Donde vuelve el alma

1261 Palabras

La noche llegó suave, como si no quisiera interrumpir la paz que se había instalado en la casa. La brisa fresca colaba su susurro por las ventanas, y el perfume del jazmín del jardín se sentía desde el pasillo. Max estaba en su habitación, sentado en el borde de la cama. Vestía una camiseta gris y pantalón cómodo. Se había duchado, peinado como pudo, y afeitado esa barba que Abigail le había ayudado a mantener. Quería verse bien… por ella. Abigail entró sin tocar la puerta. Tenía en las manos una taza de té con canela y anís. Lo miró, lo vio mejor, más fuerte… más suyo. Él levantó la vista, y por primera vez en semanas, sonrió. —Gracias —dijo él, con voz grave pero serena—. Por no dejarme solo… ni en el hospital, ni en la vida. Abigail se acercó y se sentó a su lado. Le entregó la taza

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