Amanda asintió, su mirada llena de compasión. — Tú, hablando así, me has dado el valor para enfrentar mi propia verdad. — Entonces hazlo, Amanda. No dejes que el miedo te gane. Nuestros bocadillos llegaron. Estaba a punto de comer cuando mi teléfono vibró. Era Fabio. — Hola, Fabio. — Atendí. — Estoy a cinco minutos. ¿Están bien? — Sí, estamos bien. Te esperamos. — Colgué. — Dijo que llega en cinco minutos. — Murmuré a Amanda. — Esta es tu oportunidad. — ¡No tengo valor! ¡No digas nada de lo que te conté, por favor! — Sus manos temblaban. — Jamás lo haría. Iremos a tu ritmo, ¿Esta bien? A los pocos minutos, Fabio llegó. Alto, bien vestido, su presencia acaparó la atención del pequeño restaurante. Se sentó a mi lado. — Se me olvidó que el viernes es el día que las jóvenes se escap

