Aarón Mis manos sudaban. Un escalofrío me recorrió la espalda apenas escuché la voz de Jonathan al otro lado del teléfono. —Aarón soy yo, Jonathan. Escúchame… Eve rompió fuente. Está entrando en trabajo de parto— dijo Jonathan con tono urgente pero sereno—. Sí, la llevare al hospital en este preciso momento. Ven en cuanto puedas, hijo. Te necesita. Y yo, malditamente lejos. El estómago se me encogió. La cabeza me retumbaba con un solo pensamiento: no debería haberme ido. Joder, no debí correr ese riesgo. Pero aún faltaban algunas semanas, los médicos lo habían dicho. Todavía teníamos tiempo. Tiempo. Mentiras reconfortantes que ahora me sonaban a burla. El teléfono temblaba en mi mano. Yo también. Sentía las venas latir con violencia en el cuello mientras arrojaba todo lo que tenía
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