DIEZ El sol se estaba poniendo cuando Caitlin y Caleb llegaron a la casa de Hawthorne. La austera vivienda estaba a unos quince metros de la acera; tenía arbustos y un caminito a la entrada que la hacían lucir como cualquier otra pequeña casita suburbana. Su color rojo profundo y las persianas le daban un toque de sencillez memorable. Era bastante sobria. Aun así, uno podía decir que era diferente. Exudaba historia. Ambos se quedaron mirándola en silencio. —Pensé que sería más grande —dijo Caitlin. Caleb continuaba con el ceño fruncido. —¿Qué sucede? —Recuerdo esta casa —contestó Caleb—. No estoy seguro de cuándo. Pero me parece recordar que estaba en otro lugar. Caitlin observó su rostro, sus rasgos perfectamente esculpidos, y se maravilló por prodigiosa memoria. Se preguntó cómo s

