Un sendero

2963 Palabras
El camino estaba lleno de tropiezos, después de un largo tiempo de cruzar por calles que en cada esquina se alumbraban con lámparas, este se había poblado de árboles, unos tan altos y tan espesos, que limitaban el paso de la luz de la luna, el río se escuchaba a pesar del ruido de los motores el cauce era tan elevado qué su estruendo sobrepasaba los cristales de las camionetas blindadas, Cala trataba de mantenerse inmovil, era capaz de observar fuera de la camioneta, pero no tenía sentido para ella, había perdido la noción del espacio donde se encontraba, miraba con el rabillo del ojo a Blake, este miraba al frente mientras con una de sus manos tocaba su propio hombro con fastidio. La lluvia comenzó a caer, era el mes de mayo y en ese lugar el temporal era impredecible. —Blake, el avión no podrá volar debemos refugiarnos —indicó Santiago, este era el hombre que le había indicado qué tenían que salir de prisa de la boda, Cala escuchó, abrió los ojos sorprendida de sus palabras, pues significaban, que no eran lugareños, o en todo caso que no tenían intenciones de quedarse en esa ciudad. —Bien ya sabes a donde ir, asegurate de que todo esté listo —ordenó Blake, sin chistar, solo fijó su mirada por la ventana, como si sus ojos tuvieran la habilidad de ver a través de la penumbra. Cala trataba de mantener la cordura en ese momento, de que serviria llorar, hacer una rabieta o incluso lanzarse fuera de la camioneta, mientras esta iba a toda velocidad, su temor era real, estaba siendo llevada en contra de su voluntad a un lugar desconocido, por un hombre que jamás había visto en vida, y que lo único que lo conectaba a él, era Antonio. Durante el camino ella se preguntaba si lo que Antonio trataba de decirle antes de la ceremonia tenía algo que ver con lo que estaba pasando, repasó una y otra vez las palabras de Antonio, desde que tocó a la puerta, su insistencia por decirle algo, el vaso de whisky, la forma en la que aceptó guardar silencio, y el momento exacto que estaría en su mente por mucho tiempo, los disparos, los gritos, y la osadía de Blake, al raptarla. Cada recuerdo solo atormentaba más a Cala, pero al mismo tiempo, le daba espacio para la cordura, de alguna forma recordar todo, la mantenía despierta y atenta a lo que sus captores hacían y decían. Después de más de tres horas, las camionetas se detuvieron y con ellas todos los que estaban dentro. "¿volverá a cargarme?, ¿se atreverá a toamarme por la fuerza?" Cala respiró profundo, realmente no era capaz de ver nada más allá de su nariz literalmente, estaba agotada, y sus manos aún punzaban por la heridas que las espinas de las rosas habían hecho en su piel, los varios metros de tela en los que estaba envuelta, no era nada simple de manejar, el chofer abrió la puerta. —Baja —ordenó Blake, y destino un par de segundos, para mirar el rostro de Cala, despues de eso le dio la espalda, y cerró la puerta de prisa. Para Cala todo era extraño y nuevo al mismo tiempo, tal vez tres o cuatro películas policiacas que ella había visto, no eran una buena referencia en ese momento, llegó a imaginar que sería amagada, al salir del auto, pensó incluso que alguien cubriría su visión con un costal de algodón, pero todo fue distinto, el chofer, esperó paciente deteniendo la puerta, Cala intento no verlo a los ojos y puso los pies sobre el suelo, los tacones comenzaban a lastimar sus dedos, tomó un par de segundos para que ella pudiera controlar su equilibrio, recogió como pudo la tela de su vestido entre sus manos, este estaba arruinado, lo observó por un momento, y una lágrima rodó por su mejilla. Ese momento era el más honesto que había tenido durante toda la noche, era el fin de la boda y no suponía que eso no hubiera ocurrido horas atrás, pero ese instante exacto, al ver su vestido manchado por la sangre de sus manos, su pies puestos sobre un camino empedrado, la falta de luz, y un hombre de semblante oscuro esperando que ella diera un par de pasos para cerrar la puerta, todo al mismo tiempo, le mostró la realidad, una que ya conocía, pero que en ahora tomaba sentido y que durante horas se había aferrado a aceptar. Tragó saliva y con ello también sus esperanzas, respiró profundo y caminó rodeando la camioneta, con los varios metros de tela aun entre sus manos una luz atrajo su mirada, otro hombre iluminaba el pazo con una lámpara delante de ella, Blake caminaba firme, y ella podía ver el ancho de su espalda y su gran altura, pero solo la silueta, no tenía una imagen clara o perfecta del hombre que daba pasos largos y firmes. —Muévete —dijo el hombre que alumbraba, ella bajó un poco la mirada y se aseguro de no tropezar, pasaron varios minutos y cientos de metros. Entre arbustos y una vereda estrecha el haber caminado ahora tenía sentido para Cala, una enorme casa estaba delante de ella, con muros altos sin acabados elegantes, más bien rústicos, una puerta considerablemente grande, Cala pudo ver después de algunos segundos, que la casa estaba rodeada de pasto recién podado y árboles enormes. La puerta se abrió y varios hombres que en ese momento para ella eran iguales a los demás que habían irrumpido en su boda, le daban la bienvenida a Blake. —Muchachos pasaré la noche aquí, quiero whisky, y un poco de fuego —ordenó Blake con una mirada infalible. Cala guardó silencio estaba a algunos metros, pero el blanco de su vestido, lograba llamar la atención de los hombres. —¿Y ella? —preguntó uno de los hombres, era muy joven, tal vez tenía algunos veinte años. —Disculpa, mis malos modales —dijo Blake, girando el rostro, tratando de mirar los ojos de Cala. —Su nombre es, ¿cuál es tú nombre? —preguntó, y a pesar de la locura qué estaba viviendo Cala en ese momento, por un segundo las palabras de Blake le irritaron, pensó en que su raptor era un maldito, que no se había tomado, la molestia de siquiera aprender su nombre, trató de buscar los ojos de Blake y después de eso, pensó en hablar, pero no fue necesario, o Blake no lo creyó así. —Su nombre no importa, sólo búscale un lugar, no necesito ordenar paso a paso lo que debes hacer, ¿o si? —dijo Blake, retiró la mirada qué dirigía hacia Cala y con una sonrisa torcida, mostró el blanco de sus dientes, después de eso entró a la casa, está era considerablemente elegante, para estar metida en un bosque. Cala, caminó sin esperanzas, el joven la tomó del brazo para que ella pudiera subir las escaleras, y notó cómo Blake desaparecía en el pasillo de la entrada, ella quiso seguir sus pasos, y él joven, de barba descuidada, le indico qué la entrada de ella era más adelante, caminaron por un pequeño tapanco, que los dirijo hasta lo que parecía ser la cocina, las luces eran tenues, cruzaron un pasillo, y luego otro, una puerta de madera se mostraba al fondo, el joven caminó delante de ella abrió la puerta, Cala trataba de parecer normal, como si estuviera descubriendo su habitación una qué había alquilado para pasar la noche. —Señora pase —dijo el joven. —No soy señora —reclamó ella con la voz sombría. —Disculpe —dijo él, y Cala sintió algo que pocas veces había experimentado al mismo tiempo, la rabia y la compasión, se preguntaba qué hacía un hombre tan joven metido en ese lugar, la forma en la que se había disculpado, le hacía creer que era un joven que no encajaba, todos los demás con los que se había topado esa noche eran, groseros y prepotentes, de rostros duros y miradas intensas, pero ese joven parecía incluso amable. Cala, miró a su alrededor, sus ojos no eran capaces de ver lo que había a su alrededor, el joven, encendió la luz, y Cala no pudo controlar el llanto, uno sutil uno de esos que no son expresivos, pero qué se sienten en el alma. Una cama rústica y vieja, con sábanas limpias y un cajón pequeño a lado de la cama, eran todo lo que había, una ventana considerablemente amplia, pero cubierta de barrotes por la parte externa y una puerta más al fondo, donde se encontraba el baño. Cala era una mujer, de gustos exclusivos, sus padres le habían dado la mejor vida posible, y aunque llevaban dos años muertos, siempre se preocuparon por el bienestar de su única hija, ella era una millonaria heredera, jamás se había preocupado, por dónde dormir o que comer a media noche, en ese momento al ver el lugar donde pasaría la noche le causaba algo más que solo temor, sentía un enorme desprecio por Blake. —Mi nombre es Cala Bennett —dijo ella, al girar el rostro, el joven la miró y ladeo una mueca de agradecimiento. —Yo me llamo Lorenzo Tattaglia —dijo él con un ápice de bondad en sus ojos azules. —Es un apellido, muy especial —dijo Cala, intentado comunicarse con el único hombre que esa noche no había sido un estúpido con ella. —Lo sé, debo irme ojalá pueda descansar —dijo Lorenzo, ella asintió con la cabeza de una forma casi imperceptible y Lorenzo cerró la puerta dejando a Cala sola, en ese vacío lugar, ella se quitó los tacones, y los lanzó al suelo, caminó hasta la ventana con los pies descalzos aún tomando los varios metros de tela, de su vestido, y pudo ver su reflejo, sus ojos estaban ennegrecidos, su vestido estaba arruinado de la sangre se sus propias manos, el peinado alto, que le había tomado dos horas a la peinadora, parecía un nido arrasado por la tormenta. Cala no paró de llorar, comenzó a quitarse cada broche metido en su cabello, las perlas de sus orejas y el collar qué su cuello aún lucía, también lo retiró, puso las joyas en el filo de la ventana, miró el anillo de compromiso con el que Antonio le había propuesto matrimonio, seis meses atrás, lo observó durante varios minutos, y con él corazón roto, con los ojos secos y con el alma quebrantada, se deshizo de él, pero esto no lo coloco en filo de la ventana cayó al suelo de madera, haciendo un sonido particular, una similar al qué Cala sintió cuando Antonio le dijo que volvería por ella. "Pudiste tomarme de la mano y hacer que corriera a tu lado, pero solo te fuiste". Cala se cansó de mirar por la ventana, aunque su pies ya no le punzaban, sentía el cansancio de sus piernas, no solo físico era su desgaste, también era emocional, pasar del mejor al peor día de su vida en un segundo no era fácil, para ella, estaba tan cansada de repasar todo en su cabeza, que casi parecía lejos de la realidad, sus ojos verdes estaban dispersos, su mirada parecía confundida, ella se sentó en el suelo, debajo de la ventana, todo su vestido servía de cojín para amortiguar lo duro de la madera, con los codos encajados sobre sus rodillas, con la piernas dobladas, y las manos sosteniendo su cabeza, Cala miraba a la puerta, el silencio en ese lugar, la hacía escuchar con más fuerza sus pensamientos, y de todo lo que pensaba, estaba segura de que tenía la fortuna de no estar amarrada en lugar oscuro, aunque su corazón en ese momento, estuviera metido en lugar así de aberrante. La puerta se abrió, ella despejó sus pensamientos, y puso real atención a la puerta. —Debes estar hambrienta —dijo Blake mientras Lorenzo llevaba una charola con pan, algo de leche y algunas semillas. Ella no respondió, Lorenzo puso la charola sobre el pequeño cajón al lado de la cama, y ella no se movió. —No sabes decir gracias —dijo Blake, su torcida forma de mirarla la hizo temblar. —Gracias —replicó ella, y bajó la mirada. —Cala, escúchame bien —dijo él, y ella entendió que Blake si recordaba su nombre, imaginó que tal vez Lorenzo lo había mencionado, pero descartó la idea de inmediato. —Alguien vendrá a curar las heridas de tus manos, date una ducha, y cambiate de ropa —lanzó una bolsa sobre la cama —, duerme lo más que puedas, será un viaje largo —explicó Blake sin entrar a la habitación. —Te daré lo que quieras, pero déjame ir —replicó ella poniéndose de pie, sin aproximarse a Blake, su voz estaba llena de desesperación. —Tú eres lo que quiero —respondió él y ladeo una mueca. —Por favor, lo que sea, solo… —su voz se quebró. Blake tomó la manija de la puerta y cuando estaba a punto de cerrar, las palabras de Cala lo detuvieron. —Antonio me encontrará —soltó ella. —¿Eso crees? —dijo él, torciendo una sonrisa. —No sé quién eres, ni porqué hiciste esto, pero te juro que Antonio me encontrará —replicó, ella. —Eso es lo que espero, acaso no entiendes lo que haces aquí —explicó, con ironía. Cala guardó silencio. —¿A dónde me llevarás? —preguntó con resignación, a su mente vino la imagen de Antonio escapando, y se cuestionó, si en verdad la buscaría, si podría albergar la esperanza de ser rescatada por el hombre que estuvo a punto de convertirse en su esposo. —Bueno, odio New York, cualquier lugar en el mundo es mejor que esta basura —dijo Blake, con mesura como si hablara con alguien que conocía de toda la vida. —No podrás sacarme del país, no tengo mis papeles —dijo ella y se sintió estúpida de inmediato, pensó en que un hombre como Blake, podía arreglar cualquier cosa con solo dar una orden, y no estaba equivocada. —Lamento tanto que solo conozcas a idiotas incompetentes, por tus documentos no debes preocuparte, yo me haré cargo —soltó Blake, sonrió y salió de la habitación. Cala, golpeó la puerta con las pocas fuerzas qué le quedaban, gritó al punto de dañar sus cuerdas vocales y después de algunos minutos, caminó hasta la bolsa, la abrió y encontró ropa, “jeans” y un par de blusas, un chamarra de piel, y unas botas negras, todo parecía ser de su talla. Con el cabello alborotado, los ojos manchados por el maquillaje y las manos heridas, supo que al menos por esa noche no tenía opciones, las órdenes de Blake eran claras, fue hasta la ducha, se quitó el vestido blanco, y también la lencería, abrió la llave y el agua comenzó a correr y entre lágrimas, y dolor físico, Cala lavó su cuerpo. Se puso la ropa que Blake le había entregado, incluso se probó las botas qué ajustaban perfecto en sus pies. Se dirigió a la ventana y ahí vio como la lluvia se intensificaba golpeando pequeños charcos qué se formaban en el suelo, miró su reflejo, su cabello estaba húmedo, ya no había maquillaje en su rostro, y las heridas de sus manos solo eran rasguños qué ya no sangraban. . Eran alrededor de las seis de la mañana, el sol aún no se asomaba en ese lugar del mundo, Cala no había logrado dormir absolutamente, pero estaba recostada sobre la cama, con las botas puestas. La puerta se abrió de prisa, ella se incorporó de inmediato, Blake estaba ahí, con un arma en la mano, Cala pudo ver al azul de sus ojos. —Muévete, es hora de irnos —ordenó. Cala se levantó y Blake la tomó de la mano, ella sintió algo extraño, algo la hizo pensar en lo cálida qué era su piel, tragó saliva y sin decir nada, comenzó a correr detrás de Blake, ambos corrieron en dirección opuesta a la entrada. —Por aquí —dijo Lorenzo, Cala no era capaz de entender lo que hacía o porque lo hacía, pero la mano de Blake tomando la suya era suficiente para que ella lo siguiera, una camioneta estaba metros adelante con las puertas abiertas. Corrieron de prisa Cala, no miraba nada más que él suelo, tratando de no tropezar. Se escucharon disparos, en todo el lugar, Blake se detuvo y le ordenó a Cala subir a la camioneta, Lorenzo subió también, Blake entró en el asiento del copiloto y Santiago esperaba dentro, con las manos sobre el volante, aceleró la camioneta y escaparon del lugar. —Date prisa, debemos llegar al aeropuerto —ordenó Blake. —Ese maldito de Antonio, no es tan cobarde después de todo —dijo Santiago, y Cala abrió sus ojos como dos platos, supo que Antonio estaba ahí por ella, y pensó en el collar, los aretes y el anillo qué había dejado en esa habitación, todos eran regalos qué Antonio le había dado en el pasado. Se lamentó por no haberse opuesto a salir corriendo de la habitación, de la mano de Blake, pero supo que era muy tarde para arrepentirse. Santiago logró encontrar un sendero, luego llegó a la carretera, y con los primeros rayos de luz, Cala se sentía cada vez más lejos de recuperar su libertad. —Aún no es tiempo de que vuelvas con él —dijo Blake sin mirar a Cala, y ella solo miro por la ventana.
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