2

2238 Palabras
Si un dulce se torna agrio, lo cambias completamente, le agregas dulce e intentas hacer uno mejor. —¿Quién eres? —comentó de manera vivaz. Mi mera presencia parecía intrigarle, divertirle e incluso sorprenderle. —Yo… yo soy Tyesha —tartamudeaba por un segundo, pues aquella mirada feroz me hacía sentir diminuta—. Soy Tyesha Castex —intenté sonar lo más segura que pude para que mi voz expresara sinceridad, aunque un tono de nerviosismo aún se escuchaba. Mordía mi labio inferior por el estrés. —No es cierto, mandé a investigarte… o mejor dicho, a Tyesha, pues yo venía a proponerle algo a ella —un provocativo acento francés se vislumbraba en su hablar, como si hubiera ido de cacería y encontrado la presa que quería. «Dios, si me hablas en ese acento, caeré por ti. Es que eres un maldito sexy francés». Rápidamente me reprendí. ¿Acaso lo consideraba atractivo en mi mente? Noté que sacaba una foto de su bolsillo. Era una foto de Tyesha y Cristian; estaban muy felices, al parecer en el centro comercial teniendo una cita. Ambos se tomaban de las manos y se notaba que estaban totalmente enamorados. Mis ojos se desviaron hacia otro lado, manteniéndose fijos en una mesa cercana. —Seré claro: yo necesito casarme lo más rápido posible —lanzó de manera brusca—. Venía a proponerle a Tyesha un contrato donde ella podía seguir jugando con su noviecito, yo no me metería mientras esta fuera discreta, pero te ha enviado a ti —agregó mientras una perversa sonrisa se dibujó en su rostro—. Dime cuánto te pago por esto —aquella última frase salió de manera mordaz y directa al cuello. —¿Disculpa? —intenté no sonar descolocada ni que se me abriera la quijada de la molestia—. ¿Qué estás insinuando? Maldito idiota —entre dientes agregaba con desprecio. Aquella insinuación me molestó. Tyesha sí me había pagado, pero me molestaba que aquel hombre pensara eso. No lo comprendía, tal vez porque, aunque no lo admitiera, quería que ese hombre al cual admiraba no pensara esas cosas de mí. —Te pagaré diez veces lo que ella te pagó ahora mismo si nos casamos mañana y duramos un año —puntualizó, como si no le importara mi opinión. —No voy a casarme con un hombre que ni conozco. Usted está loco —me levanté enseguida de la mesa con el objetivo de irme, a lo que este hombre prosiguió: —Puedes irte, pero voy a demandar a Tyesha, pues se supone que nos casaríamos e invertí mucho dinero en la compañía de su padre. Está incumpliendo conmigo —comentó, dando toques en la mesa con su dedo índice—. Además, si tú estás aquí, también necesitas dinero. Siéntate y hablemos de negocios —comentó tentativamente. Comencé a calcular mentalmente: si cumplía, tendría alrededor de doscientos mil dólares, los cuales me ayudarían a pagar casi la mitad de todo lo que debía. Mi corazón me decía que me alejara de ese lunático, pero mi cerebro, que estaba con los pies sobre la tierra, me obligó a sentarme. Al ver que me senté, dejó escapar una encantadora y egocéntrica sonrisa. ¿Acaso era posible odiar y adorar la manera diabólica en que ese hombre podía dar aquella sonrisa? —Muy bien. Esto será entre nosotros. Necesito una esposa por un año para que mi abuelo y mi padre dejen de molestarme. Necesito que me den todo el poder de los restaurantes que tenemos en varios países —planteó mientras con su dedo aún le daba toquecitos a la mesa. —¿Y yo en qué entro? —reí ligeramente—. ¿Acaso necesita una esposa para que le maneje sus negocios? —pregunté de manera sarcástica. Aquellos ojos griseados parecían convertirse en una nube que estaba a punto de anunciar una tormenta, mientras alzó levemente su ceja derecha. —Para ellos necesito sentar cabeza, según ellos, con un matrimonio. —Me niego. Además, apenas me conoce, señor. Podría ser una asesina en serie lista para matarlo —lancé mi comentario con un tono suspicaz, a lo que él solo detuvo su dedo con el que estaba haciendo toqueteos en la mesa, mirándome de una manera seria. Cruzaba sus brazos levemente, mirándome mientras levantaba su rostro, que se endurecía como el diamante. —Podrías, pero dudo que Tyesha se ande metiendo con ese tipo de personas. Nos casamos mañana, te quedas conmigo por un año, te puedes quedar en tu casa o donde quieras, eso no me molesta —agregaba como si hubiera practicado ese monólogo en su casa—. Solo necesito que seas discreta si tienes a algún hombre. Estoy pagándote, pero no quiero ser el hombre al que le fueron infiel —concluyó finalmente. —No tengo novio, así que no se preocupe —no sabía por qué hablé de manera tan rápida que no tuve filtro. «Porque me pones nerviosa». Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de aquel sexy hombre, dejando ver un brillo intenso en sus ojos. —Mejor. Solo te necesito por un año y, por compensación, te daré cinco millones de dólares. Nos divorciamos, tú y yo seguimos nuestros caminos como si nada pasó entre nosotros. Solo que, durante ese año, técnicamente serás mía —agregó este con tono posesivo al final. Entrecerré mis ojos, pues aquel contrato con el diablo parecía demasiado… demasiado bueno para ser verdad. ¿A qué punto estaba dispuesta a vender mi alma por un año de mi vida solo por dinero? —¿Acaso usted no puede conseguir una mujer? —Sí, pero todas las que tengo en mente se enamorarían de mí y no querrían divorciarse. Yo no quiero eso. Quiero un matrimonio de un año y listo. Hablaba de manera egocéntrica… lo que me faltaba. Además de tener que aguantar a un lunático malhumorado, me sorprendía que pudiera entrar al restaurante con el tamaño de su ego. —No estoy segura —agaché levemente la cabeza mientras pensaba los pros y los contras de eso rápidamente. —¿Por qué no? Es un muy buen negocio. Si quieres, puedo hacer un contrato. Si quieres propiedades, autos o algo más junto con los millones, te los puedo ofrecer sin ningún problema. —¿Es que el matrimonio no se debería hacer por amor? «Pero qué mierda acabo de decir». Mordí mi labio suavemente, reprendiéndome mentalmente de manera nerviosa. Miré a la mesa de manera fija, intentando ocultar mi ansiedad del momento. No creía tanto en el amor, pero en lo poco que entendía, las parejas usualmente enlazaban su vida cuando estaban enamorados. —Déjate de cuentos de hadas, niña. Nos casaremos y no debes decirle a nadie. Imagina que todo esto es simplemente un negocio que nos va a facilitar la vida a los dos. Calculé: podría en un año liberarme de todas las deudas que tengo. Además, también podría abrir una pequeña pastelería. Incluso ya me estaba emocionando, pues significaba que podría hacer postres con las recetas que mi abuela me había regalado hace mucho tiempo. Ya estaba cansada de tener que trabajar tanto, pues a mi corta edad a veces tenía que trabajar hasta en tres trabajos, durmiendo apenas cuatro horas para poder sobrevivir y pagar las deudas que me dejaron. —Entonces, si acepto, ¿me pagará ahora mismo? Él sacó de su saco una chequera, firmándola y entregándomela. —Dame tu precio, preciosa estafadora, y con eso estaríamos listos para nuestro contrato —Nickolas me acercó un lapicero. Hablaba como si tuviera un buen negocio entre manos. ¿Acaso todo lo que era relacionado a él debía estar rodeado de negocios? Yo sabía que si debía entrar en este maldito lío, al menos debía saber qué me exigiría. ¿Acaso así se sentía cuando estabas a punto de darle tu alma a un demonio? Mi corazón latía con rapidez. Miré mis manos de manera nerviosa, luego lo miré a él. —En el contrato, ¿qué pedirás? —Cinco cosas: primero, después de terminar el año debemos divorciarnos definitivamente; segundo, cuando te llame para ir a una fiesta familiar debes fingir ser una esposa amorosa. —Define amorosa. Había tenido tantos problemas con las personas que debían demostrarme amor que para mí era complicado mostrarlo. Por la única persona que sentía un verdadero cariño era por mi abuela, lo cual no era un amor romántico. Las otras opciones que tenía eran sobre las típicas películas y novelas que Tyesha me obligaba a ver cuando no estaba saliendo con su novio. Veíamos tanta exageración de amor que me asqueaba, pues tenían un concepto de amor muy excesivo. —Cariñosa… no lo sé, tú invéntate algo —puntualizaba de manera incómoda—. Tú eres la que cree que el matrimonio es algo de amor, así que usa lo que aprendiste en tus cuentos de hadas en tu actuación —agregó de manera cortante y tajante. Tragué en seco mientras escuchaba. —Tercero: tú no te metes en mis asuntos, yo no me meto en los tuyos. Cuarto: si tenemos amantes, no podemos dejar que nadie se entere. Yo, en mi caso, no necesito andar buscando a nadie, no siento esa necesidad. Pero si tú quieres ir a entregarte a alguien, que nadie lo sepa. Por ahora, todo lo que me daba no era difícil de cumplir, excepto lo de fingir ser romántica. —¿Y el quinto? «¡Que no sea sexo, que no sea sexo! ¡Dios, si es sexo juro que me voy de esta puta mesa!» Mi mente explotaba ante la expectativa de lo que iría a decir aquel hombre. —Necesito que estemos comunicados todo el tiempo. No aceptaré excusas como que estabas en el baño, durmiendo, en un funeral… eso me vale un pepino. Yo te llamo, tú contestas. No sé por qué, en mi imaginación, solo pude imaginarme haciendo del número dos y tener que correr hacia la sala por el teléfono. Literalmente me exigía que el teléfono fuese una extensión de mi cuerpo. Me compraría un reloj inteligente para poder ayudarme con eso. —Señor, déjeme decirle que está un poco loco. —No eres la primera que me lo dice. Entonces, ¿es un trato? —este movía su lapicero de un lado a otro como si estuviera intentando encantar a una serpiente. —Bien —comenté de modo firme. Le retiraba el lapicero, inscribiendo doscientos mil dólares. Tal vez estaba loca, pero era una loca endeudada e iba a hacer todo lo necesario para salir de aquella deuda. Intentaba regresarle su lapicero, mientras este agitó levemente su mano. —Quédatelo. Ahora dame tu teléfono. Comencé a dictarle mi teléfono y, tras terminar, este me miró esperando mi respuesta. —¿Cómo te llamas? A menos que quieras que te guarde como Estafadora Número Uno. —¿Acaso debe enumerarme? ¿Ha sido usted estafado anteriormente? Él entrecerró los ojos, pues parecía que no esperaba aquel comentario, aunque intenté ser graciosa. —Me llamo Leanette. —¿Leanette? —Sí. —Siento que he escuchado ese nombre… —parecía pensativo. —Es un nombre muy común. —Sí, eso debe ser. Bueno, ya me voy. Tengo que hacer algo para mañana, así que viajaré después de que nos casemos. Te enviaré un mensaje con el lugar donde nos casaremos por lo civil. Nos comunicamos. Se levantó, acercándome su mano como si estuviéramos en un negocio. Nuestras manos se tocaron en un apretón mientras este miraba mi mano detenidamente, sintiendo una suave caricia de su parte. —¿Trabajas en la cocina? —¿Disculpa? —pregunté de manera confundida ante este comentario. —Tus manos te delatan. Tienes callos en la mano, en la posición donde se agarra el cuchillo y la base para batir a mano. —Eh… no, solamente cocino en mi casa mucho. Mentí, pues mientras menos supiera este de mí, mejor sería. Aunque él ni siquiera notaba mi existencia, todo sería fácil si simplemente lo ignoraba. No parecía convencerlo completamente, pues miraba mi rostro tal vez buscando el mínimo indicio de que estuviera mintiéndole. —Bueno, como sea. Ya tengo que irme. Él salió del restaurante sin dar ni una palabra más. Yo, por mi parte, salí del restaurante mientras me quitaba la peluca, dejando caer mi cabellera rubia que llegaba a mitad de mi espalda. Tenía un cabello muy largo, que muchos me pidieron cortarme, pero nunca lo quise hacer, pues con el cabello corto me parecía demasiado a mi madre. No quería parecerme a ella en lo absoluto. —No sé por qué siento que firmé mi contrato con el mismo diablo —susurraba hacia mis adentros. Me dirigí hacia el cajero automático y metí el cheque en mi cuenta. Si él se arrepentía para mañana en la noche, ya para ese tiempo habré pagado una buena cantidad de todo. ¿Robar? ¡No! Aquel ogro no necesitaba ese dinero si lo andaba ofreciendo a una desconocida. Diría que solo me aprovechaba de una situación para mi beneficencia. Aunque me molestaría que me acusara de estafadora, pues eso implicaría que debería pagar más dinero. Por ahora, solo debía sobrevivir un año. Sería fácil. Si sobreviví a tres trabajos, la universidad, y a los deudores yendo a mi casa por tres años, podría superar esto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR