Capítulo 1
CAPÍTULO 1
El sol ya se había ocultado tras la Sierra Madre, tiñendo el cielo oaxaqueño de un anaranjado intenso, casi violento, un reflejo exacto del humor con el que mi madre, Carla, se estrelló frente a la puerta principal. Eran poco más de las seis de la tarde. El ruido de sus tacones resonaba sobre el mármol, un sonido que siempre anunciaba una tormenta inminente.
—¡Leandra! ¡Leandra! —su voz, más que un llamado, era un grito áspero, cortante, que perforaba la escasa paz de la casa.
Aparecí de la cocina con la rapidez de quien conoce las consecuencias de la tardanza. Ella llevaba varias bolsas de supermercado en los brazos, repletas de marcas caras que Máximo, su pareja, se aseguraba de proveer. Me acerqué para ayudar, pero antes de que pudiera tomar una sola, ella ya estaba despotricando.
—Anda rápido, niña tonta, ¿no ves que está pesado? No me quedaré aquí sosteniendo esto hasta que se te dé la gana.
Carla estaba de muy mal humor, como de costumbre. Máximo, su pareja, era un funcionario público de alto nivel en el gobierno de la ciudad de Oaxaca. Un hombre influyente cuyo poder se sentía incluso en los rincones más privados de esta casa. Él debía haber tenido un mal día en su despacho o, más probablemente, había humillado a Carla, y ahora ella, incapaz de enfrentarlo, descargaría su frustración en mí.
Aventó las bolsas sobre la mesa del comedor, haciendo que una lata rodara y cayera al suelo con un estrépito metálico.
—Estas son las compras del mes —ordenó, con el aliento agitado y los ojos entrecerrados—, organiza todo en su debido lugar. Sabes que a Máximo le molesta el desorden. ¡Y una cosa más! No tomes nada sin mi permiso. Si tienes hambre, avísame para que te separe una porción. Ya sabes que para la despensa personal de los gemelos tengo todo medido y contado.
La bilis me subió hasta la garganta. Mi cuerpo se tensó con la humillación diaria.
—¿Vaya, ahora ni siquiera puedo tomar algo sola para comer en mi propia casa? —dije, desafiándola con la voz baja, pero con un filo de desesperación.
Ella me miró con una furia fría, su mano se levantó y me señaló, no con la palma lista para golpear, sino con un dedo acusador cargado de desprecio.
—Cállate la boca, niña, o te rompo los dientes por esas bromitas tuyas. Sabes que en estas compras no hay ni un centavo tuyo. No ayudas en nada productivo en esta casa. ¡Solo eres un estorbo que Máximo tolera por mí!
—Quiero trabajar —respondí, aferrándome a la última hebra de dignidad—. Pero termino cuidando a Leo y a Oliver para ti, por eso no puedo salir a buscar empleo y ganarme mis cosas.
De repente, sentí el impacto seco de su palma abierta en medio de mi cara. Un ardor inmediato se extendió por mi mejilla y mis oídos zumbaron. Las garras de mi madre, afiladas por la seguridad económica que le daba Máximo, ya estaban listas para el ataque.
—¡Cuidado con el tono, DESGRACIADA! —gritó, su aliento oliendo a rabia pura—. ¿Crees que estás hablando con tus amiguitas de la calle, Leandra? ¡Estoy harta de tu falta de consideración! Yo soy tu madre, y yo decido qué haces o no haces en esta casa. Si quieres seguir viviendo bajo este techo, tendrás que aprender cómo se trata a quienes te mantienen. ¡Y pon ese rabito entre las piernas de una vez!
Me llevé la mano a la mejilla palpitante. Las lágrimas comenzaron a resbalar, ardientes y amargas. Ya era la segunda bofetada que recibía en la semana.
—¿Y adónde iría? —Logré decir, la voz entrecortada—. Solo te tengo a ti en este mundo y, aun así, es como si no tuviera a nadie. Desde que te juntaste con Máximo, solo me maltratas y, lo peor, dejas que él haga lo mismo.
Hacía cuatro años que mi padre había muerto en un accidente. Un año después, Carla conoció a Máximo. El cortejo fue breve y tórrido. En dos meses estaban viviendo juntos y ella quedó embarazada de los gemelos, Leo y Oliver, a quienes yo, Leandra, cuidaba ahora. Máximo era un hombre ambicioso cuya posición en el gobierno le exigía una vida pública impecable y una casa inmaculada. Mi madre se había convertido en la 'dama' que mantenía el hogar y yo era, para ellos, la servidumbre gratuita.
Desde que nos mudamos a esta casa, Máximo había erigido un muro invisible a mi alrededor. Nunca me dirigía la palabra, a menos que fuera para un reclamo: que si el reporte del jardín estaba mal, que si el personal de limpieza no había pulido bien el granito, o para darme órdenes de limpieza. Su presencia era una sombra constante.
Mi madre está completamente ciega por él. De amor y, más peligrosamente, de celos enfermizos. Está segura de que yo podría 'robarle' a su hombre. Tanto es así que, cuando Máximo está de descanso, ella me obliga a estar fuera de casa. No le teme a lo que él pudiera hacerme, le teme a lo que yo podría hacerle a él. Un miedo absurdo, pues el asco que me provocaba Máximo era absoluto.
—¿Te parece mal? —me desafió Carla, su voz subiendo de tono—. Si es él, un funcionario de la ciudad, quien pone todo dentro de esta casa, quien te da el techo y la comida, deberías arrodillarte todos los días a sus pies y darle las gracias. ¡Ahora, para ese show tuyo, o perderé el resto de la paciencia que me queda!
Se giró hacia el cuarto de los niños.
—Baña a Leo y a Oliver ahora. Salimos en una hora.
—¿A dónde irán? —pregunté, frotando el lugar donde la piel me ardía.
— ¿Olvidaste que mañana Máximo tiene su día libre? Vamos a visitar a unos colegas de Máximo en las afueras. Aprovecha que no estaremos por aquí y da una lavada en el suelo, pule los muebles y lava las cortinas del salón. Quiero brillo para cuando el señor regrese.
Siempre era así. Salían la noche antes del día libre de Máximo, una "escapada de poder" para recordarme mi posición de Cenicienta.
—No olvides —agregó, ya de espaldas, su voz más calmada pero igualmente fría—, que mañana es tu día de salir. Máximo se quedará vigilando a los niños, y tú puedes aprovechar tu día en la ciudad.
El único punto a favor es que, mientras ellos estaban fuera o ella estaba distraída con sus deberes sociales, yo había encontrado una grieta por donde colarme y ganar un dinerito.
Mi plan, mi única luz en esta oscuridad, era ahorrar para cuando cumpliera los 18 años, algo que ocurriría en dos meses. Claro que ellos no lo sabían. Si lo sospecharan, me habrían quitado hasta las perlas de los moños.
Todo comenzó con mil pesos mexicanos que Carla me dio al principio. Pensé: o gasto este dinero en algo fútil y se acaba, o lo invierto y lo hago rendir. Compré cintas de seda, pegamento caliente y perlas, y empecé a hacer moños, aprendiendo con tutoriales de internet. Gracias a eso, ya tenía 40,000 pesos mexicanos ahorrados. No era una fortuna, pero era mi boleto de salida.
Solo estaba esperando cumplir mis 18 años para irme. Quiero mudarme de ciudad, irme lejos, conseguir un trabajo, alquilar un pequeño estudio y, lo más importante, presentar el examen de ingreso y hacer una carrera universitaria. Sé que concretar ese sueño será difícil, pero no veo otra opción más que arriesgarme. Si sigo en esta casa, nunca podré estudiar. Mi trabajo aquí, en la cabeza de Máximo y de mi madre, ya estaba "pagado" con vivienda y comida racionada.
Ya era noche, el ambiente olía a cera de pino y a productos de limpieza, cuando finalmente todos salieron.
Rápidamente, después de limpiar la enorme casa, organicé en la mochila mis moños para la venta, y puse mi dinero bien guardado. Cerré la puerta de la calle con la esperanza de que, al día siguiente, mi despedida con Renata me diera la fuerza final para escapar.
Llamé a mi mejor amiga.
—Hola, Rena, ¿cómo van los preparativos para el viaje a Monterrey? —pregunté, tratando de sonar animada.
Renata se iba a mudar a otro estado, para vivir con su tía y porque había ganado una beca de estudios en una de las mejores universidades del país para la carrera de Medicina.
—Ya está todo listo, mi maleta está preparada —me contestó Renata—. Iré mañana a las 16:00. ¿Vendrás a despedirte, verdad?
—Claro, ¿olvidaste que mañana es mi día libre? —Ironizaba con una risa amarga.
—Estoy tan triste de que no estaremos más juntas, Leandra. Quería tanto que siguiéramos unidas en la universidad…
—Ni me hables de eso, porque mi corazón está roto —la voz se me quebró ligeramente—. Pero estoy muy feliz por ti, amiga. Serás una cardióloga excelente.
—Lo siento tanto por ti, de verdad. Espero que cuando cumplas los dieciocho, no te quedes ni un día más por ahí.
—Y no lo haré. Solo faltan dos meses. ¿Y qué son dos meses comparados con todos estos años que pasé? —Suspiré.
—¿A dónde irás? ¿Ya decidiste?
—Aún no tengo idea, pero planeo irme a una ciudad bien lejana, donde ni Máximo ni Carla puedan encontrarme. No sé cómo serán las cosas, pero como están por aquí, cualquier lugar será mejor que este infierno.
Cuando colgué con Renata, un silencio sepulcral se apoderó de la casa. Era el tipo de silencio que grita. Me senté en el sofá recién pulido, observando la oscuridad del jardín a través de la ventana. Solo faltaban dos meses para mi libertad.
De pronto, un ruido en el patio trasero me sacó de mi ensimismamiento. Un coche. Era Máximo. Mi madre había dicho que saldrían ellos tres. ¿Qué hacía él de vuelta y tan pronto?
Me levanté de un salto, mi corazón latiendo a toda velocidad contra mis costillas. Corrí hacia el pasillo. La puerta trasera se abrió de golpe y Máximo entró, con las llaves tintineando descuidadamente en su mano. Su camisa, normalmente impecable, estaba desabotonada a medias y su corbata aflojada. Se dirigió directamente al estante del licor.
—¿Carla? —llamó, su voz áspera y ligeramente arrastrada, como si ya hubiera bebido de más. Se sirvió un vaso lleno de tequila añejo.
—Mamá y los niños salieron, Máximo —respondí, mi voz apenas un susurro. Me quedé inmóvil, pegada a la pared del pasillo, deseando ser invisible.
Él se giró lentamente, la copa de tequila a medio camino de sus labios. La luz tenue de la lámpara de pie en el salón hizo que sus ojos, dos pozos oscuros y sin expresión, brillaran de una manera desagradable. Tenía esa mirada que siempre me había provocado escalofríos.
—Ah, la sirvienta de oro se quedó a limpiar —dijo, tomando un trago largo y luego relamiéndose los labios. El gesto fue repugnante—. Tu madre y yo tuvimos una disputa sobre el tiempo que le dedico a la administración pública y a mis obligaciones. Dijo que me estaba distrayendo y se llevó a los niños a la casa de una prima para "darme espacio".
Tragué saliva. Carla se había ido con los gemelos. Estaba sola con el funcionario.
—Ya... ya terminé con la limpieza —murmuré, deseando que ese fuera el final de la conversación—. Si me disculpa, debo ir a empacar mis cosas. Mañana salgo temprano.
Di un paso para moverme, pero él se interpuso en mi camino, bloqueando la entrada al pasillo. No era un hombre alto, pero su corpulencia y su aura de poder me hacían sentir diminuta. Olía a alcohol, a sudor y a una colonia fuerte y barata.
—¿Empacar? ¿Para qué? ¿Vas a ir a vender tus moñitos ridículos? —Se mofó, dando un paso más cerca. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
—Sí, señor Máximo. Es mi día libre. Debo ir a ver a Renata.
—Renata se va, ¿no es así? —Su voz bajó, volviéndose peligrosamente meliflua. Dio otro sorbo al tequila—. Una lástima. No tendrás con quien hablar de… cosas de niñas.
—Estaré bien —logré decir, intentando sonar firme, aunque mi cuerpo temblaba.
Se acercó tanto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. El calor de su aliento me golpeó la cara. Su mirada recorrió mi cuerpo con una lentitud obscena, deteniéndose en mi pecho y en mi cintura. Sentí un asco profundo, una náusea violenta.
—Tienes mucho de qué preocuparte, Leandra —susurró, casi siseando—. Estás creciendo. Y tu madre, que es tan ciega y tan celosa de su posición, no se da cuenta de que... te estás poniendo hermosa.
Mi estómago se revolvió. Este era el Máximo que me aterraba, el que Carla nunca veía. El que abusaba de su posición de poder en su propia casa.
—Yo no soy de su incumbencia, Máximo —repliqué, juntando el coraje de la desesperación—. Solo soy la niñera. Su hijastra.
—¿Una niñera? —Se rió, una risa seca y sin humor—. Una joya desperdiciada en este pueblo, eso eres. Carla no te merece. Ni te aprecia. Pero yo… yo sí sé apreciar una buena inversión, Leandra.
Me hice a un lado, evitando el contacto a toda costa. Él no se movió, solo me observó. Sentí su mirada perforando mi espalda mientras corría hacia mi cuarto, cerrando la puerta con seguro y apoyando mi frente contra la madera fría, con el corazón martillándome en los oídos. La presencia de Máximo en la casa a solas era una clara advertencia de que esos dos meses restantes serían los más largos y peligrosos de mi vida.