Capítulo 8

3199 Palabras
Madison ya tenía todo listo en su mochila, los VHS de su madre, dinero -de sus pocos ahorros- y el USB. Era temprano por la mañana y se había asegurado de que Robert no estuviera; por suerte lo había podido confirmar porque faltaba uno de sus carros en la cochera. Sólo imploraba a que no retornara antes de que ella lo hiciera. Madison no sabía si había cámaras en la puerta principal, pero, por las dudas, decidió salir por esa pequeña puerta trasera. Sí, había una puerta que conectaba la piscina con un pequeño y angosto camino lleno de pasto y arbustos. Ella no se hubiera dado cuenta si no hubiera salido a explorar otro de los días en el que Robert no estaba. Aquella puerta salida parecía que no era usada por nadie, solo esperaba que no estuviera con llave. Se colocó la mochila y prosiguió a salir de la casa. —Por favor no estés con llave —murmuró cuando se acercaba a la puerta de madera. Era algo angosta, pero el pequeño tamaño de la niña le ayudaba mucho. Colocó su mano en el picaporte y... —¡Bingo! —exclamó casi saltando de felicidad cuando la abrió. El picaporte era de esos que se podía abrir por dentro como por fuera, así que no se preocupó en cómo volver a entrar. Madison observó su reloj de muñeca y comenzó a correr. No tenía mucho tiempo y primero debía salir de aquel barrio de gente adinerada para poder subir al bus que la llevaría a su destino. Por suerte el mapa le había indicado la dirección y cómo llegar; no estaba lejos, incluso podría ir caminando, pero no quería perder tiempo. La menor creía que, si Robert se enteraba de lo que estaba haciendo, estaba muerta. El hombre le daría una paliza que seguramente la dejaría inconsciente. Estaba rompiendo una importante regla: salir de la propiedad sin permiso, sin avisar. Pero, a pesar del miedo, la niña no pudo evitar sentir la adrenalina recorrer su cuerpo. Cuando entró al lugar donde también vendían y/o alquilaban películas y series, tomó una enorme respiración e intentó calmar sus nervios. Afortunadamente, no había clientes. —Hola —murmuró colocándose de puntillas frente al mostrador. No había nadie así que tuvo que hablar con un poco más de fuerza —¿Hay alguien ahí? —preguntó parándose de puntas y colocando sus codos sobre la vitrina. —¡Un momento, por favor! —escuchó y supuso que la voz venía desde el otro lado de esa puerta cerrada, a unos metros y al lado derecho del mostrador. »¿En qué puedo ayudarte? —Una chica, de no más de 20 años, salió de aquella puerta. Tenía un mandil de tela con el nombre del lugar y un pin donde decía su nombre: Brenda. —Oh, ¿te perdiste, linda? —preguntó al darse cuenta de que era una niña la que estaba frente a ella. La chica le mostró una amable sonrisa, pero la menor no pudo evitar rodar los ojos mentalmente ¿Por qué siempre creían que se había perdido? —No, no estoy perdida —respondió negando levemente con la cabeza. —Oh, ya veo. Pero eres muy pequeña para estar aquí sola. —No soy tan pequeña —La menor observó que la chica alzaba ligeramente una ceja, no creyéndole. ¿Qué había hecho para merecer esa estatura? —Mi hermano está comprando en el supermercado de aquí al lado —mintió con facilidad y pudo ver que Brenda relajó su expresión. —Bueno, entonces, ¿qué puedo hacer por ti? —cuestionó amablemente. —Leí en su página web que aquí pueden convertir VHS en archivos digitales y los pueden poner en un USB o CD —habló la niña sacándose la mochila para colocarla sobre el mostrador y así poder sacar su material. —Sí, aquí también podemos hacer eso —acotó Brenda. —Perfecto. Entonces necesito que lo hagas con estos casetes —La menor comenzó a sacar los objetos de su mochila y ponerla sobre aquella vitrina. —Wow ¿Todos? —La mayor observó los ocho casetes. —Sí, por favor, quiero darle una sorpresa a mi... a mi mamá —Madison comentó al ver cierta duda en el rostro de Brenda. —Qué dulce. Está bien, entonces. La menor rebuscó en el bolsillo de adelante de la mochila y sacó un pequeño dispositivo. —¿Puedes ponerlo en este USB y en un CD, por favor? —la niña indagó, quería asegurarse de tenerlo en dos lugares, por si acaso. —Claro que sí, linda. —¿Cuánto va a costar? —Madison preguntó, implorando a que no fuera más a su presupuesto, que no era mucho. Sus ahorros solo consistían en los vueltos que a veces le quedaba cuando iba a comprar golosinas. Barry le había dicho que ella tenía una cuenta en el banco donde él depositaba dinero, pero obviamente no podía tocar ni un centavo de ahí, pues aún no tenía 18 años. —Hmm —Brenda pensó, contando los ocho casetes —Para ti, te lo dejo a diez dólares —la mayor intuyó que la niña no tenía mucho dinero cuando observó su expresión algo preocupada. —Justo tengo diez dólares —murmuró con cierta sonrisa en su rostro y le sacó los billetes que sumaban esa cantidad. La chica también sonrió mientras apilaba los VHS para poder llevárselos al cuarto donde podía hacer su trabajo. »No... No verás los videos ¿verdad? —la niña preguntó. Ni siquiera ella los había visto todos y no quería que una extraña los viera —Digo, no creo que quieras ver la boda y los videos caseros de mis padres —mintió nuevamente para que no hubiera sospechas. No creía que hubiera nada malo, pero por las dudas. —No, linda, tenemos políticas de privacidad. Además, el programa que usamos no nos muestra el video. Tú, tranquila —Brenda informó guiñándole un ojo. —¿Y cuánto va a demorar? —30 minutos —habló y Madison miró su reloj. —¿No lo puedes hacer en 15? —expresó con cierta urgencia —Mi hermano piensa que fui por un helado y no quiero que se dé cuenta ¿Por favor? —pidió. —Si me haces esa carita, no puedo decirte que no —Brenda habló con una sonrisa —No se supone que haga esto, pero haré primero tus casetes antes que los del primer cliente que llegó —susurró como si alguien más pudiera escuchar —Será nuestro secreto —Guiño otra vez su ojo y se dirigió hacia la puerta de donde había salido. —Gracias, Brenda —expresó la niña alzando su tono de voz para que la escuchara. ------- Madison sintió la adrenalina poco a poco irse de su cuerpo. Lo había logrado. Había vuelto antes que Robert y lo había confirmado porque el auto todavía no estaba en la cochera. La menor quiso bailar de la emoción, pero se contuvo. Corrió escaleras arriba y colocó su mochila dentro del armario, no quería que nadie se enterara del USB ni del disco. No podía creer que había desobedecido a Robert y se iba a salir con la suya. Se sentía fenomenal. Había desafiado sus estúpidas reglas y no habría consecuencias. La menor tomó una profunda respiración y se obligó a tranquilizarse; el hombre llegaría en cualquier momento y no quería que la viera entusiasmada, aquello le alertaría que algo no andaba bien con ella. La castaña se cambió por unos shorts no tan cortos, -que le llegaban hasta unos centímetros más arriba de la rodilla- pues los golpes aún le molestaban y no quería que nada tocara esas marcas. Se colocó más de esa pomada y sacó de la mochila los casetes para colocarlos en su sitio. No sabía si alguien conocía de ellos, pero por las dudas; además, ya tenía las copias en el disco y en el USB. Los vería en su laptop que estaba en su casa, no quería que Robert entrara a esa habitación y la descubriera viendo esos videos. Soltó un suspiro y cerró los ojos, quizás una siesta no le vendría nada mal. --------------- Era domingo, el día tan esperado por Madi, ya que Barry iría a recogerla y hoy sería dos horas y media antes lo usual. —Robert ¿puedo llam...? —¿Cómo me llamaste? —el hombre preguntó sentado en el sillón, observando el televisor. Rara vez estaba en la sala, pero ese día era uno de esos donde se "relajaba" y veía alguna clase de deporte. Madi estaba de pie en su diagonal y apretó el puño que escondía detrás de su espalda. —Padre ¿puedo llamar a Barry? —cuestionó, tratando de sonar lo más calmada posible. Odiaba que la obligara a llamarlo de ese modo y parecía que estos días la estaba obligando muchas más veces. —Hmm —expresó —¿Leíste el libro que te di? —Sí, padre. —¿Hiciste la tarea que te dejé? —Sí, toda —informó. —Quiero verla. —Madison corrió escaleras arriba y fue en busca del cuaderno que Robert le había dado para que escribiera las respuestas de preguntas -sobre los libros que a veces le dejaba leer- y resolviera algunos ejercicios. —Aquí está —dijo la menor al llegar nuevamente a la sala. Esperaba que todo estuviera correcto. No sabía qué podía hacerle Robert si algo estuviera mal, pero no quería averiguarlo. El hombre comenzó a leer sus respuestas y luego cerró el cuaderno. —Bien —murmuró, y Madison soltó el aire que estaba conteniendo —¿Limpiaste la cocina como te ordené? —Lo hice. —¿Tú cuarto? —También —La niña apretaba con más fuerza su puño detrás de su espalda, esperando a que él no notara lo irritada y molesta que sus preguntas le hacían sentir. —Está bien, puedes llamarlo. —La menor casi salta de la felicidad cuando Robert le extendió su celular y su cuaderno —Pero ya sabes las reglas, no hables cosas de más —advirtió, devolviendo la vista al televisor. —Gracias —susurró entre dientes. Madison agarró de inmediato ambos objetos y, nuevamente, comenzó a correr escaleras arriba. Cerró la puerta de la habitación -ya que no quería que Robert escuchara su conversación con el chico- y se tiró boca abajo sobre la cama. Entonces, buscó el nombre del castaño entre sus contactos y pulsó la opción para la videollamada. —¡Barry! —exclamó cuando el rostro del chico apareció por el celular. —Hola, cariño. —La pequeña sonrió de oreja a oreja, lo había extrañado. —Hoy vendrás por mí ¿verdad? —El chico la observó un momento y asintió. —Claro que iré por ti —indicó con una sonrisa. Barry se había sentido mal cuando Joe le contó de la expresión de tristeza que Madison quiso ocultar la anterior vez, al ver que era Joe quien fue a recogerla y no él. Joe le había contado que ella trató de restarle importancia, pero pudo ver perfectamente sus verdaderas emociones. Así que Barry se prometió que haría todo lo posible para nunca más perder la hora de recogerla. —Y vendrás a las cuatro como dijiste ¿cierto? —Sí, pequeña. —Te extraño —La castaña hizo puchero y Barry se le encogió el corazón. —Te extraño mucho —susurró tragando el nudo en su garganta, aunque lo disimuló con una sonrisa. Se estaba volviendo experta en colocarse esa imaginaria máscara que les hacía creer a los demás que todo estaba bien. —Yo también, cariño, pero ya solo falta una hora para las cuatro —Barry comentó cuando vio su reloj. —¿Qué te parece si salimos luego de que te recoja? —preguntó en un intento de animarla. Madison abrió ligeramente los ojos de la sorpresa ¿En verdad le estaba diciendo para salir? Últimamente, él -o Caitlin o Cisco- lucían muy ocupados como para tener una de esas salidas. —¿En serio? ¿A dónde? —la niña preguntó con algo de entusiasmo. —¿Carros chocones? —preguntó el castaño y la niña sonrió de oreja a oreja. Habían abierto un gigantesco lugar dentro del Mall y habían puesto una enorme pista para ese tipo de juego. Madi había ido una sola vez y la experiencia había sido maravillosa. —¡Sí! —expresó entusiasmada —¿Puedes decirle a Caitlin y a Cis... Bueno a Caitlin? —murmuró recordando la situación de él y el pelinegro. A Madison no le gustaba que Barry y Cisco estuvieran peleados. Sentía que no podía pedirles que vayan a un lugar los dos juntos, porque no estaban en buenos términos. A las justas e intercambiaban algunas palabras cuando estaban en los laboratorios y podías sentir la tensión. Barry soltó un leve suspiro. No le gustaba que la pelea entre él y Cisco afectara a Madison. —Veré si quieren ir. Tú no te preocupes —el ojiverde afirmó y la niña asintió en respuesta. Siguieron hablando un rato más hasta que Barry le dijo que debía ir a combatir contra los malos que estaban causando destrozos en Central City. La llamada terminó, Madison apoyó su mejilla contra el colchón y cerró un momento los ojos. Nuevamente pensamientos comenzaron a rondar por su cabeza. ¿Acaso la situación mejoraría? No parecía estar mejorando. No solo Cisco y Barry, o Joe y Iris, sino la situación con Robert. Quería irse para siempre de esa mansión, quería poder estar con Barry todo el tiempo. Estaba aterrada que, dentro de 2 meses más, la custodia se la dieran completamente a Robert. No podría soportarlo. Sabía que su progenitor no la dejaría ver a su familia y aquello simplemente le daba ganas de llorar. Le aterraba tener que vivir para siempre con el hombre que la golpeaba para "corregirla" El tiempo transcurrió con cierta velocidad y Madison ya estaba con sus cosas frente a Robert para que le sacara el brazalete. La niña se apresuró a abrir la puerta principal y la cerró detrás de ella. Ni siquiera esperó a que el castaño se acercara, simplemente comenzó a correr hacia donde estaba Barry, que no era muy lejos de las rejas que daban a la calle. —¡Barry! —La niña lo abrazó con fuerza por la cintura y hundió su rostro a la altura de su abdomen. El chico la estrujó contra él y se inclinó para besar la cima de su cabeza. —Te extrañé mucho. No dejes que vuelva a llevarme por un día más —La ojiverde se separó y lo vio con ojos suplicantes. El muchacho hizo una diminuta mueca y la alzó, acomodándola a la altura de sus caderas. Madison escondió la mueca que se formó en su rostro, por unos segundos, con una sonrisa. La acción del muchacho le había hecho doler un poco los golpes de su progenitor. —Te prometo que haré todo lo que pueda para que no vuelva a ocurrir —La menor asintió y besó la mejilla de él. —¿Qué tal esa cena? —cuestionó el castaño comenzando a caminar, saliendo de la propiedad. —Horrible, pero no quiero hablar de eso —Madison se encogió de hombros, intentando verse despreocupada, aunque se había puesto algo nerviosa por su pregunta. —¿Sucedió algo? —Madison lo abrazó y apoyó su mentón en su hombro. Sí, no quería verlo cuando le mintiera. —No, sólo que estuvo aburrida. Casi me duermo en la mesa —acotó y el chico medio sonrió. Cuando cerraron la reja, Madison se separó un poco de Barry y frunció el ceño. —¿Has venido en carr...? —Madison no terminó de preguntar, porque simplemente comenzó a removerse del agarre de Barry para que la bajara. El velocista la colocó en el piso y sostuvo su mochila para que la niña estuviera más cómoda. »¡Cait! —expresó al verla cerrar la puerta de su auto y comenzar a caminar hacia ella. —Hola, cielo —saludó la chica y Madison la abrazó con todas sus fuerzas. La pequeña no la había visto en toda esa semana porque había ido a visitar a su madre, o eso era lo que le había dicho. En un inicio Madison se sorprendió, ya que la chica, hace un tiempo atrás, le había contado que no estaba en los mejores términos con su progenitora, pero supuso que estaba arreglando las cosas. —Te extrañé mucho —murmuró apretando más su agarre. —Yo también, Madi —afirmó con cariño, besando la cima de su cabeza. —¿También irás a los carros chocones? —preguntó alzando la mirada. —Claro que iré. —¡Sí! —expresó. Estaba feliz. —Bien, subamos al auto, así no se hace tarde —Escuchó decir al chico mientras le abría la puerta de los asientos traseros. —Pero yo quería ir adelante —se quejó, haciendo un pequeño puchero. —Entonces, ¿no quieres sentarte con tu persona favorita? —Su voz vino desde los asientos traseros y Madison se sorprendió mucho. —¡Cisco! —La niña entró al auto y lo vio ahí, sentado con una sonrisa. No transcurrió ni dos segundos para que la castaña se abalanzara contra sus brazos. Ni siquiera le importó la ligera molestia que sintió al moverse así de rápido —Viniste —Se separó un poco de él y lo observó con una sonrisa de oreja a oreja. —Claro que vine, no iba dejar pasar la oportunidad de patearte el trasero en los carros chocones —comentó con ironía. La niña rodó los ojos, pero su sonrisa seguía amplia en su rostro. También lo había extrañado, no había salido con él en ya un tiempo. Y menos los tres juntos. —Francisco, yo soy la mejor. —¿Así? Eso lo veremos. —Cinturón de seguridad —escuchó decir a Barry que ya estaba sentado en la parte de adelante. La niña se colocó el suyo y Cait comenzó a manejar. Por suerte, Caitlin, los había convencido de que Cisco también fuera, por el bien de la niña. Sabía que a la pequeña le afectaba la tensa relación entre los chicos, aunque no lo dijera en voz alta; así que Cait les había pedido que dejaran de lado por esa vez sus diferencias y la complacieran. Luego de discutirlo un momento, decidieron hacerlo por Madison, era una niña y no debía quedar metida en medio de esa pelea. Así que, ahí se encontraban, todos ellos yendo a pasar un buen rato con Madi. La niña sonrió, recostó su cabeza en el brazo de Cisco y decidió no comentar sobre que el pelinegro también estaba ahí. Sólo esperaba no tener que presenciar alguna discusión o tensa conversación. Por el momento todo iba bien, así que, confió a que continuara de ese modo durante todo lo que restaba del día.
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