Max tenía la maleta lista. No se la vi hacer, pero sabía que estaba ahí. Lo supe por el tono de su voz. Por cómo me miró, con ese cansancio que no se esconde. Ya no era enojo. Era agotamiento. Era derrota. —Me voy, Abigail. Me quedé helada. Lo miré, buscando algo en sus ojos que me detuviera, pero solo encontré firmeza. Decisión. —¿Qué dijiste? —Esto te está volviendo loca. Y a mí no me vas a volver loco también. Ya bastante con todo lo que ha pasado. —¿Tú me vas a dejar? ¿Después de todo? —No soy culpable de lo que tú no has superado. Tienes que ir a terapia. De verdad. Ya no se trata de mí, ni de Lucía, ni de ninguna mujer. Se trata de ti. De tus heridas. De tus miedos. Y no soy yo quien puede sanarlos. Me quedé sin palabras. Solo lo escuchaba. Como si hablara otro idioma. —Los g

