Los días siguientes a la noche de la gala pasan en una especie de neblina. Sheyla y yo seguimos encontrándonos, cada vez con más frecuencia, y aunque ninguno lo dice, sé que ambos sentimos cómo la conexión entre nosotros crece. Cada conversación, cada mirada, parece acercarnos un poco más a algo que ninguno de los dos planeó pero que, ahora, se siente inevitable. Hoy decido invitarla a mi refugio. Es una pequeña casa junto al lago, alejada de la ciudad, un lugar donde suelo escapar cuando la vida en sociedad se vuelve asfixiante. Nunca he traído a nadie aquí, y ese pensamiento me hace sentir un leve nerviosismo que intento disimular. Quiero mostrarle a Sheyla una parte de mi vida que pocos conocen, un lugar donde puedo ser completamente yo. Ella acepta sin dudar, y a medida que conducimo

