La luna iluminaba el cielo de Egipto, llenando de tristeza a dos corazones. Un par de ojos azules se perdieron en la inmensidad del Nilo. Samanta miraba también hacia el horizonte. Desde el balcón de su habitación podía ver ese cielo inmenso, que fue testigo de tantas noches de llanto y sufrimiento, a causa de un amor tan lindo, que con el tiempo se convirtió en un recuerdo. Lágrimas rodaron por las mejillas de Samanta. —Será mejor que descanses, cielo —dijo Amir, quien se acercó y la abrazó desde atrás. —En un momento entro, amor. Necesito pensar. —No te preocupes tanto, amor —musitó Amir—. Él tiene todas las de perder. No podrá hacer nada más que verla de vez en cuando. Ningún juez, en su sano juicio, le otorgaría la custodia completa. En todo caso, podemos alegar que por su condic

