Capítulo 3

1436 Palabras
Cuando Helena despertó, lo primero que sintió fue un dolor profundo que recorría todo su cuerpo. Cuando abrió los ojos, primero se dio cuenta de que estaba en un hotel. Luego recordó que la noche anterior se había acostado con un hombre. Afortunadamente, podía estar segura de que no era el sórdido calvo. Recordaba su mandíbula perfectamente delineada, su voz profunda y ese aroma limpio y fresco que la envolvía. Y, para su sorpresa… había disfrutado la noche. Mientras se vendaba la herida, su teléfono comenzó a sonar insistentemente. Era Madeline. —¿Dónde estás? Ya reservé el boleto. El avión despega en dos horas y no había podía comunicarme contigo. ¡Estoy muy preocupada! —dijo con ansiedad. —¡Ya voy! Se vistió a toda prisa. Al comprobar que el cheque seguía en su bolsillo, suspiró aliviada. —Anoche gané un millón de dólares. Es suficiente para empezar una nueva vida en el extranjero. Esa ciudad la asfixiaba. No quería quedarse ni un segundo más. Le pidió a Madeline que llevara sus documentos, se puso los zapatos y salió apresuradamente. Sobre la mesilla de noche, una nota cayó al suelo sin que ella lo notara. En ella solo había un nombre y un número: William 66638927378 … Cinco años después. En el Aeropuerto Internacional de Donttan, Helena salió de la terminal empujando dos maletas mientras caminaba con tacones altos. Vestía un elegante vestido n***o de hombros descubiertos que hacía resaltar la claridad de su piel. —¡Mami! Dos adorables niños corrían detrás de ella. —¡Mami, espéranos! Cinco años atrás, había pasado la noche con un desconocido en aquella sinuosa carretera de montaña. Después de llegar a La Ciudad de Lanix, junto con Madeline logró ingresar a la universidad. Más tarde fundaron un equipo de investigación y desarrollo. Sus logros actuales eran el resultado de años de esfuerzo incansable. Con apenas veinticuatro años, Helena ya era madre de dos hijos. Aquella noche imprudente en la montaña había sido la razón. Y no se arrepentía. Estaba convencida de que nunca volvería a enamorarse. Para ella, esos dos niños eran un regalo del cielo. Detuvo un taxi, guardó el equipaje y se volvió hacia ellos. —Olivia, Aaron, vamos. Suban al taxi. Aaron York, con sus brazos y piernas regordetes, entró primero. Luego se giró para ayudar a su hermana menor. —Ven, Oli. Déjame ayudarte. El taxista no pudo evitar sonreír ante la escena. Dentro del vehículo, Helena se quitó las gafas de sol y observó las luces cambiantes de la ciudad a través de la ventana, perdida en sus pensamientos. Una vez juró que jamás regresaría. Ese lugar le recordaba la humillación y el resentimiento del pasado. Pero ahora podía enfrentarlo. Ser madre la había vuelto fuerte y valiente. Esa noche de verano, la vida nocturna de Donttan apenas comenzaba. Las calles brillaban bajo un mar de luces. En el Ayr Grand Hotel se celebraba el seminario trienal de investigación y desarrollo en cosmética. Numerosas empresas del sector asistían, muchas con prestigiosos logros en la industria. Helena llevaba un vestido de noche azul marino sin tirantes que realzaba perfectamente sus curvas. Su presencia combinaba pureza y sensualidad de una manera hipnótica. Sus ojos almendrados eran brillantes… pero indescifrables. —¡Mami! Sus hijos la seguían vestidos con atuendos formales. En cuanto aparecieron, atrajeron todas las miradas. La niña tenía rasgos delicados, muy similares a los de Helena. El niño, en cambio, mostraba una expresión seria impropia de su edad, lo que lo hacía aún más adorable. Algunas personas exclamaron con admiración. —Owen, mira… ¿esa es Helena? —susurró Eliza desde un rincón, apretando los puños—. ¿Esos dos niños son suyos? Al principio, Owen permaneció impasible. Pero cuando la vio, quedó momentáneamente atónito ante su belleza. Aun así, fingió indiferencia. —Podrían ser adoptados. ¿Y qué? —Por favor, Owen… no digas eso. Pase lo que pase, sigue siendo mi hermana menor —dijo Eliza con una expresión triste y melancólica—. Ha regresado… pero ni siquiera volvió a casa. En ese momento, Helena notó las miradas frías y cargadas de desprecio dirigidas hacia ella. Owen, furioso, rodeó a Eliza con el brazo y caminó hacia Helena. —Oh, miren quién está aquí. ¿No es Helena, la que fue abandonada por mí y expulsada de la familia York? Después de desaparecer tanto tiempo, ¿cómo te atreves a volver? ¿Esos son los niños que recogiste mientras hurgabas en la basura? Helena dio un sorbo a su vino tinto y lo miró con indiferencia. —¿Por qué hay un imbécil ladrando por aquí? —¿Qué dijiste? Owen estaba a punto de perder el control cuando Aaron se adelantó y lo miró con frialdad. —¿Eres tonto o solo finges? ¿No sabes lo que significa imbécil? Si quieres ver uno, mírate al espejo. No solo eres un cabrón, también eres repugnante. ¿Lo sabías? Las palabras del niño dejaron a todos boquiabiertos. —¡Qué niño tan insolente! —murmuraron algunos. Con lágrimas en los ojos, Eliza intervino: —Helena, ¿por qué no nos contactaste? Mamá y papá se preocupan mucho por ti… Tú… Miró a Aaron. —¿Es… tu hijo? —Tú sabes la respuesta —replicó Helena con calma. Aaron se mantuvo erguido, con expresión fría. —¿Eres la tía Eliza? ¿La que se acostó con el prometido de su hermana y tuvo un hijo con él? Sacudió la cabeza con desdén. —Solo eres dos años mayor que mi mamá, ¿verdad? Si no lo supiera, pensaría que eres la madre de este señor. —Aaron —lo reprendió Helena suavemente—. No te rebajes hablando con cualquiera. Criados en los círculos más altos de La Ciudad de Lanix, ambos niños poseían una seguridad impropia de su edad. Owen, enfurecido, escupió: —¿De dónde sacaste a esos bastardos? ¿Te embarazaron mientras eras la amante de alguien? En el pasado, si te hubieras portado bien, quizá te habría dado una oportunidad. Pero ahora, ni aunque te arrastraras hasta mi cama te aceptaría. De pronto, una copa de vino se vació sobre su rostro. Helena fingió sorpresa. —Lo siento. Se me resbaló la mano. Se tapó la nariz con gesto exagerado. —¿Dónde está el guardia? Hay un animal contaminando el ambiente. Los asistentes eran figuras influyentes; ningún guardia se atrevía a intervenir. En el segundo piso, un hombre observaba la escena con una copa en la mano. Alto, de mirada afilada como la de un halcón, frotaba distraídamente el cristal con los dedos. —Señor… —murmuró Carl. También había reconocido a Helena. Durante años, William la había buscado sin éxito. Y ahora aparecía frente a él. Además… el niño a su lado era prácticamente una versión en miniatura de él. William no dijo nada. Se limitó a observar. —Señor… William bajó la mirada. Una niña de cabello trenzado, con una pequeña corona brillante y un vestido rosa de princesa, lo miraba con ojos grandes. Era casi una réplica femenina de Helena. Sus párpados temblaron levemente. —Quiero a mi mami. ¿Puedes llevarme con ella? William, sin saber por qué, la tomó en brazos. Olivia sonrió encantada. —¡Señor, eres increíble! Bajaron las escaleras justo cuando Owen levantaba la mano. —¡Perra! ¡Hoy te voy a matar! ¡Te atreves a volver con esos bastardos! —¡Mami! El grito de Olivia hizo que todos voltearan. Helena frunció el ceño. La niña rodeó el cuello de William con los brazos y lo besó en la mejilla. —¡No somos bastardos! ¡Este es mi papá! Un silencio sepulcral se apoderó del salón. William Kidman. El presidente del Grupo Eternity. El hombre que había construido el conglomerado más poderoso del país desde cero. —¡Señor Kidman! —exclamó alguien. Uno a uno, los presentes reaccionaron. Eliza miró a Helena con resentimiento oculto. Owen soltó una risa incrédula. —Imposible. Esos niños claramente… No terminó la frase. Carl le propinó una patada brutal que lo obligó a arrodillarse. Cuando intentó levantarse, recibió otra. —¡Maldita sea! —gritó Owen, alzando la vista. Primero vio unos zapatos de cuero n***o impecables. Luego, unas piernas rectas y firmes. Finalmente, se encontró con la mirada gélida de William. —¿Grupo Johnson? —preguntó con voz helada. El hombre lo miró con frialdad y, con una voz helada, sentenció: —Mañana el Grupo Johnson desaparecerá para siempre. —¡Guau…! Nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra.
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