Max no era de los que lloraban. Ni siquiera cuando su madre murió. Él fue el fuerte. El que sostuvo la casa. El que tomó decisiones cuando todos se derrumbaban. Pero ahora… en la soledad de su nuevo apartamento, con una maleta a medio desempacar y las fotos de los gemelos pegadas con imán en el refrigerador, la coraza se le resquebrajaba a ratos. Se sentaba por horas frente a la ventana, viendo la ciudad apagarse en la noche. Pensaba en Abigail. En su mirada desbordada. En cómo lo miró como a un traidor, como a un extraño… y él no había hecho nada malo. —¿Cuántas veces tengo que pagar por lo que otros le hicieron…? —susurró, rompiendo su propio silencio. Se levantó. Caminó. Dio vueltas como fiera enjaulada. En el fondo, una parte de él quería volver corriendo, tomarla en brazos y decirl

