Capítulo 13

2413 Palabras
Después de la noche con la Loba, pasaron un par de días en las que Víctor solo tenía dos pensamientos rondando en su cabeza. La primera, era planear como escapar con Amelia, a donde irían y como vivirían. La segunda, es que no podía dejar de ver a Amelia con intención de hacerla suya, la imaginaba desnuda por las noches y que ella le entregaba su amor de una manera íntima. Durante la tarde, Amelia fue a los establos con una fuente con alimentos, para llevarle el almuerzo a Juan. — Juanito, a comer. Juan estaba cambiando el heno de los caballos, dejando su labor al escuchar el llamado de Amelia. — Gracias — contesta Juan aproximándose — Te lo dejo, ya me tengo que ir — Espera, quédate conmigo La joven se acerca nuevamente y toma asiento para acompañar a Juan durante su almuerzo. A pesar de que ella lo ha rechazado, él aún esperaba que lo eligiera y ha sido respetuoso en no hablarle sobre el compromiso de Víctor, hasta ahora. — Amelia, ya sabes que Víctor se casará, acepta mi amor y salgamos de aquí. — Juan, eres alguien muy bueno y yo no te merezco, no he sido comprensiva contigo y no aprecio tu cariño como debería hacerlo. — Tu eres buena para mí, te quiero desde hace mucho y ya has visto que sigo esperando por ti. No me interesa otra mujer, tú eres la indicada para mi — A pesar de que Víctor se casé, yo aún tendré sentimientos por él, así que me marcharé de este lugar, para dejar en el pasado este amor. — Cuando tú te vallas, iré contigo, pero por favor, no me alejes de tu lado — Él le toma una mano y se la besa. — Juan, quiero que seas feliz, porque te quiero, pero no como tu esperas, te quiero solo como un amigo — Aun así, seguiré intentando, hasta que me quieras como hombre. Te aseguro que te haré feliz Víctor ingresa a los establos para buscar a Amelia, y al verla con Juan, hablando de manera tan cercana, mientras este tenía sostenida su mano, enfurece. — Amelia, necesito que vengas Ella se despide de su amigo y se dirige hacia Víctor, mientras ambos rivales se lanzan una mirada de desprecio. Ya al interior de la mansión, los enamorados suben al ático, para tener su momento de privacidad, pero a pesar de la alegría de Amelia por poder estar a solas con Víctor, él la miraba molesto. — ¿Qué pasa? — ¿Por qué tienes tanta cercanía con Juan? Acaso ¿ya te rendiste y le estás dando esperanzas de ser su esposa? — No Víctor, pero ¿acaso estaría mal? Solo quedan 10 días para tu boda, eso quiere decir que me quedan solo 10 días para estar contigo. Víctor la rodea con sus brazos, la atrae a su cuerpo, para poder darle un beso que demostraba todo su sentir. — Quizás no sea necesario separarnos — dice él con ojos cálidos y ahora sonriéndole. — ¿Cómo? ya sabes que si te casas no me quedaré aquí Víctor le toma de la mano y la lleva a un lugar del ático, donde estaba las cortinas viejas enrolladas en el suelo y se sienta en ellas, invitando a Amelia a que haga lo mismo. — Escapemos — ¿Que?... ¿Cómo? — Aún no lo sé, pero si dejamos esto atrás podremos ser libres para amarnos como queramos, podríamos ser esposos y vivir tranquilamente Amelia estaba sorprendida ante eso, y al comprender que significaba aquello, se atemoriza. — Pero, mis padres y hermanos, ya no los volvería a ver. Dejarás a tus padres, tu herencia. — Que importa eso... nadie nos quiere escuchar y es un sacrificio a cambio de libertad Para Amelia, escapar con Víctor era algo arriesgado, solo se tendrían a ellos, pero por otro lado, era el único camino para estar juntos. — No lo sé, dame tiempo para pensar — Yo estoy dispuesto a correr el riesgo, por ti lo haría todo — Le acaricia el rostro y la vuelve a besar con más intensidad. Víctor la recuesta en las cortinas, mientras la seguía besando, pero ella estaba atenta a sus manos, ya que le estaba acariciando las rodillas y subía por sus muslos. — Yo también... pero estoy asustada ¿Qué haces? — pregunta Amelia y le retira la mano que tenía bajo su vestido. — Solo te estoy acariciando, ¿está mal que quiera darte mi amor? — Pero nunca me habías tocado así, no creo que esté bien. — ¿Por qué no? solo quiero enseñarte una forma de querernos de mejor manera, no te asustes — La abraza y vuelve a besarla mientras estaba recostado. Cuando siente que ella se relaja, nuevamente comienza a acariciarla bajo el vestido, hasta llegar a sus glúteos y tocarlos, a lo que ella se aparta levemente, puesto que le producía pudor. — Espera... ¿porque sigues haciendo eso?... — Tranquila, es como otra forma de besarnos, pero uniendo nuestras caderas, te gustará Víctor estaba en su límite, tocar la piel de Amelia lo excitaba demasiado y en su mente solo existía la necesidad de unirse a ella para hacerle el amor, lo deseaba con desesperación. — ¿De verdad es como besarnos? — pregunta de manera inocente Amelia — Si... no tengas miedo, no pasará nada, es solo un beso que se siente muy bien, te lo aseguro Víctor sigue subiendo las faldas de Amelia, para acariciar sus muslos. — No. Creo que mejor se lo preguntaré a mamá, para saber si es verdad que también los besos se dan así. — Pero si se dan, o acaso ¿no te gusta cómo nos besamos? — Si... pero, yo no he visto a nadie besarse así — Claro que sí, solo que se debe hacer en privado Ella lo empuja, cuando siente como Víctor le trataba de quitar su ropa interior. — No, mejor preguntaré sobre esos tipos de besos Amelia forcejea para salir de ahí, a lo que Víctor trataba de retenerla, pero finalmente, ella logra escapar, corriendo hasta llegar a la puerta del ático para salir. — Espera Amelia, no te vayas... no se lo digas a nadie — dice Víctor preocupado. — Si no lo puedo decir, eso significa que no está bien. — Pero tampoco le puedes decir a nadie que nos besamos en el ático, pero de igual manera lo hacemos — No lo sé Víctor, pero no quiero que me veas ahí, eso es privado. Pero si es algo normal, nos basaremos mañana con las caderas Amelia al terminar de decir eso, se gira para salir apresuradamente del ático — Espera Amelia... — Víctor estaba en problemas si ella le hablaba a su madre sobre eso. Esa noche, mientras ya estaban en casa y habían terminado de cenar, Amelia le pregunta a su madre, como si lo hubiera escuchado de la conversación de otras personas, sobre los besos con las caderas. — ¿Quién te ha pedido hacer eso? ¿Fue Juan? — pregunta Mariana asustada. — No mamá, nadie. Solo quería saber, porque escuché sobre eso — Responde Amelia asustada al ver la reacción de su madre. — No Amelia, eso no lo escuchaste de ninguna parte, dime ¿Quién te pidió unir sus caderas contigo? Desde la habitación contigua, Teodoro escuchaba lo que decía su hija, comprendiendo que si querían saber quién era el bribón que le estaba pidiendo esas cosas a su pequeña, no lo descubrirán si no era de forma inteligente. — Hijita, es muy normal dar besos con las caderas — interviene Teodoro entrando en la habitación, haciéndole una seña discreta a su esposa para que no intervenga. — ¿De verdad papá? — Claro que sí, eso se hace cuando una persona te tiene gran respeto, es como una reverencia o besar la mano de una dama — Ah... yo no sabía que se podía dar respeto de esa forma, porque nunca lo he visto — ¿Tú uniste tu cadera con alguien? — No... con nadie, pero ¿debería unir mis caderas con quien tenga respeto? — Claro que sí... todos hacemos eso, solo que es incómodo para las mujeres, porque tienen que levantar sus grandes vestidos. Ya todo tenía sentido para Amelia, por eso Víctor le estaba subiendo las faldas, se sentía pésimo por pensar mal de él. — ¿Quién te pidió unir sus caderas contigo? tiene que ser alguien muy correcto e íntegro, que merece todo mi respeto por apreciar así a mi pequeña — Fue el Señorito Víctor La cara de Teodoro se deforma en rabia, era lo único que necesitaba escuchar y se da la vuelta para salir de la casa. — No Teodoro... son los patrones — suplicaba Mariana asustada, tomando de la mano de su esposo. — Ni aunque sea el Rey, no dejaré que deshonren a mi pequeña — Pero si Don Agustín se enfada, podríamos perder nuestros trabajos — Pero papá, dijiste que eso estaba bien — Amelia no comprendía que estaba pasado. — No Amelia, no está bien, eso solo lo hacen los esposos para procrear niños. Amelia estaba sombrada, ahora entendía la reacción de sus padres y sabrían que tenía una relación secreta con Víctor. — Papá, él solo me habló de esas cosas, pero no hizo nada... te lo aseguro — dice Amelia con lágrimas en los ojos. — Teodoro recapacita, no hagas una escena donde los Fortunato, ya la niña dijo que no pasó nada — continuaba Mariana tratando de calmar la rabia de su marido. — ¿Y acaso quieres que llegue a pasar? No Mariana, esto se corta aquí — mira a su hija — y a ti, no creo que solo te hablaran de eso, sino, hubieras dicho inmediatamente su nombre Don Teodoro salió rápidamente de la casa, hasta llegar a la mansión Fortunato. Al estar ahí, habla sobre esta situación con el ama de llaves, quien le informa al señor Fortunato. De manera calmada, Don Agustín lo hace pasar, ya que entendía la preocupación del hombre y manda a llamar a su hijo. Cuando ingresa a la sala, Víctor ve al padre de Amelia, quien lo miraba con repudio, entendiendo de que se trataba el asunto. — Víctor, Don Teodoro dice que le has faltado el respeto a su hija, ¿es eso cierto? — pregunta Agustín — Yo aprecio a la señorita Amelia, no fue mi intención que ella se sintiera ofendida — responde Víctor con el corazón agitado por el nerviosismo. — Con todo el respeto que se merece joven, decirle a una niña que no conoce varón que, está bien unir las caderas, eso ya de por si es una falta grave a la honra de una dama — contesta Teodoro furioso. — Señor Teodoro, disculpe mi actuar, le aseguro que eso no volverá a pasar — Le pedimos disculpa y no se preocupe, que esto no volverá a ocurrir — dice Agustín con calma. — Joven, usted se casará pronto, solo le pido consideración para mi hija, ella aún es muy inocente. Por favor, entienda mi preocupación — para Teodoro una disculpa no era suficiente, ya que su hija estaría en peligro de estar cerca de aquel muchacho. — Los señores ya han presentado sus disculpas, si no cree en ellos, entonces Amelia debería dejar de trabajar aquí para su tranquilidad — intervenía Celenia con su acostumbrada frialdad. Para Teodoro, eso sería lo mejor, pero su esposa estaría furiosa con él de que su hija pierda tan buen trabajo. — No... confió en el señorito — termina diciendo Teodoro — Muy bien Don Teodoro, puede retirarse, ahora debo hablar con mi hijo para que reciba una reprimenda — dice Agustín a su criado. — Gracias Señor— Teodoro hace una pequeña reverencia y se retira, siendo acompañado por el ama de llaves. Cuando los varones Fortunato quedaron a solas, Agustín comienza a carcajear. — Pero muchacho, antes tenías miedo de las lobas y ahora se lo estás pidiendo a esa niña. Víctor estaba sorprendido, no esperaba esa reacción de su padre. — Pensé que podría hacerlo con la servidumbre, era solo curiosidad. — Pero no con una muchacha como esa, al hacerle eso, la privas de la posibilidad de que contraiga matrimonio — Agustín le respondía con simpatía a su hijo — Cuando tengas esas necesidades me avisas y vamos nuevamente donde las lobas, para eso no hay problema. — Pero no es lo mismo, quiero estar con alguien de mi edad, pero tampoco quiero a la mujer que será mi esposa Agustín le mira con seriedad, puesto que ya estaba entendiendo lo que estaba pasando por la mente de su hijo. — Con las sirvientas no, debes dejar de lado esos pensamientos y menos con esa muchachita, eso está muy mal — le reprende Agustín. — Entonces ¿está prohibido tener una relación con los sirvientes? — Víctor estaba furioso con su padre por ser un hipócrita y ya no podía guardar silencio. — Por supuesto — Entonces ¿por qué tienes una relación ilícita con Celenia? Aquello que dice Víctor deja de piedra a Agustín, quien enmudece al no comprender como él sabía sobre eso. Como Víctor entiende que a sorprendido a su padre, continúa hablando. — Ya lo sé papá, desde hace mucho tiempo, y sé que también tienen contactos íntimos. Me hablas de todo esto, pero tú no sigues tus propias reglas y te crees con la moral de decirme con quien casarme a quien querer y con quien debo tener sexualidad, cuando tú haces todo lo contrario Agustín acerca a su hijo y lo abofetea con tal fuerza que este cae sobre un sillón, levantándolo nuevamente de su camisa para volver a golpear. — ¡Que te has creído mocoso para hablarme así! Nuevamente Agustín lo golpea con fuerza, dejándolo aturdido, soltándolo al notarlo con la mirada extraviada. — Mañana tengo que ir a una de las minas, vendrás conmigo. Es todo, retírate — termina diciendo Agustín de malhumor. Víctor se afirma de la manga del sillón para levantarse, coloca una de sus manos en la nariz, pensando que tenía sangre en ella, pero eran solo lágrimas que se escaparon de sus ojos por la intensidad de los golpes. No dice nada y se retira con la mirada fiera que le daba su padre.
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