—Tendrías que estar orgullosa de mí —dijo Slim a la silueta de Bernadette, que estaba en la oscuridad a unos pasos de él, sintiendo absurdamente que sus papeles se habían invertido—. No bebí. Quería, pero no lo hice. —Me gustaría decir que eres patético, pero solo porque estoy enfadada porque me has sacado de la cama. Acababan de parar de gritar el tiempo suficiente como para dormirme. ¿Cómo me has encontrado? Slim lanzó una risa que incluso a él le pareció la de un loco. —Soy detective privado. Es mi trabajo. —¿De verdad? —Lo busqué en el listín telefónico —dijo Slim, dejando escapar la misma risa histérica. —Creo que tienes que ver a un psiquiatra —dijo Bernadette—. Algo va mal en tu cabeza. Deberías tomarte unas vacaciones. —Se suponía que eran estas. Bernadette encendió un ciga

