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Apariencias Abstractas

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love-triangle
de amigos a amantes
sensitivo
drama
ciudad
autodescubrimiento
solitario
naive
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intro-logo
Descripción

Christopher Hayes: atractivo, inteligente, sensible. Casi perfecto. Un hombre lo suficientemente acomodado para dedicarse a su arte y como para pagarme por posar para él. Además de eso, era mi mejor amigo y a quien adoraba en secreto. Un pequeño detalle en esta historia: su novio Steven me odiaba.

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Capítulo 1
—Llegas tarde —escuchó en cuanto abrió la puerta. Miró inmediatamente a quién le había hablado, y lo supo instantáneamente: Chris estaba enfadado. La miraba duramente, sentado con los brazos cruzados, apretando sus labios en una fina línea recta. —Lo siento, Chris, yo… —intentó excusarse ella, disculpándose con la mirada, sintiéndose sin fuerzas como para discutir, mucho menos si era con él. —No quiero excusas, Audrey, eso no quita que llegaste tarde —sentenció con severidad, sin moverse un solo milímetro. Ella bajó la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Le había dicho Audrey. Hacía mucho no lo veía así de molesto y justamente hoy que necesitaba un abrazo reconfortante únicamente de él, sólo recibía frialdad—. ¿Te costaba mucho avisar? Tú sabes que las sesiones son largas, no te puedes dar el lujo de llegar una hora atrasada. ¡Una hora, Audrey! —Chris, de verdad, yo…. —intentó mirarlo, pero bajó nuevamente la cabeza, sintiéndose incapaz de terminar la frase, y contuvo unas lágrimas. Respiró profundo y parpadeó varias veces con un profundo dolor de cabeza—. Lo siento. La cara del ojiverde se desconfiguró de un segundo a otro, sintiendo que su corazón se encogía. Se levantó para dirigirse hacia ella y la miró con preocupación. —¿Qué fue lo que pasó? —preguntó ahora suave, abrazándola cálidamente. Ella cruzó sus brazos alrededor de él y sollozó. —Mi hermana, Chris —respondió entrecortado—. Mi hermana está en el hospital y yo… ¡no sé qué haría si le pasara algo! —¿Liz? ¿Qué le pasó? —preguntó aún más preocupado, tomándola por los hombros y mirándola a la cara, esa que lo miraba aterrada y desolada. Se veía tan frágil que le dolía a él mismo—. Pequeña, dime, ¿qué le pasó? Había conocido a la hermana pequeña de Audrey hace un par de años, cuando recién la había contratado como modelo, y se había encariñado mucho de ella. Era la única familia que Audrey tenía y todo lo que ella hacía, lo hacía por ella. Se imaginaba el dolor que sentía en ese momento la pobre chica y quiso saber qué podría hacer para ayudarle en su tormento. —Ella… ella se intentó suicidar, Chris —respondió mirándole seria y con el dolor reflejado en sus ojos, tragándose las lágrimas. —¿Qué? —dijo atónito. Miró hacia todos lados confundido, tomó su mano y la sentó en el sofá, situándose junto a ella, moviendo su pulgar sobre el dorso de su mano, intentando darle apoyo—. ¿Sabes por qué? —Hoy… cuando venía para acá, fui a su habitación a despedirme —narró taciturna, juntando sus cejas y mirando un punto fijo. Él la miraba con atención, expectante—. Llamé a la puerta y no contestó. La había visto deprimida últimamente, entonces entré para asegurarme que todo estaba bien, pero… no. Estaba tirada en el suelo con un frasco de pastillas vacío en su mano. Yo… no supe qué hacer, sólo corrí a ella y la abracé, rezando que todo fuera una pesadilla. Tomé su pulso y era débil, pero seguía cálida. Corrí a llamar a emergencias y me quedé ahí, con ella, abrazándola, esperando que despertara y que me dijera que era una cruel broma, pero… pero no lo hizo —suspiró, intentando acompasar su respiración agitada—. Miré hacia todos lados, buscando algo que me explicara lo que había pasado, y ahí fue donde lo vi: el espejo roto con una nota pegada. Miré una de sus manos y no había notado que estaba ensangrentada. Comencé a llorar y la abracé más fuerte. Cada vez la sentía más fría… hasta que llegó la ambulancia y se la llevaron. Audrey volvió a mirar a Chris, quien la abrazó fuertemente. En momentos como esos, lo sentía como un hombre tan protector que no podía creer que realmente fuera gay. En momentos como esos, se sentía una mierda por preocuparse de algo así. —¿Qué decía la nota? —preguntó inseguro. Quizás no era el momento para hablar al respecto. Los brazos de la muchacha se apretaron aún más contra él y reprimió un sollozo. —“Perdóname, Audrey, pero no puedo soportarlo más. Te amo” —citó sombría y Christopher no supo qué decirle. Sólo la acunó entre sus brazos, acarició su cabello y besó su coronilla. La morena tembló entre sus brazos, sintiendo una ola gélida azotar su cuerpo, congelando sus huesos. —Tengo miedo —murmuró, chocando su aliento contra el cuello del chico—. Y me siento estúpida. ¿Cómo no lo noté antes? ¿Por qué no me di el tiempo de hablar con ella? ¿Por qué no me preocupé más? —gimoteó, apretando con fuerza la camiseta de quien la contenía—. Esto no tenía que ser así. Se suponía que… se suponía que… ¡se suponía que Liz estaba bien, que tenía todo lo que necesitaba! ¡Lo he hecho todo mal, he arruinado todo! Él cerró los ojos con fuerza, susurrándole palabras de aliento, afirmándolo mientras ella se retorcía de dolor y soltaba pequeños golpes contra él, respirando agitada y luciendo destrozada. —Tranquila, tranquila —apaciguó sedosamente, acariciando su espalda delicadamente y sosteniendo su cabeza contra su pecho—. No te culpes, quizás hay algo más detrás de todo esto. Ella estará bien. Audrey respiró costosamente y lo miró con los ojos enrojecidos. —¿Lo prometes? —suplicó. Christopher suspiró, cerrando los ojos y meneando suavemente la cabeza. —Tú sabes que no puedo prometer algo así —respondió entristecido. Besó su frente—. Sólo pensemos que así será. Ella volvió a hundir su rostro contra su cuello y se quedó ahí, tranquilizándose a sí misma. —Todo va a estar bien, pequeña —susurró, besando su frente, soltándola y poniéndose frente a ella, sonriéndole de lado—. Olvidemos la sesión de hoy, ¿sí? Salgamos por ahí, déjame hacer algo por ti. —No, Chris, no te preocupes, puedo manejarlo —respondió ella, mirando el suelo, haciendo alarde de una fortaleza de la que no estaba segura tener, con el cabello cubriendo parte de su rostro, la mirada perdida y triste. Chris sonrió. Se veía completamente hermosa, tan débil y frágil. Hermosamente melancólica. Su mirada lucía hipnótica, sus potentes ojos pardos brillaban de una forma espectacular. Algo hacía que los diversos colores dentro de sus iris resaltaran, mostrándose cada uno de ellos de una manera impresionantemente detallada. —Pequeña, sé que quizás soy un insensible por pedirte esto, pero, por favor, déjame retratarte ahora, tal cual estás —pidió suavemente. No quería alterarla más de lo que ya lo estaba. Ella lo miró sorprendida, pero no dijo nada y sólo asintió con la cabeza junto a una media sonrisa un tanto forzada. —¿Así está bien? —preguntó en un murmullo, volviendo a su posición anterior. —Perfecta, como siempre —respondió él. Audrey sintió una electricidad recorrerla de pies a cabeza, cerca de renovarla. ¿Por qué era tan perfecto y tan inalcanzable a la vez? Se sintió pésimo, una estúpida y despiadada ilusa. Su hermana estaba en un hospital después de haber estado a punto de morir y ella se encontraba preocupada de que Chris no era ni sería jamás para ella. Era una maldita inconsciente. La morena se quedó ahí, esperando que Chris hiciera su trabajo ágilmente, como siempre. Él era un pintor increíble. Tenía una destreza y rapidez que pocos poseían. Cada pincelada era suave, perfecta, y siempre lograba maravillas. Tenía una visión que lograba crear magnificencias de algo extremadamente sencillo. Audrey llevaba un par de años trabajando con él. Durante el primer año Chris tenía unas diez modelos aparte de ella. Era la más joven y, sin embargo, él se había quedado con ella. Bien era sabido que él prefería modelos con facciones más maduras, pero al parecer algo había visto en ella que le había gustado. Así pasaron un par de horas. Audrey estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no se dio cuenta de lo agarrotado que estaban sus músculos sino hasta después de que Chris le dijera que estaba listo. Ella intentó moverse, pero los músculos le ofrecieron resistencia, por lo que lo intentó nuevamente, más suave. Se levantó y quedó fascinada con la pintura. Siempre había encontrado que Chris la pintaba distinta, que en sus pinturas se veía excepcionalmente hermosa. Él miraba su obra con fascinación. —¿Sabes? Dicen que el arte jamás nace de la felicidad —dijo con voz profunda el pintor. La miró con una dulce sonrisa—. Hoy fuiste mi mayor inspiración, te lo agradezco, Audrey. Ella se sintió cohibida ante él y corrió su mirada. Él malinterpretó su mirada y se levantó con una mirada llena de arrepentimiento. —Lo siento, no vayas a pensar que abusé de tu sufrimiento —murmuró aterciopeladamente. Ella lo miró cuando él la tomó por los hombros. Había veces como esta, en las que ambos se quedaban mirando fijamente, sin decir absolutamente nada. Ella se sentía conectada con él cuando sus miradas se cruzaban así, pero, cada vez que pasaba, ella deseaba besarlo y no dejarlo ir. No sabía cómo, pero lograba controlar sus anhelos.

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