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Mulan en mí

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Descripción

Todos se reían de él, el chico pobre que trabajaba tres empleos para pagar las facturas. Hasta que una noche, una voz sonó en su cabeza:

【Sistema de Mulan activado.】

Ahora, puede invocar el poder de la legendaria guerrera china. Puede correr más rápido que un coche, pelear mejor que un campeón de boxeo, y ver el futuro.

Los que se rieron de él se arrepentirán. Los que lo humillaron se arrodillarán ante él.

Y nadie sabrá que el hombre más poderoso del mundo es el mismo chico que antes limpiaba mesas en un bar.

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Capítulo 1: Despertar en el lecho de tierra
Antes del capítulo: Desperté en el cuerpo de Mulan. No hablo c***o. No sé luchar. Y lo peor: soy mujer. Sofía Rodríguez despertó con la boca seca y un dolor punzante detrás de los ojos. La lengua le sabía a cobre. Intentó incorporarse sobre los codos y el movimiento le arrancó un jadeo: algo le oprimía el pecho. Algo áspero. Pasó las yemas de los dedos sobre la tela. Áspera. Cruda. Alguien le había vendado los senos con nudos torpes que le mordían la espalda. Se quedó muy quieta. El corazón le golpeaba la garganta. Estiró las manos frente a sus ojos. No las reconoció. Más pálidas. Los nudillos menos marcados. Las uñas cortadas al ras. Cerró los puños y los abrió otra vez. No eran sus manos. Una voz de mujer la sobresaltó. A su izquierda, una figura menuda se inclinaba hacia ella con un cuenco humeante. La mujer tenía el rostro ajado por el sol y el cabello recogido en un moño tirante. Le hablaba en una lengua que Sofía no entendía —sonidos guturales, tonos que subían y bajaban— pero el gesto, la mano callosa que le tocó la frente con el dorso de los dedos, era idéntico al de su abuela en las mañanas de fiebre en Surquillo. Palma áspera. Nudillos agrietados por el trabajo doméstico. Una ternura que no necesitaba traducción. Se le llenaron los ojos de lágrimas. No eran lágrimas normales. Pesaban. —Tómalo —dijo la mujer. Sofía bebió. El líquido era turbio y amargo, con olor a hierbas hervidas. Algo parecido a la muña. Su abuela le daba algo igual cuando le dolía el estómago. —Lin Hao —pronunció, y el nombre salió con una entonación extraña, como si lo hubiera aprendido en un sueño—. Tengo que volver. Lin Hao me está esperando. La mujer negó con la cabeza. —No conozco a ese hombre. Descansa, Mulan. Partes al amanecer. Mulan. La palabra la golpeó en el pecho. Hua Mulan. La heroína china que fue a la guerra disfrazada de hombre. El libro que estaba leyendo en la biblioteca de la Católica. Recordaba las páginas amarillentas. Recordaba haber llorado sobre ellas. Después, una luz dorada. Después, nada. Se llevó las manos a la cabeza. Los recuerdos de Lima llegaban en ráfagas: el olor del ceviche en el mercado de Surquillo, las mañanas enviando currículums, la voz de su madre preguntándole cuándo iba a sentar cabeza. Lin Hao en la pantalla del teléfono, su sonrisa suave: «Cuando te gradúes, nos vamos juntos a China.» Había llorado sobre el libro. Y ahora estaba aquí. Se obligó a mirar el lugar. Habitación de adobe. Techo de paja. Una mesa tosca con un documento enrollado que no entendía. En un rincón, un hombre mayor la observaba en silencio, el pecho hundido bajo la túnica. Cada cierto tiempo, una tos seca le sacudía los hombros. —Tendrías que haberte casado ya —dijo el hombre entre toses—. Así por lo menos te habrías librado de esto. No entendió las palabras, pero sí el tono. Resignación. Culpa. Una tristeza antigua que se le clavó en el estómago como una astilla fría. Quiso explicar quién era. «Soy una estudiante peruana atrapada en el cuerpo de una heroína china.» Abrió la boca. La cerró. Era imposible. Esa noche no durmió. El miedo le retorcía el estómago, pero debajo del miedo había otra cosa: rabia. Por haber sido arrancada de su vida. Por no entender nada. Y debajo de la rabia, un pensamiento que no quería admitir: quizás aquella vida en Lima no era tan maravillosa. El desempleo. Las entrevistas fallidas. La sensación constante de no ser suficiente. Aquí, al menos, tenía un propósito. No lo había elegido. Pero lo tenía. Cuando el cielo empezó a clarear, la mujer —su madre en este mundo— le apretó el hombro y señaló un hatillo sobre la mesa. —Te preparé algo. No es mucho. Lo abrió con dedos torpes. Dos túnicas de repuesto. Un peine de madera tosco. Y una bolsita de hierbas secas. La acercó a la nariz. Muña. O algo muy parecido. Su abuela la usaba para el dolor de estómago. Apretó la bolsita contra el pecho. Un ancla. Se puso en pie. Las piernas le temblaban. Se ajustó la túnica de hombre —áspera, informe, con olor a alcanfor— y apretó los puños hasta que las uñas le marcaron la palma. No sabía pelear. No sabía el idioma. No sabía cómo sobrevivir en un campamento militar de la antigua China. Pero si se quedaba en esa casa, no sobreviviría ni un día más en ese cuerpo. La mujer la abrazó. Sofía se quedó rígida entre sus brazos. No sabía cómo corresponder. —Vuelve —susurró la mujer—. Por favor, vuelve. Asintió. No estaba segura de poder cumplir. Salió al patio. El frío le mordió las mejillas. La columna de reclutas se extendía como una serpiente harapienta: hombres de todas las edades, algunos con armadura improvisada, otros con la misma ropa de campesinos. El oficial le entregó un petate enrollado sin mirarla. —Caminen. Se echó el petate al hombro. Su cuerpo se movía con una torpeza que delataba su condición de extraña. Pero a cada paso, su mente repetía las mismas palabras: «No puedo hablar. Soy muda. No puedo hablar. Soy muda.» La fobia social que la había atormentado en Lima —la garganta cerrada en las entrevistas, el temblor en las exposiciones de la universidad— se convertía ahora en un escudo. Si no hablaba, no delataba su ignorancia. Si no hablaba, no revelaba que era una impostora. Al pasar junto a un pozo, vislumbró su reflejo. No era el rostro de Sofía Rodríguez. Era el de Hua Mulan. Una muchacha joven, de facciones suaves, que la miraba con sus mismos ojos aterrados. El sol asomó por el horizonte. En algún lugar más allá de esas montañas, la guerra la estaba esperando. Y por primera vez, Sofía se preguntó si sería capaz de sobrevivirla. ¿Qué harías si despertaras en el cuerpo de Mulan sin hablar el idioma y a punto de ir a la guerra? Vota + Comenta + Sigue para el Capítulo 2.

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