Amir miró una vez más a la mujer que estaba en el podio, dando el discurso de apertura del Primer Encuentro Anual Islámico y supo que esa no era su esposa. Sintió mucha ira al saberse engañado y peor se sintió al hacer conjeturas. «De seguro se encuentra con él» pensó. El señor Abdel Halim, presidente de la junta directiva del museo, observaba a la mujer que hablaba. Él no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando y Amir no quiso ser quien se lo dijera, así que esperó hasta que Charlotte terminó de leer el papel que tenía entre las manos y bajó de la pequeña tarima. Amir se acercó a ella dando largas zancadas y la sujetó del brazo. —¿Dónde está Samanta? —preguntó. Charlie se encogió de hombros. —Lo siento, Amir —balbuceó la polaca—. Le dije que lo mejor era que se fuera. —¿P

