El más insoportable
Si alguien me hubiera preguntado cuál era mi mayor talento, habría respondido sin dudar:
—Sobrevivir a Erick Rosthefer sin terminar en prisión.
Y lo decía completamente en serio.
Porque trabajar para él era un desafío diario.
No importaba si era lunes, miércoles o viernes.
No importaba si el mundo estaba terminando o si acabábamos de cerrar el negocio más importante del año.
Erick Rosthefer siempre encontraba algo por lo cual molestarse.
Siempre.
Pero antes de hablar de él, debería hablar de mí.
Me llamo Valentina Márquez.
Tengo veintiocho años.
Soy secretaria ejecutiva de Rosthefer Corporation, una de las empresas tecnológicas más importantes del país.
Y también soy la mujer más sociable que existe.
Al menos eso dicen mis amigas.
No me gusta quedarme encerrada.
No me gusta desperdiciar los fines de semana.
No me gusta decir que no cuando surge una aventura.
Si hay una fiesta, voy.
Si hay una reunión, aparezco.
Si alguien propone una salida espontánea, probablemente soy la primera en aceptar.
La vida es demasiado corta para vivirla detrás de una computadora.
Aunque, irónicamente, paso diez horas al día detrás de una.
Porque trabajo para el hombre más exigente del planeta.
Aquella mañana desperté antes de que sonara la alarma.
Abrí los ojos lentamente y observé el techo de mi habitación.
Mi cabeza estaba perfectamente despejada.
Mi humor era excelente.
Y eso significaba que todavía no había llegado a la oficina.
Me levanté de la cama tarareando una canción.
Preparé café.
Puse música.
Abrí las ventanas.
El sol entró iluminando todo el apartamento.
Adoraba esos momentos.
La tranquilidad.
La independencia.
La libertad.
No tenía marido.
No tenía hijos.
No tenía que rendirle cuentas a nadie.
Solo era yo disfrutando de mi vida exactamente como quería.
Tomé una ducha rápida.
Elegí una blusa blanca elegante.
Una falda negra ajustada.
Tacones.
Perfume.
Labial.
Y lista.
Cuando me observé en el espejo sonreí satisfecha.
—Nada mal, Valentina.
Tomé mi bolso y salí rumbo a la oficina.
El trayecto duró aproximadamente cuarenta minutos.
Tiempo suficiente para que mi felicidad comenzara a disminuir.
Porque cuanto más me acercaba al edificio, más recordaba quién me esperaba arriba.
Erick.
Maldito Erick.
Cuando llegué, el ambiente era exactamente el mismo de siempre.
Personas caminando rápidamente.
Ejecutivos hablando por teléfono.
Asistentes corriendo de un lado a otro.
Y empleados intentando sobrevivir otro día más.
—¡Valentina!
Escuché la voz de Sofía.
Mi mejor amiga dentro de la empresa.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Lista para enfrentar al monstruo?
Suspiré dramáticamente.
—Nunca estoy lista.
Ella soltó una carcajada.
—¿Ya llegó?
—Hace media hora.
—Perfecto. Mi día está oficialmente arruinado.
Subimos juntas al ascensor.
Al llegar al último piso, el ambiente cambió inmediatamente.
El piso ejecutivo era silencioso.
Elegante.
Impecable.
Y aterrador.
Porque ahí reinaba Erick Rosthefer.
El emperador de la amargura.
Caminé hasta mi escritorio.
Encendí la computadora.
Organicé algunos documentos.
Y apenas cinco minutos después escuché su voz.
—Valentina.
Ya estaba empezando.
Respiré profundamente.
Conté hasta tres.
Y entré a su oficina.
Como siempre, estaba sentado detrás de aquel enorme escritorio.
Perfectamente vestido.
Perfectamente peinado.
Perfectamente irritante.
—Buenos días.
Él ni siquiera levantó la vista.
—Necesito los informes financieros.
—Buenos días para usted también.
—Los informes.
—Ya los envié hace una hora.
Por fin levantó la cabeza.
Sus ojos grises se clavaron en mí.
—Quiero otra copia.
—Claro.
—Y la agenda de esta tarde.
—También está lista.
—Perfecto.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—Cierra la puerta al salir.
Lo observé durante varios segundos.
Luego sonreí falsamente.
—Con mucho gusto.
Salí de la oficina imaginando cuarenta maneras diferentes de estrangularlo.
Ninguna legal.
A las once de la mañana ya había sobrevivido tres reuniones.
Dos llamadas internacionales.
Y cuatro cambios de agenda.
Todo porque al señor CEO le encantaba modificar planes a último minuto.
Cuando finalmente llegó la hora del almuerzo, prácticamente corrí hacia la cafetería.
Necesitaba desahogarme.
Urgentemente.
Mis amigas ya estaban sentadas en nuestra mesa habitual.
Sofía.
Carla.
Daniela.
Y Mariana.
Mi grupo de apoyo emocional.
Porque trabajar en aquella empresa requería terapia colectiva.
—Llegó la víctima —anunció Sofía.
Todas comenzaron a reír.
Me dejé caer en una silla.
—No puedo más.
—¿Qué hizo ahora?
—Existir.
Las carcajadas aumentaron.
—Hablo en serio.
Carla negó con la cabeza.
—Nunca he visto a nadie que te saque tanto de quicio.
—Porque nunca has trabajado directamente para él.
—¿Tan malo es?
—Peor.
Tomé una bebida.
Y continué.
—Creo que sonríe una vez cada cinco años.
—Eso no es cierto.
—¿Lo has visto sonreír?
—Bueno... no.
—Exactamente.
Mariana intervino.
—Pero tienes que admitir algo.
—¿Qué?
—Es atractivo.
Todas asintieron inmediatamente.
Yo rodé los ojos.
—No vamos a hablar de eso.
—Entonces sí es atractivo.
—Nunca dije que no.
—¡Lo sabía!
Volvieron las risas.
—Ser atractivo no le da permiso para ser insoportable.
—Tal vez está enamorado de ti.
Casi me atraganto.
—Por favor.
—Pasas más tiempo con él que cualquier otra persona.
—Porque soy su secretaria.
—Aun así.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
Aunque, si era sincera, existía algo extraño en Erick.
Algo difícil de explicar.
Porque cuando lo veía por primera vez cada mañana...
Mi cerebro tenía dos reacciones completamente opuestas.
La primera:
Qué hombre tan desesperante.
La segunda:
Qué hombre tan guapo.
Y aquello me enfurecía.
Porque ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Después del almuerzo regresé a mi escritorio.
La tarde pasó entre reuniones y documentos.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que ocurrió algo extraño.
Algo muy extraño.
Aproximadamente a las cinco de la tarde escuché voces dentro de la oficina de Erick.
Parecía una discusión.
No era raro.
La mitad de los ejecutivos salían aterrorizados de ahí.
Pero esta vez era diferente.
La voz de Erick sonaba... personal.
Molesta.
Dolida.
No profesional.
Dolida.
Unos minutos después la puerta se abrió.
Una mujer salió caminando rápidamente.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Y no parecía una empleada.
La observé alejarse.
Luego miré la puerta cerrada.
Extraño.
Muy extraño.
Durante el resto de la tarde no pude dejar de pensar en eso.
¿Quién era?
¿Una exnovia?
¿Una familiar?
¿Alguien importante?
Por alguna razón aquella pregunta permaneció dando vueltas en mi cabeza.
A las siete de la noche finalmente terminé mis pendientes.
Apagué la computadora.
Tomé mi bolso.
Y estaba a punto de marcharme cuando la puerta de Erick volvió a abrirse.
Él salió.
Por un instante nuestras miradas se encontraron.
—¿Te vas?
Parpadeé sorprendida.
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—Trabajaste horas extras.
—Eso suele pasar cuando alguien cambia veinte veces la agenda.
Él ignoró mi comentario.
Como siempre.
—Nos vemos mañana.
Fruncí el ceño.
Porque aquello era extraño.
Muy extraño.
Normalmente ni siquiera se despedía.
Pero antes de que pudiera decir algo, se alejó por el pasillo.
Y desapareció.
Me quedé observando el ascensor.
Confundida.
—Qué raro.
Tomé mis cosas y salí del edificio.
El aire nocturno me recibió de inmediato.
Respiré profundamente.
Libre al fin.
Mi jornada laboral había terminado.
Y mi verdadera vida comenzaba.
Mi teléfono vibró.
Era Sofía.
—¿Bar?
Sonreí.
—Bar.
—¿En treinta minutos?
—Ahí estaré.
Guardé el teléfono.
Y mientras caminaba hacia mi automóvil no pude evitar pensar en algo.
Mañana volvería a verlo.
Volvería a discutir con él.
Volvería a quejarme de él.
Volvería a criticarlo junto a mis amigas.
Y probablemente volvería a jurar que era el hombre más insoportable del planeta.
Pero por alguna razón...
La imagen de sus ojos grises seguía apareciendo en mi mente.
Y eso era un problema.
Un problema muy grande.
Porque Erick Rosthefer era exactamente el tipo de hombre del que una mujer inteligente debía mantenerse alejada.
Lástima que la vida casi nunca escucha a las mujeres inteligentes.