Los últimos días de la semana Amelia no pudo ver a Víctor, puesto que su castigo era estricto. Él se mantenía encerrado en su habitación y la sala del piano, lugar donde tomaba su almuerzo, dejando las puertas siempre con llave. La Señora Mercedes consideraba que su hijo se volvió altanero, falto de respeto con sus mayores e insoportable con la servidumbre, en resumen, un niño mimado que debía corregirse. A Amelia le prohibieron verlo o hablar con él, así que no podía acercarse al lugar de su confinamiento, esto hacía que lo extrañará, puesto que lo necesitaba para saber que la decisión que tomó era la correcta.
Era sábado por la noche, la familia de Amelia estaba en su casa, cenando un sabroso caldo que preparó la Señora Mariana, cuando alguien toca a su puerta. Don Teodoro al abrir, ve a Juan, que traía un pequeño manojo de Flores en la mano.
— Valla, que sorpresa tenemos por aquí, pasa muchacho, ve a cenar con nosotros — le invita Teodoro al joven que se encontraba en la entrada.
— Gracias señor, pero venía a hablar con usted
— Por supuesto, pero no te quedes afuera, pasa y toma asiento. Amelia, coloca otro puesto en la mesa
Rápidamente Amelia se levanta, busca otra silla y su madre comienza a servir otro plato de caldo acompañado de un trozo de pan.
— Amelia, traje estas flores para ti — dice Juan, entregándole el manojo de flores.
— Gracias Juanito — responde Amelia, depositando las flores en un jarrón con agua y regresa a la mesa.
Juan también toma asiento en la mesa, estaba nervioso por hablar con los que posiblemente serían sus futuros suegros.
— Señores, vengo a mostrar mis respetos. Deseo cortejar a Amelia con la bendición de ustedes.
Los padres de Amelia sonreían al ver el nerviosismo del muchacho.
— Bueno, no lo sé ¿qué dices tú Mariana? — habla Teodoro con un tono juguetón, acomodándose un mechón rubio que caía por su frente.
— Creo que es un buen joven, aunque no a probado el caldo y no sé si le gusta lo que cocino yo o Amelia.
Inmediatamente Juan, comienza a comer del caldo, llevándose rápidamente las cucharadas a la boca.
— Esta muy sabroso señora Mariana
Teodoro y Mariana estallan en carcajadas, ellos estaban felices de que el hijo de sus amigos quiera desposar a Amelia.
— Esta bien muchacho — Dice Teodoro, dándole unas palmadas en la espalda — me gustaría que vengas con más frecuencia para que hablemos como hombres sobre tus intensiones
— Señor, quería pedirle permiso para que pueda dar un paseo con Amelia mañana, después de la misa
— ¿A dónde y quién los acompañará?
— Solo pensé en caminar por el parque cercano al lago
— ¿No pretenderás salir a solas con una muchacha que aún no es tu esposa? — pregunta Teodoro ya sin sonreír.
— No señor, por eso he venido antes — responde Juan atemorizado
— En ese caso, saldremos también de paseo por el parque. Dile a tus padres, podríamos hablar con ellos mientras los vigilamos.
— Sí señor, les diré. Muchas gracias — Juan sonríe y sigue cenando de la sopa, mientras miraba alegremente a la bella joven que estaba en la mesa frente a él.
Ese domingo en la mañana, fueron a la iglesia como de costumbre y la familia de Juan se sentó al lado de la familia de Amelia. Al terminar la eucaristía, Juan le ofrece su brazo a Amelia, para iniciar su paseo, mientras los padres y hermanos de ambos estaban atrás de ellos a una distancia prudente para darle privacidad.
Amelia se sienta en una de las bancas de ese hermoso parque, mientras miraba a los patos del lago y les arrojaba migajas de pan. Juan se sienta a su lado para hacerle compañía, escuchando a sus padres reír en las bancas aledañas y a sus hermanos pequeños, jugar por los alrededores.
— Amelia ¿Qué puedo hacer para que seas feliz? Tienes mi amor incondicional, pero deseo el tuyo
Ella mira el rostro lleno de ilusión de Juan y sentía lástima por no corresponderle, era mejor terminar esas esperanzas ahí y no seguir cultivando sentimiento en él.
— Juan, eres un buen chico, pero no estoy enamorada de ti y creo que nunca lo estaré
— Pero ¿por qué? — Pregunta Juan, desapareciendo la sonrisa de su rostro
— Mi corazón y pensamientos ya están ocupados por alguien más. No quiero hacerte sufrir y que sigas conservando esperanzas con alguien que no te ama
— ¿Quién es?... ¿algún trabajador?
Ella niega con la cabeza
— ¿Es Víctor? — Juan ve como el semblante de Amelia cambia al nombrarlo.
Ella presiona las manos en su vestido, pero no responde, dejando su mirada fija en los patos que nadaban en el lago.
— Es él entonces — concluye Juan — también te ama ¿verdad?, ya debió decírtelo, se le nota bastante. Amelia, eso no tiene futuro, él solo se aprovechará de ti
— El sentimiento solo lo tengo yo, él no me corresponde, ya lo sé — Amelia prefiere mentir.
— ¿Pero por qué te gusta él?, es un niño mimado, no sabe hacer nada más que ser el hijo malcriado de una familia rica. Yo te doy estabilidad y el respeto que te mereces. Si tienen una relación, es solo para dejarte como una aventura pasajera, eso hacen todos los ricos con los sirvientes.
— Lo sé, pero no ha pasado nada entre nosotros, es solo que mi corazón lo ha elegido a él. Lo siento — Contesta Amelia molesta. Lo que le decía Juan era muy cruel, pero ella creía en Víctor.
Juan estaba furioso, no podía entender porque elegía a un muchacho que aún era tratado como a un niño, en vez de a él, que ya era un hombre.
— Te gusta el más que yo, porque sus manos son delicadas, su piel es blanca ¿por qué es rico y usa palabras sofisticadas?
— Claro que no Juan.
— Yo no podré ser delicado porque no se leer, mis manos tienen callos y mi piel es bronceada porque debo trabajar bajo el sol, ya que no tengo padres que me den lo que quiero, pero tengo esfuerzo y un propósito que es obtener dinero para darte un buen lugar y una vida que merezcas — la tristeza de Juan trataba de contenerla, pero le era difícil.
— Juan, tu mereces todo mi respeto, no quiero jugar con tus sentimientos, por eso es justo que te lo diga.
— Es que no es justo Amelia... no es nada justo...
Sin soportarlo, Juan toma de sus manos y se las besa, quedándose así por un momento, respirando agitado para que las lágrimas no se escaparan de sus ojos.
— Yo más quisiera poder amarte, todo sería más fácil
— Esta bien Amelia, te comprendo y esperaré, sé que tú amor no verá nunca la luz y cuando lo entiendas, estaré aquí para quererte
Ambos se quedaron mirando el lago con el corazón roto. Por su lado Juan estaba destrozado por no ser a quien ella quería y Amelia, porqué sabía que Juan tenía la razón y su amor nunca vería la luz.
La siguiente semana Víctor seguía recluido y Amelia no podía verlo, necesitaba desesperadamente de él, quería sentir que no era su amor una tonta ilusión, puesto que la incertidumbre le amargaba.
Se le encomendó a Amelia limpiar el ático, ya que al no tener que atender al joven señor, tenía mucho tiempo libre. Ese lugar le traía recuerdos de cuando era pequeña y lo feliz que era jugando con Víctor sin las complicaciones de sentimientos románticos, puesto que ahí, estaban algunos de sus juguetes y muebles viejos de ese tiempo. Luego de terminar, salió al jardín para cortar algunas rosas que le solicitó la señora Fortunato, puesto que le gustaba sus arreglos florales que colocaba en los maceteros. Mientras estaba en su labor, siente que alguien golpea un vidrio, cuando levanta la vista, observa a Víctor detrás del ventanal de la sala del piano y corre a su encuentro, a lo que él abre la ventana, que solo permitía la entrada de una brisa y logra sacar una mano. Amelia toma la cálida mano Víctor, sentirla le dio una grata sensación de protección y seguridad, deja apoyada su otra mano en el vidrio donde Víctor tenía la suya y sonríe alegremente.
— Víctor, ¿cómo has estado?
— Muy aburrido, estoy cansado de estar aquí, mi única actividad diaria es existir. Lo más triste de mi castigo ha sido no poder verte.
— También te he extrañado, deberás dejar de responderle a tus padres cuando te regañen, por eso te dan varillazos desde pequeño.
— Amelia, yo no soy libre, siempre me dicen todo lo que tengo que hacer, que ropa tengo que usar, que libro debo leer o donde tengo que cabalgar. Me gustaría ser libre como tú, al menos elegí de quien enamorarme — Víctor le daba una cálida sonrisa
— Pero no somos libres, yo siempre seré tu criada
— No para mí, nunca lo has sido, eres quien mejor me conoce y comprende, desde que éramos niños — Víctor le acariciaba la mano, le había extrañado tanto — Quiero saber que has hecho, que ha pasado con Juan ¿aún sigue cortejándote?
— Si. Pero le dije que no siga, porque estoy enamorada de ti
Víctor estaba sorprendido que fuera capaz de decírselo, esto lo conmovió.
— ¿Y qué te dijo?
— Que era un amor que no verá la luz, que solo jugarás conmigo y me dejarás después del tiempo, y que me esperará hasta que lo entienda
— Lo dice porque está molesto ¿Tú piensas eso?
— En ocasiones si — Amelia baja la vista de manera triste.
— Yo nunca podría dañarte de esa manera, tú vas a ser mi esposa — le asegura Víctor.
Aquella seriedad en los ojos de él, era lo que Amelia necesitaba para calmar sus dudas. Realmente le gustaba, no podía descifrar desde hace cuánto, era como preguntar cuál fue su primer recuerdo, lo único que sabía, es que no imaginaba una vida en la que él no estuviera.
— Ya me tengo que ir
— Esta bien. Me has dado mucha felicidad el verte. Te quiero.
— Yo también te quiero — Amelia se aproxima y le da un beso al vidrio y Víctor también apoya sus labios en él.
Verla marchar le trajo a Víctor, nuevamente melancolía, sin ella se sentía solo y deprimido. El amor dolía, pero tenía que buscar una manera en la que nunca puedan ser separados, de hacerlo, sentía que la vida ya no tendría sentido de vivirla.
Los días pasaron y la señora Mercedes consideraba que su hijo aprendió la lección levantando su castigo. Esto le enseñó a Víctor solo una cosa; lo que pensará o lo que sentía debía guardarlo para él, ya que solo le traía problemas y nadie lo escuchaba de todas formas.
— Amelia, llévale al señorito y a su profesor unos aperitivos — ordena el ama de llaves a la joven que estaba limpiando la habitación del señorito Víctor.
— ¿Eso quiere decir que su madre le ha levantado el castigo? — pregunta Amelia emocionada.
— Así es, por lo tanto, vuelves a ser compañía del señorito. Pero te agradecería que informes o apacigües nuevas conductas rebeldes ¿Podrás hacerlo?
— Si señorita Celenia.
Amelia termina de acomodar las sábanas y se lleva la ropa sucia para ir a la cocina por los aperitivos. Al tener todo, regresa con una charola en las manos, llega a la sala, toca y entra.
Víctor se encontraba concentrado en sus estudios, frotando su frente al no comprender los cálculos matemáticos que realizaba, levanta la vista y ve entrar a Amelia, lo que le sorprende y alegra de sobremanera, dejando su actividad de contabilidad de lado. Su sonrisa era tan amplia que no se podía ocultar, hasta que el profesor golpea la mesa con una varilla, esto lo asusta y le trae nuevamente a la realidad de sus estudios. Amelia sonríe, sale de la sala y se queda esperando afuera hasta que las clases terminen.
Cuando el profesor termina su clase, Víctor sale de la sala apresuradamente, sonriendo al ver a Amelia, tomándola de la mano y llevándola a una de las habitaciones. Cuando cierra la puerta, le toma del rostro con ambas manos, para acercarse y darle cortos y delicados besos en los labios.
— Espera... nos verán — advierte Amelia.
— Es que no lo resisto más, te he extrañado.
— Yo también.
Nuevamente los enamorados unen sus labios, pero el ambiente romántico desaparece, cuando escucha que alguien estaba afuera de la habitación a punto de ingresar. Víctor rápidamente toma de la mano de Amelia y salen por la puerta contigua a la siguiente habitación. Al cerrar, alguien entraba en la habitación que dejaron atrás y escucha a la señora Mercedes llamar a su hijo.
Los jóvenes iban de habitación en habitación riendo al hacerlo, escapando de cualquier ojo curioso que pudiera delatarlos, esto les recordaba a la época que eran niños y se ocultaban de la señorita Celenia. Luego de un rato de escapar deciden ir al Ático. Cuando cierra la puerta, Víctor vuelve inmediatamente donde Amelia para besarla y ella lo abraza con fuerza. Se mantuvieron así por un tiempo hasta que los pequeños besos eran ahora un poco más largos, profundos y curiosos, jugaban con sus labios, hasta que sus lenguas se rozaron, lo que les provocó una grata sensación de placer y satisfacción.
— Desde que aceptaste mi amor, no he dejado de pensar en ti y lo maravilloso que se siente esto — suspiraba Víctor, mirándola con ojos tiernos.
— Yo también pienso mucho en ti, pero sigo teniendo miedo, a que esto se terminé y te alejes de mí.
— Eso nunca pasará, porqué te amo
— Eso me da fuerzas, quiero ser siempre tuya, quiero que siempre seas mío, quiero compartir todo contigo — Amelia se acerca nuevamente a los labios de Víctor, cerrando los ojos para besarlo, a lo que él le acariciaba el rostro.
— Mi preciosa Amelia, Dios te trajo como un regalo para mí, te cuidaré como lo que eres, un precioso obsequio del cielo.