Siete años después. No había nada más hermoso que la risa de su hija. La inocencia que irradiaba su pequeño ángel la embelesaba por completo. Desde la primera vez que la tuvo entre sus brazos, no dejaba de sorprenderse de lo maravillosa que era su amada Aháva. La chiquilla corría entre los pasillos de ese bello chalet. El mismo que Ihshan Mobarek le obsequió a su nieta. Esa preciosa damita de cabello castaño claro, ojos verdes y de piel canela, lo conquistó a primera vista. Y aunque no se parecía mucho a su hijo, sino a su nuera, era innegable que esa sonrisa que tanto adoraba, era la de su difunta esposa, Mahabi, la madre de Amir. O al menos eso era lo que él creía. Eran casi las nueve de la noche y Samanta corría detrás de Aháva. —Suficiente, nena. Mañana tienes escuela y debes acost

