Las lagrimas caían a raudales por las mejillas de Samanta. Eran demasiadas emociones como para soportarlas todas juntos. Quería correr, perderse para siempre, lejos de Dominik, lejos de todo el mundo... —Por favor. Suéltame. Déjame ir —se lo suplicó. La pequeña Aháva estaba muy confundida. ¿Por qué el señor Dominik quería abrazar a su mamá? ¿Y por qué su madre estaba tan triste? —Señor, suelte a mi mamá. No ve que las está haciendo llorar —dijo y comenzó a darle golpecitos en la pierna. Dominik soltó a Samanta y se inclinó un poco, para sujetar, con mucho cuidado, esas manitas que lo golpeteaban. Ese par de ojitos verdes se clavaron en los suyos y lo llenaron del una ternura absoluta. Samanta no podía negárselo. Esa niña frente a él, era su hija, sangre de su sangre, la prueba vivien

