La probabilidad de que un pastelillo sea destruido mientras intento estar mentalmente estable delante de ti es muy alta.
Aquel día me había levantado con ganas de morir, literalmente quería pensar que mi mundo se iba a terminar. Aunque pensé que tal vez todo fue un mal sueño, cuando vi en mi cuenta bancaria todos esos ceros al revisar mi teléfono, supe que no fue así. Me bañé y me dirigí a mi trabajo, donde Brando nos comentó que para ese día estaríamos algo libres, además de que Nickolas no iría por el restaurante ese día, así que, si queríamos, podríamos practicar.
Adoraba los momentos libres, pues era el único rato donde podía estar en la cocina practicando sin que me miraran raro. Usualmente, Manolo siempre estaba mirándome, comentando sobre mis platos y sus ideas, a lo que muchas veces le corregía algo que me parecía incorrecto.
—Por fin seré libre —comenté para mis adentros de manera alegre.
Tenía una enorme sonrisa mientras revisaba qué materiales extras en la cocina podía utilizar. Aquel día quería intentar hacer un pastelillo, o como Manolo le decía, madalenas. Tenía pensado incluso innovar en la decoración, pues había tenido una idea para el Día de la Independencia que no me dejaba. Era muy creativa, por eso adoraba ser pastelera: podía decorar los pasteles como quisiera.
—¿Qué haces? —Una voz curiosa me sacó de mi pequeña burbuja de pensamientos creativos.
—Hola, Manolo. Hoy quiero intentar hacer un pastelillo con dulce de leche, coco, anís y tal vez un poco de jengibre. Quiero innovar un poco en sabores.
—Eso suena rico —se frotó la panza mientras se relamía los labios.
Al verlo, simplemente reí.
—¿Verdad que sí? Tal vez se pueda vender en la tienda —comentaba un poco pensativa, aún mirando los ingredientes.
Siempre que se me prendía el foco, quería darle mis ideas a Brandon, pero siempre terminaba retrocediendo.
—Es posible, solo tienes que decirle a Brandon —Manolo sonaba seguro mientras me agitaba un poco por los hombros para que despabilara.
—Pero él no sabe que soy pastelera —susurraba de manera tan derrotada que cualquiera sentiría lástima.
—Entonces díselo.
Sonaba como el motivador que quisieras tener cuando entrenabas en el gimnasio, con un tono tan alegre y con ganas de animarme, pero eso solo hacía que me decayera más al recordar las veces fallidas que lo intenté.
—Él piensa que solo lavo platos, y cuando intenté decirle si podía cocinar, solo me ignoró.
—Es que debes hablar con autoridad —rió levemente al fingir inflar su pecho.
—¿Tú crees? —soné un poco pensativa.
«Si tal vez me tomo un par de tragos tendré el valor de decirle… Él es buena gente y todo, pero nunca me escucha con esos temas». Suspiré, perdida en mis pensamientos por unos momentos.
—Claro, no quisiera presentar otra idea tuya, me hace sentir mal —su voz tenía un ligero tono de amargura e incomodidad.
—A mí no me molesta, con que mis pasteles se vendan, yo me siento feliz.
Sonreí levemente a este, el cual comenzó a buscar sus utensilios. Él quería practicar de nuevo el fondant que Nickolas le criticó tan fuertemente. Mientras buscaba mis materiales, veía un mensaje de Nickolas, al cual apodé como “Loco cazador de esposa” en mi teléfono. En su mensaje, que parecía de un robot, solo escribió: Tú, yo, a las tres de la tarde en esta corte de Manhattan. Enviar identificación para adelantar papeles. Notaba que me enviaba una dirección, la cual imaginé que era la de la corte.
«Pero este hombre será sacado de los infiernos».
Lo bueno era que aquella corte estaba cerca del restaurante, por lo que podía ir en mi hora de descanso. No quería vestirme, pues no sería nada especial, solo un contrato. Le envié mi identificación y después este me respondía: Envié el contrato online, mi abogado lo preparó. Léele, si te gusta, fírmalo online.
«Bueno, creo que todo lo de nosotros dos será una conversación así. Mejor, así no tengo que preocuparme por él».
Leí aquel contrato con lentitud, asegurándome de entender todo. Estaban todas las cláusulas, donde claramente decía que lo único estipulado que yo podría exigir eran los cinco millones de dólares, una propiedad de mi elección y un auto si eso quería. No podía exigir nada más. A mí no me interesaba nada más, pues solo quería pagar mis deudas, por lo que simplemente firmé online. A los minutos, recibía un correo diciendo que el contrato había sido firmado por ambas partes, es decir, por Nickolas y por mí.
—Mejor me distraigo o voy a estar de muy mal humor.
Comencé a mezclar la masa de mantequilla y el azúcar con todos los ingredientes requeridos para aquellos pastelillos, colocándolos en el horno. Los primeros tres pastelillos salieron perfectos; al enfriarse, le di uno a Manolo, el cual me miró con cara de sorpresa.
—¡Whao, qué rico está, se me derrite en la boca! —comentaba mientras cerraba los ojos intentando dejarse llevar por los sabores.
Como reposteros, nosotros debíamos priorizar el sabor, por eso era esencial concentrarse en cada bocado. Reía por el halago mientras probaba el segundo. Estaban ricos, sí, pero sabía que podía hacerlo mejor. Sabía que si le agregaba un poco más de anís, el sabor sería explosivo, una mezcla de sabores que podría hacer que el paladar saltara de emoción.
—Tal vez podría agregarle algo más —susurré levemente, algo insegura.
—¿Qué tal si le agregas un poco de canela?
—Oh, no pensé en eso.
—Tal vez puedas agregar crema agria también, así quedarán más suaves.
—¡Manolo, te amo! No pensé en eso.
Comencé a concentrarme en la mezcla mientras esta era la tercera masa de fondant que Manolo hacía, pues no le salía la terminación que Nickolas le exigió. Tras terminar la mezcla, la metí en el horno y puse la temperatura. Aquellos pastelillos se veían deliciosos; ya los estaba a punto de sacar cuando escuché a la distancia aquel acento francés, ese maldito acento francés que me hizo bajar el corazón de golpe por los nervios, haciendo temblar mi espina dorsal. ¿Qué diablos hacía él allí? Se suponía que no iría ese día.
—Brandon, ¿por qué diablos no están los hermanos aquí? —Un furioso león gritaba con su característico acento francés.
—Pidieron libre porque no tenemos casi órdenes hoy.
Desde la distancia escuchaba el tono sereno de Brandon. Sinceramente, ese hombre debía ganarse el Premio Nobel de la Paz.
—¿Y quién les dijo que pueden tomar el día libre sin mi permiso?
—Disculpa, no pensé que vendrías hoy de tan mal humor, Nick.
No sé si fueron los nervios o qué pasó, pero mis manos se quedaron totalmente pegadas al agarre del horno mientras mi rostro estaba en medio de mis brazos. No supe cuánto tiempo estuve allí; mis sentidos quedaron nulos cuando escuché un insulto en francés. Según mi vasto diccionario creado por Nickolas, se traduciría a: “¿Qué demonios estás haciendo, tarada de mierda? ¿Acaso te enseñaron a hornear en el país de las mierdas?” o algo así.
Manolo susurró suavemente:
—Leanette, suelta el horno, los pastelillos se están quemando.
Al escucharlo, apagué el horno enseguida, a lo que Nickolas me tomó por la mano derecha como si la analizara, y después miró mi rostro por unos segundos. Miró mis ojos detenidamente, en modo penetrante, y luego a mi rostro, analizándome como si fuese una barbaridad, jalándome con fuerza hacia afuera. Solo pude escuchar a Manolo susurrar:
—Oh no, la van a insultar por primera vez.
Me sacaba por la puerta trasera del restaurante, casi arrastrándome hacia un callejón, mirándome a los ojos como si hubiera ido al infierno, visto una atrocidad y vuelto, todo en menos de unos segundos. Este sacó su teléfono, marcando un número. A los segundos, mi teléfono comenzó a sonar. Él cerró la llamada, mirándome como si quisiera matarme y enterrarme allí mismo, después de guardar su teléfono.
—¿Qué diablos haces en mi restaurante? —comentó de manera tajante, con un fuerte acento francés.
—Trabajo aquí —comenté de manera cortante. Me molestaba que ni siquiera se hubiera percatado un poco de mi presencia.
—¿¡Tú trabajas aquí!? Pero qué demonios, ¿cuál es la probabilidad de que eso pase? —Este me soltó, comenzando a caminar de un lado a otro, algo desesperado, como si estuviera pensando.
—Eso mismo pensé yo cuando te vi ayer.
Eso hizo que se detuviera de manera abrupta, mirándome de nuevo a los ojos.
—Tú… tú me reconociste y aun así seguiste con este plan —su mirada incrédula me perforaba el rostro.
—A mí no me culpes, yo quería irme y tú comenzaste con que demandarías a Tyesha.
Notaba a aquel francés caminar de un lado a otro, algo desesperado de nuevo. Tal vez eso era un tic que tenía, pues se le notaba como si estuviera pensando qué hacer. Este parecía que el mundo se le venía encima, pues con algo de nervios se agarraba con fuerza su cabello castaño.
—Quiero decir… pensé que recordaba ese lunar debajo de tu ojo izquierdo de algún lado, pero lo que menos pensé es que trabajaras aquí —un tono pensativo salía de sus labios, relajándose levemente al detenerse. Me miraba como si se le estuviera encendiendo el cerebro.
—Bueno, entonces si quieres no nos casamos —le sugerí eso, pero iba a pelear por el dinero si este quisiera quitármelo.
«Por favor, no me quites el dinero, ¡no me lo quites! Haré lo que sea por él».
—¡No! Necesito casarme esta semana. Además, ya le dije a mis padres que no me casaría con Tyesha porque lo haría con la mujer que amaba —en su rostro parecía haber tenido una iluminación del momento. Mirándome a los ojos, me agarraba por los hombros—. Espera… esto… esto es una muy buena idea. Si trabajas conmigo, podemos tener una buena excusa.
Se escuchaba un ligero tono esperanzado, escudriñándome con su mirada grisácea mis ojos azules. Si alguna persona entrara en ese momento, sospecharía que nos querríamos besar. No sabía qué estaba planeando aquel hombre, pero sabía que lo más probable era que yo terminaría embarrada hasta el cuello.