CAPÍTULO 88 Hacía tiempo que una punzada intermitente me recordaba la fragilidad de mi estado. Había entrado en el séptimo mes, y mi cuerpo, fatigado y abrumado por las hormonas, se sentía como una vasija delicada que contenía un tesoro. La hinchazón era constante, y la súplica silenciosa en mi mente era siempre la misma: resiste, mi niña, quédate más tiempo. El miedo al parto en solitario y a las posibles complicaciones me dejaba exhausta. Hoy, mi urgencia por la autonomía me había llevado a adelantar mi horario. A las siete de la mañana, mientras la clínica aún estaba sumida en el silencio pulcro, el dolor regresó, más agudo, instalándose bajo mi vientre. Mi mente, embargada por la sensibilidad del embarazo, se lanzó a escenarios absurdos y dolorosos. Ya había tejido mi plan: una vez

