Era una ex novia de Alex. El periodo más cercano de la universidad, estaban enamorados desde hace tiempo. Posiblemente ella era la persona que en una etapa de su vida más amaba. Era como la rosa del principito. Pero desde que se fue de su lado tampoco quiso volver a verla. Estaba decepcionado de la vida en sí. De la vida que llevaba con ella, y el hecho de que casi se casaban en un loco viaje de novios hacia Roma pero que se terminaron escapando a París. Iba a ser una celebración perfecta, las cosas que estaban pendientes de las celebridades, mientras que ellos se casarían bajo un techo parisino.
La idea no estaba nada mal, solo que algunos factores influyeron, como que no tenían dinero para pagar a un juez que consiguiera casarlos, y tampoco podían darse el lujo de quedarse hasta que tuvieran el dinero.
Entonces volvieron, entubados en el amor, después de unas vacaciones bajo la torre del amor. Entonces fue cuando ella lo dejo. Terminando su amor por completo, lo curioso fue que ella, no se despidió. Ni siquiera le conto que se iría a otra ciudad, a otro país a ningún lado.
Fue el problema central que estaba centrado, la falta de comunicación le había causado un descargue de ira. Entonces paso en los mismos sentimientos de resentimiento y rabia por el resto de su vida. Entonces la supero, quitando muchas cosas. Pero pensaba que ya se habían olvidado completamente, hasta que ella volvió a escribirle el día de hoy.
Había follado un par de veces.
Pero no fue con algún tipo de pasión.
Solo sentían un calor, que estaba siendo necesario. Pero solo eso, nunca paso de follar por querer. Asumiendo la responsabilidad de las fallas, Alex pensó que ella se había ido por falta de comunicación.
Tal vez no tenía la confianza necesaria para seguir con una relación como esa, la que estaban llevando.
Alex fue cansándose de tener relaciones en las que estaban siendo completamente vacilado, entonces opto por no enamorarse más, hasta que a su vecindario llego una chica linda de cabello rubio llamada Aleisha, había pasado tiempo desde la última relación y había aprendido muchas cosas, con el paso del tiempo, que estaba siendo el mejor compañero que tenía.
Aprendió a no tener más odio.
Luego aprendió que todas las mujeres no eran iguales, ni mucho menos.
Pero le faltaba emoción a su corazón estaba completamente vacío hueco, como si le faltara algo.
Que solo la rubia podría rellenar tiempo después.
Pero también estaba interesado en las cosas que estaban pasando en su vida, como esta ocasión para saber la pregunta que lo estaba abrumando completamente desde la última vez que vio a Martha.
¿Por qué te fuiste sin decirme nada?
Era peor que dejarlo por su mejor amigo, era peor que solo dejarlo por otro. El problema era una cosa tan simple como la falta de comunicación, esas palabras que iba a decir hoy, luego de algunos años, eran las que le atormento por el resto de su vida, hasta lo traumo en cierto punto mascullando alguna que otra oportunidad para olvidar, pero solo pensado en ese desliz.
Catastróficamente también tenía que escuchar la verdad, fuera por lo que fuera.
Simplemente por capricho, o por necesidad.
La chica llego a la hora pautada, sin necesidad de estar haciendo esperar al hombre, religiosamente se sentó en una de las mesas que estaban en la ventanita del restaurante. un lugar lleno de luz y de procedencia nada elegante para una cena romántica, era un bar en el que muchos se iban a relajar después del trabajo, pero hace años fue la morada de un amor pasional e inconsumibles.
Debía deleitar el vino para la ocasión, así que pido al camarero alguna copa, inmediatamente el trajo una de las copas más pedidas en el bar.
—Como siempre estas tomando—Ya había llegado Alex.
—Hola Alex.
Fue el hola más encarnado que escucho en su vida, mascullo unas palabras que iban a dar paso a una maldición pero se contuvo. Tenía que sacarle lo que quería solo para encontrar la verdad que estaba esperando tan ansioso.
—Hola Martha…—Dijo con sequedad.
—Veo que estas bien.
—Digo lo mismo.
La chica no había cambiado mucho, solo un par de cosas. Se permanecía igual que antes, la cara linda con su tez clara y pecas andando por ahí, sueltas como si fueran ovejas pastando. El cuerpo unos kilos de más, pero seguía teniendo bella silueta. Sonrisa elegante y sofisticada, y ojos claros en su lecho. Recordó que tanto la amaba que casi se pega un tiro con una pistola, por haberla perdido, de no ser porque uno de sus vecinos se enteró y le paro a tiempo, lo hubiera hecho. Solo recordaba algo de dolor que le estaba causando esa cicatriz, que ahora se convertía en una herida nuevamente, con cada suspiro que daba de melancolía.
La chica pido otra copa, estaba clara que tenía una buena sed, pero también tenían cosas que contarse, pues para eso estaba ahí.
—Dime escucho todo lo que tengas que decir…
—¡Perdón!—Martha parecía hablar enserio, sus ojos no mentían.
—¿Qué?
Se molestaba en pedir perdón, tres años después que las cosas pasaran, tres años después de que ella lo dejo, sin decir ni una palabra, y desaparecer de su vida como lo haría una persona muerta.
—Lo que paso hace tres años. No debí.
—No importa. Lo pasado pisado. No creo que me hayas llamado solo para eso.
Alex estaba serio y callado.
Pensaba en las cosas que había pasado ese día hace tres años…
—Alex.
Asintió con fuerza.
—Te quiero.
Fue lo más repulsivo que escucho acerca de ella.
No lo creía.
No sabía qué hacer. Soltó un gruñido.
*
—Te quiero…
—Yo también te amo.
—Alex júrame que estaremos siempre juntos.
—Claro que estaremos siempre juntos.
Ella estaba siempre reprimiendo todo pensamiento pusilánime. No era alguien que se la pasara pensando en la tristeza, caria el poder para hacerlo, solo quería ser feliz al lado de Alex. Los dos jugaban juntos al play, estando llenando su ser con alguna que otra felicidad. La sonrisa de la chica causaba una explosión idónea acerca del hombre.
Él la cogió y la beso.
—¿Crees en que alguien nos separara?
—No, jamás lo he pensado, si somos uno para otro, ósea somos tu y yo contra el resto del mundo. No permitiré que nadie nos separe nunca, eres como una chica súper dedicada a mí, entonces yo también lo seré para ti. Por mi parte te aseguro que no habrá ninguna falla. Espero que tú también me puedas corresponder en ese ámbito.
—Seguramente Alex. Pero el amor también tiene un límite. Y es hasta donde llegue la cobija, no se puede arropar más abajo.
—¿Qué significa eso?
—Mira este prado. —Señalo al parque donde estaban, una pequeña colina llena de grama verde, un espacio verdaderamente bello—. Es un lugar de descanso, entonces no creo que algún día en el futuro perdure como tal. Algo pasara, las cosas son muy frágiles.
—¿Dices que todo tiene fin?
—Sí.
—Pero nuestro amor no es así, somos inseparables.
—Lo sé. Pero quiero decir, hasta la tormenta más larga tiene que terminar algún día para que salga el sol. Entiendes que cada ciclo tiene un fin, para que luego empiece otro.
—Amar es para siempre.
La cogió y deposito un beso, luego separándose esbozo una sonrisa.
—Es él lo que eres para mí.
—Verdaderamente lo admiro, pero sabes que te estoy hablando de algo que no tiene nada que ver con lo de nosotros.
—Entonces porque te enfocas en que caiga en esas trampas bombas para mí.
—Quiero que entiendas que nada es eterno.
Alex no encontraba la forma entender aquellas preguntas que le lanzaba su chica, estaba clara que solo le estaba haciendo una que otra cosa para molestarlo, una broma de mal gusto, una noticia excelente.
Probablemente ese fue la ruptura del día, porque en los años venideros no la volvería a ver hasta que volviera, hasta que cada uno se volviera a encontrar pero después de tres años, en un bar y luego de pasar por muchos escenarios.
Generalmente nunca se hacía entre ellos una conversación de tal índole.
—Entiendo que todo tiene un fin, pero no entiendo porque me lo dices.
Ella suspiro con paciencia.
—Tenemos que irnos algún día.
—¿Morir?
—Podría ser una de las cuantas formas de irnos.
—Entonces que es lo que buscas, porque primero me dices que me amas, y luego hablas de irte.
Ese día la actitud de Martha estaba fluctuante, no era la misma de siempre, estaba en el limbo.
Alex tampoco podía comprender aquello que tanto quería decir.
—Solo créeme. Solo siente.
—A veces cuando te pones así, no te logro entender.
Ella sonrió con parsimonia.
—Has dado en el clavo, nunca he sido una chica fácil, en ningún ámbito.
—Piensa en mí como una estrella, un día esta y otro no.
—No soy poeta para entender eso…
Ella se dio una carcajada.
Nuevamente trato de explicar.
—Creo que es mejor, que no entiendas mucho, pero entonces te voy a poner una pregunta algo más fácil que la anterior. ¿Si tuvieras que perder un brazo o una cana? ¿Qué elegirías?
—La cana obviamente.
—Muy bien. Entonces cuando tienes adelante a la persona de tus sueños, pero tienes que abandonarla solo por una meta en la vida.
—No la abandonaría. La meta puede conseguirse, pero la persona nunca podrá ser reemplazable.
—Así lo piensas tú.
—Sí.
Se contuvo de hablar más.
Era una batalla que estaba estallando en el interior de la chica, tal vez el amor se debatía entre el deber, y el amar.
—¿Es el deber o el amar?
—Elijo amar.
Repico rápidamente Alex.
Nunca entendió, el amar estaba por encima de todas las personas, estaba por las estrellas.
No le importaba que hacían las demás personas con su chica, o con su chico, estaba claro que el solo amaba.
Ella le beso apasionadamente, tanto que casi hacían el amor, entonces la chica se despidió con un abrazo caluroso y afectuoso.
—Hasta mañana…
Fue lo último que le dijo en tres años.
Al poco tiempo después se dieron cuenta que no estaban juntos. Ella tomo un avión muy lejos de la ciudad. Mientras que Alex espero un día a que el mensaje llegara a su teléfono. Ese día se convirtió en un par, luego un mes, un semestre una año, tres años…
*
—Dijiste que era algo como entre el amar y el deber. —Respondió.
—Vaya lo recuerdas, pensaba que se te había olvidado. Bueno es que, después de ese día… lo que pasó…
—No importa.
—Tenía que pasar. Está bien, comprendí lo que decías acerca del deber, en ocasiones resulta ser más grande que el amor. Aunque no te pude demostrar que era lo que sentía remotamente por ti. Aunque te hiciera el amor como a ninguna mujer se lo había hecho en la vida.
—No digas eso sabes que te amaba.
—Pero tu amor no llegaba a ser más grande que tus ambiciones, que tus quereres, que tus metas. Ese era el problema.
Martha se encogió de hombros.
—No era eso… lo tenía que hacer.
—No importa.
—¿Seguro?
El primer año que Alex paso sin ella, se sintió solo, como si nada pudiera sacarlo de una depresión insistente. No paraba de llorar por las noches, estaba siempre en su cuarto lamentándose el haber nacido, el vivir de esa manera tan miserable, donde no recibía ni un poco de amor, cuando el daba todo su corazón por vivir. También tenía que contenerse, no podía seguir en ese declive haciendo aquello que todos pensaban que era lo bueno. Ante sus ojos la chica resultaba ser una mujer tan bella como una diosa y tan comprensiva como una madre. Las copas y los licores llenaban en botellas el cuarto del hombre, no proseguía. Contrataba una prostituta para que hiciera el labor sucio, no la besaba en lo absoluto, pretendía olvidarla con momentos placenteros y algo de alcohol, pero no servía, recordaba cómo le hacia el amor. Cuando estaba follando con la ramera. Como se escabullía por sus pechos, como mordisqueaba sus pezones hasta ponerse duros y como pasaba sus manos por sus piernas, hasta llegar a su trasero, para pedir más.
Precisamente el primer año fue el más fatal para Alex.
El segundo año fue mucho más relajado estaba completamente resuelto, pero con algunas cataratas que nublaban su mente y entonces podían hacerlo volver a sufrir aquellos sentimientos de pérdidas en las que no podía regresar ni salir hasta el paso de unas semanas. Nunca hubo un cambio drástico. Nunca había un cambio entero, su vida se estaba repitiendo como un bucle emocional, un torbellino de melancolía sangrienta. Ese año fue en el que se intentó suicidar. Pero hubo todos los intentos fallidos, aunque guardaba algunos recuerdos tatuajes en la piel que le recordarían aquellos momentos de insatisfacción, no era lo que el hombre quería para nadie.
Entonces ya cansado.
Se fue de la casa para rehabilitarse en las colinas, la soledad de la montaña hacia que se fuera borrando el recuerdo de la mujer, hasta que su entero cuerpo estaba completamente reivindicado, estaba liberado de esa droga, aunque nunca olvidaría lo que le hizo. El amor.
Feliz mente vivió el resto del segundo año en las colinas, trabajando en el campo, eso le ayudo.
Se encontró con un buen amigo, que le dio un consejo único.
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El viejo que le dijo aquellas sabias palabras se encontraba en la sinfonía más lejana de su vida. Mientras que también pudo hacer una ayuda pequeña y precisa para el muchacho.
Así terminaban los tres años de completa rehabilitación, entre la mala vida y el trabajo duro que lo templo.
Curiosamente también considero el quedarse en aquellas montañas donde habitaba la paz. En la soledad del alma y el espíritu inerte, escribiéndose en papel con la tierra y el arado. Pero tuvo que regresar tenía una casa que cuidar. Lo único que lo ataba a una ciudad. Curiosamente cuando regreso las cosas habían cambiado, no eran tan malas como antes, empezó por ordenar su cuarto.
Tiempo después adquirió algunos utensilios de cocina, y empezaría a cocinar, cosa que dejo de lado, ya que solo cocinaba bien la carne, lo demás se le quemaba o lo dejaba crudo. También compro un telescopio, aprendió de las estrellas, también aprendió del cielo, y curioseando también aprendió a espiar a su vecina cuando estaba en la sala de su casa.
Otras de las cosas buenas que le habían pasado mientras no estaba, adoraba ver aquella vecina de cabello rubio, sentarse los sábados en la tarde a leer un pequeño libro que parecía ser el principito. Así empezó a gustarle Aleisha.
Quitándose por completo aquella mala espina del abandono.
Nunca olvido a Martha las personas no se olvidan. Pero tampoco la odiaba tenía sus razones para hacer lo que hizo.
—Claro que estoy bien. Solo déjalo pasar.
Mascullo mientras retorció la cabeza.
Martha conocía aquella actitud, la resignación que brotaba de la frustración de Alex.
—Tenía que hacerlo.
—No busques, justificarte. No lo tienes que hacer. —Dijo con sequedad.
—Pero quiero que sepas que te quiero mucho.
Martha intento abrazarlo, él se retiró.
—Posiblemente tengas razón. —Mascullo.
—Es la verdad.
—No puedo comprobarlo.
Trato de verborrea alguna explicación. Pero Martha tampoco tenía mucho que decir.
La cena trascurrió entre recuerdos innecesarios, cavando en recuerdos enterrados a metros bajo tierra. Cosas que él no quería destapar aun. No pensaba que el tiempo pasara tan rápido y la vez tan efímero.
Posiblemente busco respuestas en su mente, aunque seguía divergente. No le encontraba solución a nada.
—Ya lo que paso, paso.—Finiquito Alex.
—Bueno iré directo al grano. En menos de dos semanas, hare una fiesta en mi casa de campo. A las afueras. Pienso que deberías ir.
—¿Qué celebras?
—Mi cumpleaños.
—Esa no es la fecha.
—Quiero celebrarlo ese día.
Las dudas entraron en la cabeza del muchacho.
Las manos delicadas de la chica deslizaron con sutilidad por la mesa una tarjeta de invitación.
—Ahí tienes, cuando quieras ve… sabes que mi casa siempre tendrán las puertas abiertas para ti.
Su corazón dejo de palpitar estaba cautivado por su cara. Quería besarla, quería estrujarla, quería volver a tenerla entre sus brazos, entrelazando sus dulces manos en ella. Pidiendo buscarla, teniendo la necesidad de escuchar uno de sus gemidos.
—Lo veré…
Fue las únicas respuestas, le estaba dando el beneficio de la duda.
—Pero respóndeme algo. Lo único que quiere saber es, ¿Por qué te fuiste sin decir nada?
La chica guardo silencio. Hundió la mirada en su bolsito. No quería buscar los ojos de Alex. Una pregunta que no tenía respuesta.
—Digamos, que lo tuve que hacer.
—Comprendo.
Muchas veces aquella pregunta estaba repitiéndose en su mente, sintetizándola, perfeccionándola, solo para este día. Alex miro la puerta del restaurante, dejo un par de billetes en la mesa, tomo la invitación, la guardo en su bolsillo, y salió del restaurante, sin decir absolutamente nada.
Había sido una noche larga.
Quería descansar.
Quería ver a Aleisha.
Tenía la necesidad de tocar a Martha, pero no dejo que su cuerpo tuviera aquellos sentimientos mundanos.
La ultima pincelada de amor.
Cuando estaba en la puerta, se detuvo y miro a la mesa. Ella estaba allí, como esperándolo, complementando y sanando un corazón dolido.
Pero el solo dio media vuelta, apretó los nudillos con fuerza y abandono el bar con una mirada de dolor.