El silencio era absoluto. Pero no vacío. Era un silencio espeso, denso, como si el mundo entero se hubiera detenido para escuchar el eco de su alma. Max no sentía su cuerpo. Ni el peso de los huesos, ni el ardor de las heridas. Solo oscuridad… y una presencia que le susurraba sin voz: quédate. Flotaba en un lugar que no tenía forma. Ni arriba, ni abajo. Solo recuerdos. Voces. Primero, la risa de Abigail. Luego, los pasos apurados de sus hijos en el jardín. Después, el llanto. Un llanto desgarrador que le atravesó el pecho. Era ella. —¡No me dejes sola con tres hijos, Max! ¡Por favor, no me hagas esto! —gritaba entre sollozos. Su voz le llegaba nítida, como si hablara al oído. Quiso gritarle que estaba ahí, que la oía, que solo necesitaba tiempo… Pero no podía. De pronto, vio es

