Volvió la luz hacia las dos de la madrugada. Pero a Demian y a mí nos daba igual. Estábamos demasiado absortos el uno en el otro como para darnos cuenta. Ahora, son las ocho de la mañana y la luz del sol se cuela por las ventanas, quemándome la mirada. Anoche no dormimos mucho, y tampoco pensamos hacerlo, porque llevamos despiertos hablando desde las seis. Me acurruco más contra el pecho de Demian, y su mano derecha recorre sin interrupción mi columna vertebral, haciéndome estremecer de placer. Mis manos bajan por su pecho hasta sus gloriosos abdominales, delineando cada paquete. Se ríe suavemente mientras me observa fascinado. —¿No estás cansada?— Me pregunta. —¿Y tú?—Le pregunto yo. —No.— Siento cómo sacude la cabeza. —Nunca me cansaré de esto. Su respuesta me hace suspirar. Ahora

