CAPÍTULO 11

2150 Palabras
—¿Qué hacen aquí?— pregunté cuando los vi entrar a todos. —Pues venimos por ti— responde mi madre acercándose a mí. —¿Cómo supiste donde encontrarme? —Mason me dijo dónde estabas— me toma del brazo —Ahora vamos de regreso a casa— comienza a jalarme. —No, Verónica— me detengo y ella me mira. —¿Cómo me llamaste? —Se que no eres mi madre, al igual que se toda la verdad. —¿De qué verdad hablas?— me mira nerviosa. —Se que mi verdadera madre murió, sé que tú no eres mi madre y también sé que soy un licántropo. —Eso no es verdad, tú eres mi hijo. Te convertiste en mi hijo cuando esa mujer te abandono— aplica más fuerza y me jala. —No iré contigo— jalo mi cuerpo para detenerla —Rechazo lo que soy y no volveré con ustedes. —Claro que lo harás— me jala con más fuerza. —Suéltame— Irina salió y me ayudo a liberarme de mi madre. Mi madre solo me miró horrorizada y se dio media vuelta —Si eso es lo que quieres— abre la puerta —Solo recuerda que ya no soy más tu madre y que si algún día estas en problemas yo no te ayudare— sale y azota la puerta. La abuela se acercó a mí y me tomo de los hombros —¿En serio harás esto?— cuestiona, pero yo me mantengo estático sin responder nada. —Hay que hablar con calma, yo hablare con él— Serafina se acercó a donde mi padre y Charlo se encontraban. —Está bien, llámanos si ocurre algo— mi padre, al igual que Charlo y mi abuela salieron del apartamento. Me dejé caer al suelo y me solté a llorar. Esto no era lo que quería, yo no quería que Verónica se sintiera así por mi culpa. Serafina se acercó a mí y me abrazo —Descuida, no pasara nada. —Ella se enojó conmigo, yo no quería eso. —Cuando todo esto se calme tienes que pedirle una disculpa. —Pero ¿y si no me perdona?— la miro —No quería que esto se saliera de control. (...) Después de esa amarga discusión con mi madre, transcurrió una semana y me decidí en ir con Serafina a ver a mi madre. Comenzaba a comprender lo que era, comenzaba a aceptar mi naturaleza lobuna. Esa mañana me levante temprano y me aliste. Cuando estuve listo salí de la habitación en la que dormía y me acerqué a donde Serafina me esperaba —¿Listo?— pregunto levantándose de su lugar. Yo solo asentí y ambos comenzamos a caminar hacia la puerta. Salimos y luego nos dirigimos al estacionamiento para poder entrar a su ato y así poder ir a ver a mi madre. Estaba nervioso, no sabia como reaccionaria. Ni siquiera sabía si aún estaban aquí, si habían regresado a Estados Unidos o no. Solo quería recibir el perdón de mi madre, decirle que estaba orgulloso de ser lo que era, que me sentía orgulloso de ser hijo de Verónica French. Me perdí en mis pensamientos que, en menos de lo que me espere ya había llegado a la casa de la abuela. —Félix— Serafina me llamaba, pero yo no me encontraba en ese momento. Me toco el hombro, di un brinco y volteé a verla —Ya llegamos— me regala una sonrisa. —¿Crees que me perdone? —Nada pierdes con intentar. Di un gran respiro, me libere del cinturón de seguridad y baje del auto. Comencé a caminar hacia la puerta de la casa y cuando llegue ahí espere un par de segundos antes de tocar el timbre. —¿Qué esperas para tocar?— pregunta Serafina detrás de mí. Con algo de nervios estiré mi mano hacia el timbre y lo toqué. El timbre sonó y después de un par de minutos mi abuela salió a recibirnos. Al verme hizo una cara de preocupación —¿Puedo pasar?— pregunté al ver que no decía nada. Ella se quito de la puerta —claro. Serafina y yo entramos y al entrar pude ver que un total de cuatro personas desconocidas para mi se encontraban discutiendo con mi madre —¡YA TE DIJE QUE ESE BEBÉ MURIÓ CANDO NACIO!— exclama mi madre. —¡MIENTES!, ¡SABEMOS QUE MI HERMANO ESTA AQUÍ!— la chica que demostraba superioridad respondió ante los gritos de mi madre. Cuando estuve cerca de mi madre, dejo de mirar a la chica y comenzó a mirarme a mí. Puso un rostro igual al de mi abuela y luego se acerco a mi —¿Qué haces aquí?— preguntó. —Vine a pedirte perdón, se que la forma en la que te trate aquel día no fue la correcta. —¿No te lo dije la ultima vez?— me miró molesta —yo ya no soy tu madre— me toma del brazo y comienza a jalarme hacia la puerta —Ya no quiero saber mas de ti. Para mi tu ya no eres mi hijo y ¿sabes qué?— me empuja fuera de la casa —es verdad lo que dijiste, nunca fuiste mi hijo. Solo cuide de ti porque esa mujer me lo pidió. No pude contener las lágrimas, ¿en serio esta mujer era mi madre, era la Verónica que conocía? Mi madre, la mujer que me crio me había rechazado —¡BIEN!— grité a todo pulmón —creí que podíamos seguir como antes, pero ahora me doy cuenta que Irina tenia razón, los lobos de tu manada son repugnantes— di media vuelta —¡TE ODIO Y NO QUIERO VOLVER A VERTE NUNCA MAS!— comencé a correr hacia el bosque. Comenzaba a cederle a mi loba, en esta forma me sentía libre, correr velozmente, sentir el viento rozar en mi pelaje. Sentía que podía permanecer en esta forma para siempre. Cuando menos lo pensé, ya me encontraba muy adentro en el bosque. Este era un lugar que no había visto antes. El paisaje era casi igual al lugar en el que me encontraba con Irina dentro de mi mente. La diferencia de aquí era que este lugar estaba lleno de iluminación y en el centro se encontraba un pequeño lago. Me tranquilizaba estar aquí, este lugar era acogedor y me sentía como en casa. Tenía la ligera sensación de haber estado aquí antes. Fui a la orilla del lago y me recosté sobre el césped húmedo, cerré los ojos y me relaje tanto que termine durmiendo. Un sueño o tal vez una pesadilla me invadió. Se sentía tan real que en un punto no soporte y desperté dando un brinco. Cuando desperté estaba cubierto con una piel de algún animal, me descubrí y me di cuenta que la ropa que vestía no era la mía. Me levanté de la cama y comencé a explorar la casa en la que me encontraba. Era una pequeña cabaña en medio del bosque, solo tenia una habitación, una pequeña cocina y una mesa junto a la ventana. Un hombre alto entro por la puerta y al verme se puso contento —Al fin despiertas— dejo el pequeño conejo muerto que traía en su mano derecha sobre la mesa y se acercó a mi —Me preocupé al verte inconsciente a medio bosque y luego cuando te vi desudo creí que alguien te había lastimado— limpia su mano sucia con su ropa y me la estira —Me llamo Walter ¿Y tú? —Me llamo Félix Nux— estiro mi mano y estrecho la suya. —Mucho gusto en conocerte y lamento en traerte a mi casa, pero no sabia donde vives— el hombre aparentaba tener unos veinticinco años o más, su cabello era largo hasta por debajo de sus hombros, sus ojos eran de un tono grisáceo y su estatura rebasaba el metro ochenta. —No se preocupe, la verdad no recuerdo mucho del como llegue al lago y creo que no vivo lejos de aquí— me toque la nuca y mire a otro lado. —Puedo saber ¿Por qué se encontraba desnudo? —No lo recuerdo creo que porque entre a nadar al lago— bueno, eso era una mentira, pero no iría por ahí diciéndole a la gente que era un licántropo. —Ya veo ¿Acaso consume sustancias ilegales?— esa pregunta hizo que lo mirara extrañamente —Bueno, solo digo que una persona tiene que recordar todo lo que pasa en su vida. Solo si sufre alguna enfermedad que olvida lo sucedido o bueno eso es lo que se. Este hombre parecía mas tierno de lo que aparentaba —Obviamente no— respondí apurado —Creo que fui a una fiesta y alguien puso algo en mi bebida— esperé que creyera eso, al ser mayor de edad podía asistir a ese tipo de cosas como los chicos de mi edad. Aunque la verdad nunca había asistido a una a excepción de las reuniones familiares. —Ok— dio la vuelta. Así nomás. Creo que había quedado como un estúpido y me sentía como un estúpido —cace un conejo hace un rato. No se si te gustan, pero no tengo nada mas que ofrecerte— toma el conejo que había puesto en la mesa y fue a la cocina, tomo un cuchillo y comenzó a descuartizarlo. —No te preocupes, no tengo hambre. Él terminó de cortar y luego tomo la piel y la carne y salió de la pequeña casa. Yo lo seguí por detrás y también salí. Él se dirigió a uno de los arboles que rodeaban la cabaña y tendió la piel. Luego se dirigió a una pila de leña y tomó algunos leños, se acerco a un lugar donde había cenizas y encendió una fogata. Después puso la carne en unos pequeños fierros y la dejo cocinar. —¿Vives aquí?— pregunte rompiendo el silencio. —Si— respondió sin despegar la mirada de su carne. —¿Desde cuándo?— volví a preguntar. —Desde que mi manada me hecho— no dudo ni un solo segundo en responder. —¿A que te refieres? —Yo pertenecía a la manada de lobos blancos, era su guerrero más fuerte, pero cometí un crimen y mi castigo fue dejar la manada—. No le importaba saber si yo era un humano a un licántropo, pero al parecer de la expresión de confianza que tenía, sabía que yo era uno de los suyos. —Ya veo, tu tampoco tienes manada entonces. —No. —Y ¿Cuál fue ese crimen? —Me enamore de la heredera al liderato. Ella es la mujer mas perfecta que haya visto. Ella también me amaba, pero ella tenia que desposarse con uno de los nobles de la manada y yo, aunque fuera su guerrero más fuerte, no cumplía ese requisito. —¿Ella era tu mate? —Así es, pero los altos mandos no creen en ese tipo de cursilerías. —Después de eso ¿Volviste a verla? —No— negó con la cabeza —A ella la llevaron lejos y la aislaron. —Yo... lo siento por eso. —y tu chico ¿Ya conociste a tu mate? —Aun no, creo. En mi vida había conocido a alguien que me hiciera sentir mariposas en el estómago, nadie excepto Mason, pero él no podía ser mi mate. A el lo consideraba algo así como un hermano mayor o yo que sé. Mis pensamientos no estaban en orden en ese momento. —Bueno no importa, cuando la conozcas procura cuidar de ella e impedir que nada malo le pase. —Si— susurré y comencé a contemplar el hermoso paisaje que se encontraba alrededor. Inhale y el aroma a cítricos me inundo las fosas nasales. Él chico se levantó rápidamente del suelo en el que se encontraba comiendo su carne y se acercó a mí —Quédate detrás de mí—. Se posiciono en frente mío. —¿Qué pasa?— cuestioné al no entender la situación. —Los lobos negros están aquí y vienen con...— calló por unos segundos —¿Lobos blancos? Su cuerpo comenzó a tensarse y a expulsar calor, también un aroma a Eucalipto se podía oler alrededor de mí. Su aroma me sofocaba así que me tape la nariz. —¡MUÉSTRENSE!— gritó. Los que se encontraban ocultos, salieron de entre los árboles. Eran mi madre, la abuela, mi padre, Charlotte, Mason, Serafina y las personas que se encontraban en la casa cuando fui a pedirle perdón a mi madre. —¿Raina?
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