Italia en verano ofrecía todo el calor que podía uno imaginar. No se parecía al que traía la humedad de Buenos Aires, pero lograba el cometido de abrillantar la piel y acelerar el pulso. Mora agradeció llevar aquel vestido ligero y la elección de sus zapatillas cómodas. Luego de un día marcado por largas caminatas, helados sabrosos y postales dignas de enmarcar, sentía que no hubiera sobrevivido en otro atuendo. Habían llegado al aeropuerto de Roma en la noche y luego de haber elegido un plato rápido habían decidido ir a dormir. Pero en la mañana, ninguno había reprochado el horario, los cuatro habían estado listos para desayunar y exprimir sus días en Roma. Había sido agradable volver a ser cuatro. Una mesa alegre, con los cuidados de su mamá en los detalles y las bromas infantile

