al único lugar donde no había buscado. Era un librero, no creía que ahí hubiera algún casete, pero de igual modo lo inspeccionó. Aunque solo había libros.
La menor soltó un bufido por no encontrar lo que quería y agarró uno de los polvorientos libros. Parecía que a Amanda le gustaba leer, pues había todo tipo de obras con diversos títulos y tamaños. La niña comenzó a ojear las primeras páginas y abrió los ojos cuando, al voltear la hoja, descubrió lo que aquel libro ocultaba.
Madison se sorprendió al ver el casete estratégicamente posicionado entre las hojas cortadas, de tal forma que el ancho del VHS cupiera perfectamente.
A la menor se le ocurrió una idea.
La niña cerró el libro, lo dejó en el suelo y rápidamente fue en busca de papel y lapicero. Regresó a la habitación, se sentó sobre sus talones en el piso y apoyó la mediana libreta anillada en su muslo para poder escribir. Apuntaría el nombre de los libros donde encontrara los casetes, ya que no creía que estuvieran en todos. Así, en un futuro, no olvidaría en donde estaban.
Empezó desde abajo hacia arriba. Sacaba un libro, lo inspeccionaba, si tenía un casete lo sacaba, buscaba el número que estaba escrito en una de las esquinas y lo memorizaba, apuntaba el nombre del libro y el número, y lo volvía a colocar en su sitio. Llegó un momento donde tuvo que subirse a una silla para alcanzar los libros de más arriba, ya que su pequeña estatura no era de mucha ayuda.
Cuando completó su misión, soltó un leve suspiro de entusiasmo. En total había 8 casetes. La menor no tenía ni idea de lo que podía encontrar ahí dentro, pero creyó que simplemente sería videos que alguien había grabado y guardado ahí. Madi buscó el casete número uno y rápidamente lo sacó del libro.
Ojeando su reloj de muñeca y se dio cuenta que eran las cinco.
"Todavía tienes tiempo", su cabeza le aseguró y decidió creerle.
Sí, tenía miedo de que Robert regresara y la encontrara husmeando en esa habitación, -además no estaba segura si él sabía sobre los casetes porque parecían que Amanda los había escondido por alguna razón- pero su curiosidad era más poderosa.
La menor demoró cinco minutos en conectar todo para poder reproducir el VHS, agarró el pequeño y viejo control y tomó una respiración profunda, dándose ánimos para darle play. Se sentó nuevamente en el piso sobre sus talones frente al televisor y reprodujo el video.
—«Hola» —escuchó. La niña se cubrió la boca al darse cuenta de quién estaba frente a la cámara. La conmoción se hizo presente y quiso soltar las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos.
—«Me llamo Amanda y, si estás viendo esto, espero que seas tú, mi bebé» —habló acariciando su pequeña panza, haciendo una sonrisa.