Max se sentó en su camioneta frente a la boutique con el motor encendido, como si pudiera acelerar y huir de sí mismo. Miró hacia el local. Las luces cálidas lo envolvían todo, y Abigail se movía entre telas, clientes y sonrisas como si nunca hubiera estado rota. Como si nunca lo hubiera amado. Ese pensamiento lo mataba lento. —¿Y si ya no me necesita? —se preguntó en voz baja, sintiendo cómo le temblaban las manos. Luca le había dicho: —Ve y habla con ella, hermano. Aunque sea para pedirle perdón de verdad. Tyler, más directo: —Estás comiéndote por dentro, y ella también. Háblale claro, sin orgullo. Pero el orgullo era su escudo. Y el miedo, su cárcel. A veces pensaba en todo lo que habían perdido por no saber escucharse. Por los gritos. Por las dudas. Por Lucía, que al final no e

