La noche llegó suave, como si no quisiera interrumpir la paz que se había instalado en la casa. La brisa fresca colaba su susurro por las ventanas, y el perfume del jazmín del jardín se sentía desde el pasillo. Max estaba en su habitación, sentado en el borde de la cama. Vestía una camiseta gris y pantalón cómodo. Se había duchado, peinado como pudo, y afeitado esa barba que Abigail le había ayudado a mantener. Quería verse bien… por ella. Abigail entró sin tocar la puerta. Tenía en las manos una taza de té con canela y anís. Lo miró, lo vio mejor, más fuerte… más suyo. Él levantó la vista, y por primera vez en semanas, sonrió. —Gracias —dijo él, con voz grave pero serena—. Por no dejarme solo… ni en el hospital, ni en la vida. Abigail se acercó y se sentó a su lado. Le entregó la taza

