Una semana. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas de lucha, insomnio y plegarias. Abigail no se había movido del hospital más que para ir a casa, bañarse y besar a sus hijos, dejándolos bajo el cuidado de la nana. Abimelec lloraba cada noche preguntando por su papá, y los gemelos apenas comían. Pero Abigail regresaba al hospital al amanecer. Y ahí estaba Tyler, fiel como un guardián, llevándola de vuelta y manejando todo lo que Max dejó detrás: la empresa, las cuentas, las llamadas. Cristal, en su nido de madre nueva, le mandaba videos, oraciones y hasta comida por delivery. —Te quiero viva cuando él despierte —le decía por w******p. Y entonces, aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 9:47… Max movió los labios. La enfermera lo notó primero. —¡Doctor! ¡Está reaccionando! S

