Capítulo 2

961 Palabras
—¿Chris? ¿Puedo pasar? —se escuchó segundos antes de que la puerta se abriera y entrara Steven. Chris la soltó y le sonrió al chico. Se acercó a él y le dio un cálido abrazo. —Hola, amor —dijo felizmente, dándole un fugaz beso en los labios. Ella se quedó ahí, mirando como imbécil. Siempre pasaba lo mismo. Ella desvió la mirada, tomó su bolso y caminó hacia la puerta, con el corazón cada vez más destrozado y con la angustia a flor de piel por su hermana. Junto a Chris se había sentido protegida, pero tuvo que volver a la realidad, poner los pies en la tierra y recordar que él no estaba para cuidarla a ella. Él era de Steven. —Adiós, chicos —susurró rápidamente intentando no hacer notar su obvio desánimo—. Adiós, Steven, bueno verte. Adiós, Chris, cuídate. Ah, y gracias por todo. Dicho esto, abandonó la sala sin mirar atrás, sintiéndose aún peor. ¿Cuándo iba a finalmente aceptarlo? Chris era homosexual y jamás se iba a fijar en ella. Era imposible. No tenía nada que ver con belleza, con inteligencia o personalidad. Era algo simplemente imposible de manejar. Ella no era hombre y ese era probablemente el único defecto en su contra. Se encaminó hacia el hospital con el sol golpeando su frente. Se sentía agotada, triste y derrotada. Sabía que no podía darse por vencida. Nunca lo había hecho, menos ahora. Todo lo hacía por su hermana, pero hacía tanto que no podía estar junto a ella tanto como quisiera. Se sintió culpable y las odiadas lágrimas volvieron a correr a través de su rostro. Esperó el bus sintiendo todas las miradas de la gente centradas en ella. Odiaba esto. —¿Audrey? —dijo una voz conocida. Ella levantó la mirada y se lanzó a sus brazos. La gente seguía mirando la escena descaradamente—. ¿Qué paso? —Oh, Brad, no sabes cuánto te necesitaba —dijo ella sin responder lo preguntado. —No me has respondido, cariño —susurró él, acariciando suavemente su espalda. —Mi hermana, Brad —respondió ella por lo bajo. Una lágrima bajó por su mejilla—. Te explico luego, ¿sí? Ahora… ¿te puedo pedir que me acompañes a un lugar? —Claro, ¿a dónde? Tomaron juntos el primer bus que les servía. Él la fue abrazando todo el camino mientras ella la contaba suavemente lo que había sucedido. Su reacción no había variado mucho a la de Chris, incluso había sido peor. Brad había sido su amigo desde hace muchos años, por lo que ambos crecieron con Liz cerca. Audrey tenía la sospecha de que Brad estaba enamorado de ella. Después de todo, él tenía veinte y ella, dieciséis. No era algo imposible. Siempre estaba pendiente de ella. Audrey sería feliz si Brad y su hermana estuviesen juntos. Él la cuidaría como ella no podía y la protegería mejor que ella. Llegaron al hospital y fueron a recepción a preguntar por el doctor que había atendido a Liz. La secretaria lo llamó y los invitó a tomar asiento cerca. Brad tomó las manos de Audrey en señal de apoyo y ella le agradeció con una sonrisa. Minutos después llegó el doctor. —¿Señorita Konrad? —preguntó el doctor con serenidad al llegar hacia ella. Ella asintió—. Acompáñeme. —¿Puedo ir con él? —preguntó Audrey antes de seguirle. El doctor respondió que sí para luego comenzar a caminar. Ambos fueron a su lado—. ¿Cómo está? —Está bien, señorita, no se preocupe —respondió él con una amable sonrisa. Ella y Brad suspiraron aliviados—. Las pastillas la dejaron inconsciente, mas según los exámenes no será necesario el lavado de estómago. Sólo necesita reposo. —¿Está despierta? —preguntó Brad. —Sí, pero no quiere hablar con nadie —respondió el doctor. —¿Puedo hacer el intento? —preguntó nuevamente. Pobre Brad, moría por estar con ella y asegurarse que estaba bien. —Si quiere, joven —respondió abriendo la puerta de la habitación. —Yo me quedaré afuera, ve tú —dijo ella, sonriéndole a Brad. —Gracias —respondió, devolviéndole el gesto. Él entró a la habitación y la vio ahí, acostada, frágil. Se sentó a su lado y ella lo miró rápidamente, para luego desviar la mirada. Estaba avergonzada. Él tomó su mano con delicadeza y vio que estaba vendada. Sintió un nudo en la garganta. —¿Por qué lo hiciste, princesa? —preguntó suavemente. Los ojos de la muchacha se llenaron automáticamente de lágrimas. —No entiendes —susurró con la garganta seca. —No, no lo hago —afirmó con dulzura. Acarició su mejilla—. No entiendo como una muchacha tan hermosa e inteligente como tú llegó a esto. Te conozco desde que éramos niños. Siempre pensé que eras fuerte. No me vi venir esto. —No soy fuerte, Brad —respondió ella, apretando sus labios—. Me siento inservible. Me siento inútil. Me siento horrible. Él se bajó de la cama y se puso de rodillas frente a la cama, para poder mirarla a los ojos. —Tal vez no eres fuerte, pero no eres inservible ni inútil —le susurró seriamente—. Liz, eres la mujer más hermosa que he conocido, ¿cómo puede estar tan distorsionada tu visión de ti misma? Ella corrió la mirada con las mejillas ruborizadas. Con Brad se sentía como una niña pequeña. Él la obligó a mirarla y, sin previo aviso, la besó, después de tanto tiempo esperando que fuera el momento oportuno, lo hizo. No podía haber un momento más perfecto que este para hacerla sentir querida.
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