Los padres de Amelia, esperaban que Juan se le confesara durante la fiesta. Para ambas familias no era secreto que el muchacho albergaba sentimientos por Amelia, solo que no entendían porque ella no lo aceptó inmediatamente y pensaban que era para mantenerlo expectante, como un simple capricho de una niña.
— Cuéntame Amelia, ¿cómo te fue en la fiesta? — Mercedes le pregunta a la joven que estaba bordando a su lado, mientras su hijo practicaba un nuevo repertorio de melodías en el piano.
— Bien señora, baile mucho
— ¿Y los muchachos? ¿alguno en especial?
Víctor se mantenía atento a la conversación de las mujeres que charlaban a sus espaldas, mientras él se mantenía inmutable tocando el piano.
— Habían muchos en la fiesta, todos querían bailar, pero no me dejaban salir para ir a descansar — respondía la joven rubia haciendo muecas de disgusto al recordarlo.
— Eso era lógico — ríe Mercedes dándole puntadas a su tela — ¿algún muchacho que quiera cortejarte?
Amelia miraba la espalda de Víctor mientras él seguía practicando sus lecciones.
— Si. Juan, el hijo del cuidador de los establos.
De la impresión, Víctor deja caer sus manos en las teclas del piano realizando un sonido muy desagradable, se voltea y mira a Amelia con expresión angustiada.
— ¿QUÉ?
— Ah... Víctor, que sonido más feo — Mercedes se masajes un oído — Sigue practicando por favor, estamos hablando algo privado.
Él mira a su madre, estaba agitado y asustado por lo que dijo Amelia. Retoma el piano, pero no podía concentrarse y desafinaba cada tanto, puesto que su mente no estaba en ese lugar. Se sentía tan impotente por no poder hacer nada.
— Me alegra mucho Amelia — continúa charlando Mercedes con la joven — Él es un hombre esforzado, además que aprende del Herrero, muy buen partido para ti
— Pero aún no lo he aceptado
— ¿Y eso por qué?
— Es que aún lo estoy pensando. Tengo miedo de tener una relación madura, aún siento que soy una niña
— Pero ya tienes 14 años, muchas jóvenes se comprometen a tu edad. Pero me parece bien que esperes un poco más, así el muchacho no creé que tu amor se consigue tan fácilmente
Amelia mira como la señora Mercedes reía, pero ella estaba triste. No quería una confesión de Juan, esperaba una de Víctor, pero el destino era cruel y le gustaba jugar con los sentimientos de las personas. La joven ya no quería seguir hablando de ese tema que era algo tan delicado para ella, así que se levanta de su asiento y guarda su bordado.
— Ya tengo que bajar para ayudar a preparar la cena, con su permiso señora.
— Si Amelia, ve...
La señora Fortunato se despide de la joven y mira como Víctor nuevamente deja de tocar cuando Amelia cierra la puerta. Sabía que estaba triste, pero en su vida, muchas veces se le rompería el corazón por enamorarse de quien no debía y por lo mismo tocó el tema con Amelia, para que si hijo abandone esa ilusión que no tenía futuro.
En las cocinas, Amelia estaba pensativa mientras ayudaba a preparar una pierna de cordero al horno y seguía con las guarniciones.
Víctor aparece por la puerta de la cocina, la mira y sin decir nada, la toma de la mano, para salir con ella afuera a los establos. Cuando llegan, ven a Juan, quien estaba arreglando algunas herraduras.
— Ensilla a Pimienta — Víctor le ordena a Juan
El muchacho inmediatamente se dirige al caballo favorito del joven señor y comienza a colocar la silla de montar.
— ¿Iremos con Amelia? — pregunta Juan, ajustando las amarras a la yegua.
Víctor no responde. Cuando Juan termina de ensillar, éste se dirige a otro caballo café manchado, para colocar la montura. Aprovechando la distracción de Juan, Víctor toma a Amelia por la cintura y la sube al caballo sin decir nada, para luego subir tras ella y salir a todo galope.
El que salgan sin esperarlo, toma de sorpresa al muchacho de los establos, quien corre tras el caballo.
— ESPERE... NO PUEDE SALIR SOLO — Grita, pero ambos ya estaban muy lejos como para alcanzarlos. Por la frustración, Juan arroja la silla en señal de enfado, asustando al caballo manchado que lanza un chillido.
Mientras corrían a todo galope, Amelia no entendía porque Víctor tenía esa reacción, pero no quería preguntar nada, ya que debía de estar enojado, hasta que llegaron a una zona de rosales cerca del río.
Víctor le ayuda a bajar y lo mira por primera vez desde que salieron. Él no estaba molesto, solo se notaba triste.
Tomando de las riendas de Pimienta, Víctor le acaricia la cabeza para luego llevarla al río a que beba agua, no mira a Amelia, solo estaba pensativo acariciando a su caballo.
— ¿Te comprometerás con Juan? — termina diciendo él con voz apagada.
Ella quería darle una explicación, sentía que era desleal a su propio corazón.
— Probablemente lo acepte.
— Es que acaso ¿Estas enamorada de él?
— Es porqué es al único que conozco. Tarde o temprano deberé casarme, él podrá darme una buena vida y cuidará de mi
— ¿Qué no conoces a nadie más? ¿Qué hay de mí?
Amelia estaba sorprendida a lo que le dice Víctor y habla apresuradamente.
— Tú nunca podrías ser mi esposo, así que eso no tiene importancia
— ¿Y si pudiera serlo? — continúa Víctor, sin dejar de mirar el río.
Ella también mira al río, no sabía que responder, quizás lo mejor era no hacerlo y guarda silencio.
— Antes decías que yo era tu príncipe ¿desde cuándo eso cambió? — pregunta Víctor al no tener respuesta
— Éramos niños en esa época, ya a pasado mucho desde eso
Víctor le devuelve una mirada triste y se acerca para tenerla de frente.
— No te comprometas con Juan.
— ¿Por qué no?
— Porqué te amo. He estado, enamorado de ti desde hace mucho, si te casas con él, siempre seré desdichado y mi corazón no lo soportaría — en la voz de Víctor se notaba amargura.
Amelia no sabía si estar feliz o triste, siempre quiso escuchar eso, pero al saberlo ahora, solo complicaba aún más todo.
— Pero está mal, sentimientos como esos no tienen futuro
— Solo deseo conocer tus sentimientos, si tengo esperanzas de aspirar a tu amor y si las miradas que nos entregamos cada vez que nos vemos, son porque me amas tanto como yo a ti o solo ha sido una tonta ilusión.
Víctor toma las manos de Amelia, las besa y apoya su mejilla en ellas mientras suspiraba.
— Yo estoy enamorada de ti, desde siempre has sido mi príncipe soñado y más que nada en este mundo quisiera estar a tú lado. Pero a pesar de eso, aceptaré un compromiso con Juan — termina diciendo Amelia, con lágrimas en los ojos que comenzaron a escaparse, derramándose por sus mejillas.
— Amelia, dame solo una oportunidad, yo solucionaré esto, si me quieres, eso es lo único que me importa
Víctor estaba emocionado y su corazón palpita con fuerza. Si Amelia compartía sus mismos sentimientos, lucharía para que estén por siempre juntos, aquello hacia que nacieran nuevas ilusiones en él.
— Pero eso no lo puedes arreglar, tus padres te comprometerán con alguna dama de buena posición
— Rechazaré a todas...
— Pero eso no quiere decir que te permitan estar conmigo ¿Cómo lo harás?
— Aún no lo sé, pero dame tiempo. Se solo mía, te juro por Dios que no te abandonaré, porque lo que siento por ti es muy real
— No jures el nombre de nuestro señor en vano, es pecado
— Lo sé, y es por eso que lo hago. No te daría un juramento que no puedo cumplir. Por favor, acepta mi amor y cuida de mis sentimientos que son lo más puro que tengo, porque tú eres lo más hermoso que tiene mi vida.
La joven se ruboriza, confiaba en Víctor, el siempre cumplía lo que prometía y era rebelde con lo que se le imponía. Nuevas emociones nacen en el pecho de Amelia y decide entregarse a ese sentimiento tan placentero.
— Entonces, te entregaré mi corazón y yo cuidaré de tu amor, porque tú eres el dueño de todos mis pensamientos, mi dulce príncipe.
Víctor deja las manos de Amelia en su pecho y la envuelve entre sus brazos para darle un pequeño beso en los labios. Ese era el primer beso de ambos y esto hizo que el pequeño fuego que tenían en su interior ardiera con mayor intensidad.
Ambos siguieron hablando un poco más sobre sus sentimientos, hasta que decidieron regresara los establos. En el camino de regreso, ninguno decía nada, no necesitaban hacerlo, puesto que estaban dichosos de saber que su amor era correspondido y cada tanto suspiraban.
Juan cuando los ve regresar, deja sus actividades de lado y va a la casa patronal a toda prisa.
Con la ayuda de Víctor, Amelia baja del caballo y le acompaña a dejar a Pimienta adentro del establo. Cuando vuelven a salir, ven a Juan, que venía en compañía de Celenia y Doña Mercedes, quien estaba notoriamente molesta y sus ojos ya no eran cálidos.
— Como te atreves a desobedecerme — dice Furiosa Mercedes, dirigiéndose a su hijo de manera amenazante — te he dicho a más no poder que no puedes salir solo. Pensé que tenía un hijo listo que podía entender órdenes.
— Pero madre, ya se cabalgar ¿por qué tengo que ir acompañado de otro que cabalga menos que yo? — se justificaba Víctor
— También señora se ha llevado a Amelia, pudo ponerla en peligro — intervenía Juan.
Aquello molesta a Víctor, dándole un empujón fuerte a nivel del pecho al chico moreno que le delató.
— Y tú ¿por qué tienes que hablar de lo que no te importa? eres un patético.
— ¡Ya basta Víctor! — contesta del malhumor Mercedes — he aguantado que seas rebelde y atrevido con todos, pero conmigo no lo serás.
— Es que no es justo madre, ya no quiero que me trates como un niño, quiero respeto.
— El respeto se gana y no sabes cuál es tu lugar. Además, me estas respondiendo, no vas a cabalgar a Pimienta y tampoco quiero que te veas a solas con Amelia hasta que levante tu castigo.
— Pero madre...
Sin aguantarlo, Juan mordía sus labios para no explotar en carcajadas. El escuchar la reprimenda que le da la Señora Fortunato a su hijo, le hacía ver como un niño pequeño, lo que era muy cómico. Aquella sonrisa de Juan, hace enfurecer a Víctor.
— Y tú ¿de qué te ríes? no puedes solucionar tus problemas sin tener que buscar apoyo en otros.
Víctor toma por la camisa a Juan y lo empuja a la pared de los establos. Ambos querían pelear, pero todo se detiene cuando la señora Mercedes abofetea a su hijo y se lo lleva a la mansión tirándole una oreja. Ser llevado de esa manera, le hacía sentir tan humillado, pero era peor el dolor que tenía en la oreja, pensaba que se la arrancaría y escuchaba a su madre que le decía que se iría sin cenar esa noche, pero le trae alegría ver a Amelia, al menos todo esto valió la pena para poder llevarla en sus pensamientos esa noche.
Durante la cena, Amelia no pudo ver a Víctor, ya que estaba castigado en su habitación. Después de limpiar la mesa, las criadas llevaban a la cocina las sobras y se repartían. Amelia saca porciones de carne de cordero con guarnición y lo guarda en un plato. Cuando ya todos estaban terminando sus labores, aparece en las cocinas Juan, para buscar a Amelia.
— Señora Mariana, ¿me permite acompañar a Amelia a su casa? — pregunta el muchacho a la mujer que estaba limpiando las ollas.
— Claro que sí, vallan. Amelia, deja eso y ve con Juan — le ordena a su hija que estaba guardando la vajilla en los estantes.
La joven deja su delantal y acompaña a Juan. Mientras caminaban, Amelia escuchaba como él le contaba lo que había hecho aquel día, a lo que ella solo escuchaba y se mantenía en silencio, no le gustaba que él albergará esperanzas mientras ella pensaba en otro hombre.
— Hoy esperaba poder estar contigo a solas, he pensado tanto en ti ¿Tú has pensado en mí?
Amelia miraba el plato con los restos de la cena y se lo entrega a Juan.
— Toma, lo guarde para tu familia
— Gracias — Juan lo recibe sonriente — ¿sabes que nuestros padres estarían felices si formalizamos?
Amelia no sabía cómo evadir aquel tema, no quería hablar con él sobre algo comprometedor, pero tenía que guardar en secreto de la relación que formó con Víctor esa tarde. No pensaba que tener un amor prohibido podría lastimar a tantos y sentía lástima por Juan.
— Si, pero yo aún no sé...
— Claro, no te estoy presionando, es solo que me da felicidad pensar en el día en que me aceptes
Amelia seguía caminando. Todo el bello momento que vivió con Víctor quedo atrás y solo le preocupaba su familia y Juan. La culpa le remordía la conciencia.
— Nuestro día libre, por favor sale conmigo, le pediré permiso a tu padre — volvía a decir Juan
— Hem... si, está bien — Ya había llegado a la puerta de su casa
— Perfecto, vendré a buscarte. Prepararé algo bonito para ese día — Juan le da un beso en la mejilla y se marcha muy feliz.
Cuando Amelia ingresa a su casa, se sentía pésimo. Ante ella su vida se encontraba en una bifurcación, por un lado estaba hacer lo correcto, agradar a sus padres, a Juan y a todos en realidad, menos a ella misma. Por otro lado, estaba Víctor, ese camino era tortuoso y lleno de espinas, si tomaba ese camino haría llorar a muchos, pero obedecería a sus sentimientos. Necesitaba una señal, algo que le diga que hacer. Cuando se dirige a su cama, lo primero que ve es el arlequín, lo toma y lo presiona con fuerza en su pecho, eso la calmaba, lo mira nuevamente y piensa si ¿esa era su señal? Aquel fue el primer regalo que le dio Víctor y era su posesión más preciada, tal vez él era su futuro y debía confiar en la fuerza de sus sentimientos.