La luz del sol se coló por la ventana e iluminó el rostro de Dominik, quien dormía plácido. Una sábana blanca cubría la mitad de su cuerpo, dejando su pecho desnudo al descubierto. Al otro lado de la habitación se podían oír los ronquitos de Carlos, quien dormía también. Ambos estaban agotados después de recorrer la ciudad, buscando un poco de distracción. Ambos aprovecharon el tiempo para conocer algunos lugares de Egipto. El sonido de un móvil hizo que se removiera entre las sábanas. Estiró su brazo y palpó la mesa de noche. Sin abrir los ojos tomó el móvil y respondió entre gruñidos. —Diga —la voz al otro lado de la línea lo hizo abrir los ojos—. Sí. Si, dígame —silencio—. Sí, me despertó, pero no importa. Dígame. —Buen día, señor Weigand. Lo llamo para notificarle que una citación

