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1317 Palabras
La onda estaba re tranqui mientras el sol se mandaba su clásico descenso. Amaya y sus amigos se mandaron para el salón principal, un lugar lleno de historias y recuerdos que llevaban en la piel. En el medio del salón, se toparon con un piano re antiguo. Las teclas estaban cubiertas de polvo, pero igual seguían guardando la onda de las melodías de antaño que hacían retumbar la mansión. Amaya se mandó al piano y empezó a tocar unas notas. El sonido llenó el lugar, llevándolos a todos a una especie de viaje nostálgico y re tranqui. Al toque, Lucas se prendió y mandó otra melodía que pegaba en el corazón. Notas que les hicieron acordar de antes y les tiraron buenas vibras para adelante. Mientras tanto, Sarah y Alejandro se dieron una vuelta por los álbumes de fotos. Había recuerdos por todos lados, fotos de momentos re especiales, risas y abrazos que se habían congelado en el tiempo. Las fotos re contaban la historia de su amistad. Cada imagen era un tesoro que les recordaba lo fuerte que era su conexión, una prueba de que aunque pasaran cosas, seguían estando re unidos. Camila agarró un álbum y se puso a revisar fotos. Las páginas estaban re gastadas de tanto verlas. En una foto los veían a todos juntos, re contentos. "Esta foto siempre va a ser especial", tiró, mostrándosela al resto. El ambiente estaba re agradecido por todo lo vivido y por seguir juntos. A medida que se hacía más oscuro, la buena onda entre ellos iluminaba la sala. Decidieron pegarse una vuelta por los jardines. Cada paso era una fiesta por su amistad, un recordatorio de que, pase lo que pase, seguían siendo un faro de luz en tiempos medio chungos. Mientras caminaban, Alejandro agarró la mano de Sarah, un gesto copado que decía mucho sin palabras. La conexión entre ellos era re fuerte y se notaba en cualquier momento. Amaya y Lucas iban adelante, charlando sobre lo piola del lugar y con un montón de esperanza para lo que venía. La música del piano se iba perdiendo a lo lejos, re mezclada con los ruiditos suaves de la naturaleza. El sol, en pleno ocaso, pintaba el cielo de colores re vibrantes. Se sentaron cerca del estanque, viendo cómo el atardecer se reflejaba en el agua re tranqui. La tarde se iba y la noche se asomaba, pero la unión y la renovación seguían a full en el corazón de Amaya y sus amigos. En ese momento de paz, sabían que su amistad era una fuerza re potente, una guía para lo que venía y la seguridad de que juntos, iban a bancarse todo lo que les pusiera la vida. El sol se mandaba su ocaso, pintando el cielo con esos colores piolas que te hacen sentir en paz. Amaya y su banda volvieron a la mansión, abrazados por la tranquilidad que traía la noche. La casa se veía re distinta con la onda nocturna, re relajada con esas luces suaves y la oscuridad que pintaba la onda. Nos juntamos en la sala principal de nuevo, un círculo re copado alrededor de la chimenea que estaba prendida. El fuego tiraba destellos y sombras por todos lados. Era un ambiente re reconfortante. Sarah enganchó un libro re viejo que estaba en una estantería. Era un libro de poesía que había visto miles de manos. Leyó un poema que hablaba de no aflojar en las malas. La onda que tiraba el poema era como un abrazo, como una invitación a ser fuertes en las malas. Lucas se paró y prendió un par de velas que estaban en la mesa. La luz de las velas re llenó la sala de una onda introspectiva y piola. Amaya, re agradecida, armó té caliente para todos. El olorcito del té se mezclaba con esa onda de amistad y buena onda que teníamos flotando. Alejandro, con una sonrisa, empezó a tirar anécdotas y recuerdos. Hablaba de lo fuerte que era nuestra amistad, de cómo nos bancábamos siempre. Mientras tanto, Camila se mandó a buscar juegos de mesa re antiguos. Entre risas, sacó cartas y propuso jugar. Nos cagamos de risa jugando, re prendidos en la competencia sana. Amaya se mandó a mirar por la ventana, viendo el cielo re estrellado. Era una noche hermosa, con las estrellas re brillantes como lucecitas de esperanza. Pasaron las horas y la mansión se llenó de risas, charlas re reconfortantes y esa onda de amistad que te hace sentir re bien. Aunque el reloj marcaba el tiempo, la onda era como si el tiempo se estuviera tomando un break. La noche avanzaba y sentíamos esa conexión que nos bancábamos en todo. Había una sensación re piola de tranquilidad, de que, pase lo que pase, siempre íbamos a estar. Finalmente, entre risas y charlas, nos fuimos a descansar. Con el corazón re agradecido y con la onda de que el futuro era prometedor, nos dispersamos por los pasillos, listos para un nuevo día lleno de oportunidades. Y así, la noche se nos fue en la tranca, dejándonos en el abrazo del sueño, listos para enfrentar el nuevo día, re cargados de buena onda y esperanza. El nuevo día pintó la mansión con una onda re copada de luz suave que entraba por las ventanas. Me junté con mis amigos en la cocina para el primer desayuno post la revelación de ayer. Había un ambiente re distinto, una paz que decía que estábamos todos en la misma. Charlamos re animados mientras desayunábamos. Hablamos de pasear por los alrededores, disfrutar de la onda natural y celebrar nuestra unión. Arrancamos con un paseo por los jardines, un lugar que había sido testigo de nuestros momentos más piolas. La mañana estaba re fresca y nos re pegaba en la cara mientras caminábamos entre flores y árboles. Alejandro y Sarah iban adelante, re compinches y re risueños. Su onda pegaba fuerte y se sentía en todo el grupo. Yo iba charlando con Lucas un poco más atrás. Hablábamos del futuro y de cómo encararlo con lo que habíamos aprendido de lo que pasó. Seguíamos explorando y encontramos una glorieta cubierta de enredaderas y flores. Nos quedamos ahí, re copados mirando el lugar y disfrutando de la tranquilidad. Camila recordó con una sonrisa unos tiempos re lindos que pasamos jugando cerca de un arroyo. Las anécdotas nos llenaron de risas y nostalgia, recordando momentos que sumaban a nuestra amistad. Seguimos la vuelta por un área más boscosa, recorriendo senderos que nos llevaron a lugares piolas con vistas re buenas. En un claro rodeado de árboles, paramos un toque para descansar. El silencio de la naturaleza se mezclaba con el ruido de las hojas moviéndose con el viento, una tranquilidad total. Sarah tiró algo re profundo sobre la naturaleza y cómo nos puede guiar. Todos estuvimos de acuerdo, re conectados con esa paz y esa onda de aceptación. Volvimos a la casa para almorzar, siguiendo con la camaradería y armando planes nuevos. Estaba re presente esa onda de que, aunque vengan tiempos difíciles, teníamos la fuerza y el apoyo para bancarnos cualquier cosa. La tarde se nos fue entre charlas re animadas, risas y esa sensación re copada de estar con amigos que te entienden. Todos tuvimos un rato para reflexionar sobre lo que vivimos juntos. Al atardecer, volvimos a juntarnos en la sala. Las velas daban una onda re piola, invitándonos a compartir nuestros pensamientos sobre el día. Cada uno tiró sus palabras de agradecimiento y buena onda. Fue un momento re conectado, sabiendo que juntos éramos re fuertes y que íbamos a encarar cualquier desafío. Con esa buena onda en el pecho, nos fuimos a descansar. La mansión se llenó de esa tranquilidad de la noche, dejándonos envueltos en la calidez de la amistad que nos había re bancado en momentos difíciles y nos seguía llevando hacia un futuro lleno de oportunidades.
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