CAPÍTULO 86 No sabía qué estaba pasando conmigo. Si esta racha de mala y buena suerte era una señal divina, un castigo, o simplemente la caótica mano del destino jugando conmigo. Pero la intensidad de los acontecimientos me estaba agotando mental y físicamente. Cada vez que creía que mi vida iba a solucionarse —Valeria fuera de la jugada, la hacienda en paz—, aparecía un nuevo desafío, más grande y aterrador que el anterior. La posible enfermedad de Liam, la catarata congénita que opacaba su visión, era una herida abierta. No soportaba tanta información ni tanta presión emocional al mismo tiempo. Después de volver a la hacienda y preparar nuestras maletas, con el diagnóstico preliminar de Liam grabado a fuego en mi mente, tomamos un jet privado hacia el sur del país. Tenía que llegar

