Maximus tenía una amplia sonrisa, ojos brillantes, no podía creer que estuviera frente a él, de nuevo, por un segundo se perturbó, ¿Por qué ese hombre siempre aparecía ante ella? —¿Estás siguiéndome? —insistió y él se echó a reír, negó —¡Ven conmigo, Mérida! —tomó su mano sin que ella pudiera negarse, y salieron afuera, iba rápido, efusivo, le señaló un lugar a un kilómetro, aproximadamente —¿Ves el lugar con la bandera celeste? —ella asintió—. Ahí es el orfanato L´Gloriet, donde estoy como director. Ella parecía sorprendida, sonrió feliz, era casi una predestinación, estaba convencida de que Maximus Vertes había entrado a su vida para quedarse, la miró fijamente, notó como se ruborizaba, él la observaba con tal intensidad, que Mérida se sintió nerviosa, casi tentada hacia él, sus mano

